• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

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Sergio Monsalve

A paso de cangrejo

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Pipí mil, pupú dos lucas fue una de las sorpresas de la oferta nacional de 2014, a pesar de su adaptación tardía del cine de Tarantino, cuya obra sigue ejerciendo influencia sobre la generación de relevo en Venezuela, para bien y mal.

Las copias y derivados de la filmografía del autor de Kill Bill dividen la opinión de la crítica. Los escépticos lo consideran un filón agotado, por la repetición de sus signos de identidad, a cargo de herederos apócrifos y falsos imitadores.

Los defensores de la corriente admiten el desgaste del fenómeno audiovisual, pero celebran el toque personal y local de cada una de sus secuelas globales, desde Asia hasta América Latina, incluida la vieja Europa. 

Entre ambas posturas, la de los silbadores y aplaudidores, se adscribe el estreno de Km 72, ópera prima de Samuel Henríquez, sobrecargada de citas a pie de página, homenajes, guiños caricaturescos y revisiones posmodernas.

Filme pastiche por excelencia, compuesto por diversas capas de origen nacional e internacional.

De entrada, la cinta expone una definición para el término “cangrejo”. Así rememora el intro de Pulp Fiction y alude a las versiones de Román Chalbaud de los relatos salvajes de 4 Crímenes, 4 Poderes.

Parte del contrato del largometraje con el espectador radica en descubrir las huellas y las fuentes de inspiración de la pieza. Algunas gritan sus deudas a la pantalla y se hacen demasiado obvias, a través de cuadros pop, imágenes publicitarias, decorados hipsters, secuencias y argumentos recalentados.

Otras exigen mayor esfuerzo para descifrarlas, como códigos encriptados, a la espera de ser hackeados. De cualquier modo, uno de los atributos de Km 72 reside en incentivar la participación del público, al invitarlo a develar los enigmas, las interrogantes y los acertijos del guión.

Ello conduce el desarrollo dramático por la senda de los juegos de sospecha de Alfred Hitchcock, Bryan Singer y Agatha Christie. Sin embargo, el libreto responde, casi por completo, al engranaje de una crónica policial, subsidiaria de la historia del clásico Rashomon de Akira Kurosawa.

Por tanto, el asesinato de un millonario será reconstruido por las interpretaciones sesgadas o no de tres responsables de cometer el crimen. Dos agentes secundan la investigación oficial. El reparto lo complementa y cierra el escolta del patriarca adinerado.

Gustavo Rodríguez derrocha su profesionalismo, carisma y naturalidad en el papel del potentado Diego Verastegui. Sus apariciones elevan el handicap de la puesta en escena. Baila, goza, se le siente cómodo y a sus anchas en el plató. Es una muy digna despedida para él. Lo extrañaremos. Una lamentable pérdida para la industria vernácula.

Frank Spano encarna al guardia de seguridad. Misterioso, hierático, frío y resolutivo, interpreta a uno de los personajes más curiosos e interesantes de la película. Nos gusta cuando replica los ademanes de los antihéroes gélidos y ambivalentes de Jean Pierre Melville y Takeshi Kitano. Fiel a sus principios éticos. De lealtad absoluta, como El sirviente de Joseph Losey. Humano en el recuerdo de sus raíces familiares. Hiperviolento a la hora de cumplir con su “labor”. Retrato de una Caracas sangrante, peligrosa y condenada a un estado de paranoia permanente.

Marcamos distancia con el resto del elenco, signado por la irregularidad performativa. Tampoco convence la inclusión de frases hechas, del tipo “matar cansa”.

De igual manera, las sesiones perversas y sadomasoquistas de los interrogatorios componen un duplicado forzado y demodé de Reservoir Dogs.

Allí las referencias externas difuminan y diluyen la búsqueda de una voz propia. En descargo de Km 72, los apartados artísticos y técnicos compensan el ensamblaje del producto. Caso de la fotografía, la selección de locaciones, el diseño de los sets, la banda sonora.

Las subtramas se hilan con coherencia. Varios segmentos despiertan una sonrisa de complicidad iconoclasta. Por ejemplo, la divertida contribución de Hana Kobayashi cantando “Moliendo café” en japonés.

Por último, apreciamos la verosimilitud del submundo registrado por el lente, el aprovechamiento de los diferentes espacios de la ciudad y el advenimiento de un desenlace abierto, presto a estimular las neuronas de la audiencia.

Caen los créditos y nos quedamos pensando en el vínculo con la situación del país. Una república fragmentada, polarizada, torturada, marcada por la desconfianza, la traición y la depredación mutua. 

Todos luchan a muerte por obtener el control  de un preciado botín.

Mientras tanto, la impunidad, la codicia y el hampa son el corolario de nuestra sociedad en crisis.

En suma, una cínica y amoral ilustración de los lazos entre la corrupción, el encubrimiento, la crueldad y la descomposición del tejido colectivo.