• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

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Sergio Monsalve

La noche de los muertos vivientes

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Las películas comparten espacio en la cartelera, como los cuadros de una exposición colectiva, a menudo integrada por lazos de orden estético. Por azar o cuestiones de la programación, el cine cumple el papel de proyectar vasos comunicantes. 

Así, tres lienzos de terror, estelarizados por mujeres, son exhibidos en las pantallas nacionales, de forma simultánea, cual muestra de videoarte. A partir de ahora los someteremos al análisis de acuerdo con sus vínculos audiovisuales.

Primero, comentamos el estreno de La dama de negro 2, una reproducción mecánica de un boceto original de la Hammer Films, famosa casa productora de cintas de espanto y brinco, oriunda de Gran Bretaña.

El perfil de la secuela clona, a la perfección, los trazos académicos, clásicos y manieristas asociados a la vieja escuela expresionista del Reino Unido. 

En tal sentido, no hay mayor avance, sino la intención de revisitar un modelo establecido, cuya verdadera impronta y ruptura aconteció después de la década de los cincuenta.

La era dorada del estudio es historia y fue reconocida por brindarle un segundo aire a una mitología de fenómenos considerados extinguidos para aquel entonces.

Frankenstein, Drácula y la Momia renacen de sus cenizas, gracias a los aportes de actores como Christopher Lee y Peter Cushing, bajo la dirección de una serie de legendarios autores.

A la zaga de ellos, La dama de negro 2 se remonta al pasado de la Segunda Guerra Mundial, para hurgar en la mala conciencia y los complejos de culpa de la arquetípica maestra de una escuela.

Las circunstancias bélicas la obligan a salir de la zona de combate, a fin de recluirse con ocho alumnos en una mansión abandonada y encantada, que está ubicada al fondo oscuro de una isla.

Desde entonces, la trama condena a los personajes a dibujar, con brocha gorda, una réplica efectista y superficial de una pintura negra conocida, la de las víctimas de una amenaza fantasma, en busca de sangre, sudor y lágrimas.

El guión desaprovecha la oportunidad de profundizar en la conexión entre la realidad de la protagonista y el entorno del país afectado por la pesadilla de una invasión. La idea, si acaso, apenas asoma la nariz.

Escaso miedo provocan las imágenes trilladas del largometraje: el niño misterioso e introvertido, la mecedora chirriante, las sombras, las manos de bruja, los alaridos, los sustos predecibles, el falso happy ending y el cierre con la promesa del regreso de la figura demoníaca.

Un pánico decididamente moroso y falto de ingenio. Sintomático del declive del género. Debió conservar la atmósfera inquietante y sugestiva del inicio. Culminó como otra obra fallida de raigambre kitsch. Preferible desempolvar los hitos de la Hammer y dedicarles un ciclo.

Tampoco Obsesión será la encargada de hacerle justicia a los maestros del filón y menos de redimir el legado de la Universal, la factoría de los monstruos más célebres de Hollywood.

Si hablamos de marcos, óleos y museos, el largometraje es una mera excusa para difundir una galería porno soft de fotos de Jennifer López en clave de fetiche MILF. A propósito, también imparte clases y resulta acosada por un vecinito abusador, el típico chico (boy toy) de la puerta de al lado.

El stalker la seduce y la posee en un momento de debilidad de la profe, quien atraviesa por una crisis familiar y matrimonial. Pero la madre se arrepiente y comienza el auténtico show de tintes melodramáticos, tragicómicos, viscerales, disparatados, desmesurados.

En el medio, planos gratuitos de la diva, en ropa ligera, acaparan la atención de la cámara y del espectador puritano, capaz de sonrojarse ante semejante lugar común del erotismo publicitario. Incluso, los videoclips de JLo rebasan los códigos de autocensura de la pieza.

Única buena noticia. Rob Cohen, un amo y señor de las tinieblas, mueve los hilos de la puesta en escena. En consecuencia, la reputación del realizador logra sobrevivir al simple ejercicio de trámite, propio de un mercenario.

A la usanza de un irónico Andy Warhol, el dueño del pincel expone y desnuda el artificio al cargar las tintas del gore, sobresaturar la paleta de colores pop y reducir a sus fichas del reparto a la condición de meras caricaturas de un teatro del absurdo, con desenlace conservador incluido en el paquete subversivo.

Subrayando la moraleja y la conclusión restauradora, Obsesión funciona en dos vías paralelas. Por la epidermis del asunto, le da de comer papilla a los morbosos fanáticos de la estrella. 

Por el subsuelo y la alcantarilla del discurso oficial, se autodestruye con la gracia iconoclasta de una escultura de Jean Tinguely. Ahí radica su secreto mejor guardado. Califica como un acto de terrorismo contra la cultura mainstream, en la tradición del Sam Raimi de Evil Dead.

Agotado el esquema, develado el simulacro, Obsesión procede a dinamitarlo.

Del escalofrío de mentira pasamos al estallido de la carcajada consciente del ridículo ajeno, de la exageración paródica. Llámenlo “placer culposo”, si quieren. Nosotros lo gozamos a mandíbula batiente.

Advertencia, abstenerse hipsters, intensos, bohemios, trasnochados alérgicos del fast food y toda clase de viudas cursis del sacrosanto olimpo de la modernidad.

Por último, reseñamos el lanzamiento de The Lazarus Effect, el collage posmo del conjunto.

El argumento ensambla retazos de Carrie, El exorcista, Flatliners, Cujo, La novia de Frankenstein, Frankenweenie, Re-animator, C.S.I., E.R. y Actividad paranormal.

Combina técnicas de ficción con mañas de la tendencia documental. Plantea el dilema de la ciencia versus la creencia espiritual del más allá, alrededor del tema de la muerte.

Los jóvenes doctores juegan a asumir el rol de dioses y reciben un castigo ejemplar por su atrevimiento. El ángulo reaccionario del subtexto (republicano).

Siempre le echan la culpa a la medicina y las mujeres pagan por los platos rotos. De mártires derivan a la fase de chivos expiatorios de la investigación sacrílega.

Tarde o temprano, los demás involucrados en el experimento, de reencarnar animales y cadáveres, recogen los frutos podridos de su árbol torcido. Literalmente, los sentencian a sufrir el calvario del infierno en la Tierra.

De aquí no se salva nada ni nadie. ¿Qué la rescata del abismo de la banalidad y la intrascendencia? El clima de tensión, su manejo del suspenso, la sólida contribución del elenco, el inteligente uso del fuera de campo, la sutil composición de los planos, la estilizada economía narrativa.

Contemplando los desplazamientos del encuadre, recordamos la increíble ópera prima del conductor de la operación, Jiro Dreams, sobre el coloso de la gastronomía sushi en Japón.

The Lazarus Effect confirma el valor del talento en ascenso, David Gelb, a pesar de servir un plato recalentado. Por su sensibilidad para cocinar recetas pequeñas y abstractas, le auguramos un futuro venturoso en la industria. Le corre hemoglobina por las venas, desea resucitar a un caballo de batalla, dado por fenecido y abolido. Esperamos asistir a su definitiva y necesaria recuperación. Por lo pronto, es uno de los zombies de la meca.