• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

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Sergio Monsalve

Hasta que la muerte los separe

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A Michael Haneke le otorgaron su segunda Palma de Oro por Amour (estrenada a destiempo en Venezuela por las trabas de la política aduanera y el sistema cambiario). En retrospectiva, no era la mejor película de la competencia de Cannes 2012.

Pero el premio reconoce una tradición de cine de autor al borde del cadalso, proyectado por el mismo filme.

La obra entra con morosidad en sus primeros minutos. Poco a poco, va cobrando fuerza dramática y dimensión conceptual, sobre la base de su premisa minimalista: la esposa de una pareja de ancianos sufre una enfermedad terminal y el contenido expone el calvario de ella, hasta descender al fondo de la nada, el vacío, la incomunicación, el estado vegetativo y la muerte.

Es predecible el desarrollo y el desenlace, ya comentados por gacetillas de prensa y afines. No es ahí donde encontraremos el núcleo o la médula espinal de la estructura despojada del guión, cuya sequedad formal se niega a subrayar demasiado el meollo del conflicto. Apenas existe el contrapeso de un par de tonadas ejecutadas en vivo. La música siempre es emanada de la puesta en escena y ofrece un enfoque realista a la tragedia. No en balde, la protagonista, según entendemos, se destaca como intérprete y profesora del repertorio clásico.

Las contadas pistas del libreto empiezan a dotar a la experiencia de una profundidad terriblemente política, metalinguística y existencial. Descubrimos conexiones con La pianista, producto además de la presencia de Isabelle Huppert, quien hace el papel de la hija de la matriarca aquejada por los achaques de la senectud. Entre líneas, ambas películas se imbrican en el sentido de llegar a un espacio común de crítica social de un mundo condenado a desaparecer por efecto de su aislamiento y alienación.

Vuelve a ser demoledora la visión de Haneke con respecto a la cultura. Para él, implica un sacrificio tortuoso y parece lejos de redimir al hombre en su lecho de muerte. Queda como el consuelo anímico de una tristeza inconmensurable, unida a la pena, la melancolía y el dolor del espíritu.

Metafóricamente, el trabajo describe el declive y la decadencia de una Francia, de una Europa encapsulada, fría, fantasmagórica, zombie, disfuncional, burocrática y dividida por choques de generaciones. Reflejo de la crisis del viejo continente. Por ello, Amour es también una protesta sincera y frontal de cara a la institución de la salud pública (o privada).

El personaje masculino se niega a llevar a su mujer a un asilo, en la conciencia de evitarle males mayores. Su gesto demuestra la necesidad de atender con pasión y dedicación a los seres humanos de la tercera edad. Sin embargo, el empeño encarnará un cuchillo de doble filo y se acabará mostrando en toda su cruenta esterilidad, pues tampoco el afecto salvará a la paciente del abismo.

En el medio, varios diálogos denotarán un germen de tensión y un precedente de neurosis despótica en los cabecillas de la propuesta de cámara. El realizador develará una violencia latente enquistada en el corazón de los amantes otoñales. La dirección ilustrará el clima opresivo con secuencias de corte onírico.

Las pesadillas recuperan la esencia de Bergman y Tarkowsky, a través de una poesía abstracta y simple como la de Kiarostami. Una paloma encerrada reconfirma las sospechosas del subtexto. La imagen de la dama postrada evoca al clásico moderno Gritos y susurros.

El desenlace aniquila la opción del happy ending, conduce a un hundimiento devastador y aterriza como un golpe inesperado en la cara. El telón cierra en la inquietud de un paraje desierto, como un departamento deshabitado. Simbólicamente alude al entramado del cine. Sustenta la vieja teoría del ocaso del séptimo arte.

Es un Haneke mordiéndose la cola, aunque con una piel distinta. Acá firma su testamento y su respuesta a los cuentos edulcorados de Hollywood. Por supuesto, las actuaciones son dignas de encomio. Una manera de trascender al patrón de belleza del star system. Resistencia a la mentira de la juventud por siempre. El cuerpo y la mente se degeneran.