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Sergio Monsalve

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Sergio Monsalve

¿La metástasis de Crepúsculo?

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Domingo, 4:00 de la tarde. Función a sala llena para ver Bajo la misma estrella, uno de los éxitos comerciales de la temporada de verano, basado en el best seller de John Green.

La mayoría de los espectadores son jóvenes menores de 21 años de edad. Algunos revisan el “libro” antes de comenzar la proyección. Se respira un clima de expectación en el ambiente.

El filme reclama al público huérfano tras la muerte de la franquicia Crepúsculo. Pero si hacemos la comparación, el fenómeno de 2014 le saca un cuerpo de ventaja a su predecesora, cuya debilidad radicaba en la explotación de secuelas y derivados sin alma.

A primera vista, el crítico de salón puede llegar a un diagnóstico desalentador. The Fault in Our Stars es la metástasis de Twilight. De conformarse con la visualización del tráiler, el comentarista de oficio reconfirmará cada uno de sus prejuicios.

El avance anticipa una historia conocida y predecible, la del chico encuentra chica en el abismo de la enfermedad terminal. Caldo de cultivo para un drama adolescente de televisión, adaptado al corsé del folletín decimonónico. Aun así, el largometraje va por otro lado, cuando lo descubrimos por completo en la pantalla grande.

Claro, tampoco se trata de la versión adolescente de Amour. Más bien sería la legítima y modesta iniciativa de darle un pequeño giro, una ligera vuelta de tuerca, a un género oxidado.

En última instancia, Bajo la misma estrella es el intento de Hollywood por modernizar, por sacarle el polvo de encima al formato rígido de la clásica Love Story, del relato romántico. Un paradigma ya desmontado o desarmado, dentro y fuera de la industria. Para remarcarlo, vayan los ejemplos recientes de Medianoche en París, Le Weekend, Her y Before Midnight, agudos retratos de la crisis de las relaciones de pareja.

En tal sentido, la apuesta del director equivale a una estrategia de renovación formal, de “revuelta controlada” a la manera de un cruce entre Guardianes de la galaxia y Titanic. Es decir, una celebración demagógica del amor consumado por dos aparentes perdedores del cuento, quienes logran recuperar la esperanza en la vida, a pesar de los obstáculos del destino.  

En el fondo, hay material de sobra para diseccionar: el guión de superación de la adversidad, el look de campaña de responsabilidad social, el acabado demasiado prolijo, la ingenuidad hasta conservadora de los protagonistas.  

Con todo, Bajo la misma estrella logra despertar la empatía de propios y extraños, al irse sobreponiendo a sus limitaciones de origen. Un acierto es la voz consciente de Shailene Woodley, fungiendo de comentarista irónica de su delicada condición (se agradece el sentido del humor negro).

Desde entonces, la pieza rompe con ciertos esquemas, de la mano de un príncipe azul mutilado, un ciego políticamente incorrecto, un escritor ebrio por la espuma de su ego.

Los personajes tienen tiempo y espacio para desarrollar sus dilemas y tragedias, a menudo forzadas con el propósito de activar el llanto en la audiencia.

La estética de los teléfonos inteligentes le aporta dinamismo y vistosidad a la puesta en escena (de capítulo extendido de seriado juvenil).

La moraleja resume el carácter divergente del producto. Por un lado, cumple con desacralizar el mito de “felices y lozanos” por siempre, invitándonos a identificarnos con el dolor de los demás.

En paralelo, vende el humo del cine de autoayuda en fase de “pornografía motivacional” (definida por Stella Young como el afán mercadoctécnico de convertir a “seres con discapacidad” en “objetos de inspiración”).  

Al margen de sus fines populistas, Bajo la misma estrella consigue elevar la dosis de humanismo y sensibilidad, administradas por la meca durante el período estival.
 
Inolvidables las secuencias del falso funeral, del recorrido por la casa de Ana Frank, de la venganza con el cartón de huevos, de la decepcionante cita con el secundario de Willem Defoe, del emocionante viaje y del duro regreso a la rutina.

En síntesis, las virtudes superan a los defectos.