• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

Al instante

La marcianada de 2015

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Libro capital del estudio filosófico y cinematográfico, El miedo al vacío, indaga en las diversas alegorías del paisaje audiovisual contemporáneo. El autor Olivier Mongin descubre una particular fijación en la imaginería desértica, clara metáfora del espacio subjetivo posmoderno. No por casualidad, entre dunas y geografías xerófilas, transcurren dos de las películas de 2015, Mad Max: Fury Road y The Martian, ambas dirigidas por un par de veteranos de regreso a la cima de la perfección creativa.

La primera ya tuvimos ocasión de comentarla y elogiarla. En ella la estética polvorienta es sinónimo del paso de un estado apocalíptico y distópico a un paraíso terrenal, conducido por una atípica heroína mesiánica, quien encarna los valores de la nueva cruzada feminista del milenio.

Bajo la senda del mismo espíritu western, la segunda obra ocupará la reflexión del resto de la columna de hoy. A propósito, cavilemos sobre la presencia magnética del centauro de la llanura desolada, Matt Damon, irónico estandarte de la lograda cinta de Ridley Scott. Caben varias acotaciones al respecto.

Al actor lo vimos entonar la tecla de partida de la famosa sinfonía o tetralogía de la muerte de Gus van Sant. Nos referimos al caso de Gerry, derivada de las exploraciones funerarias del húngaro Béla Tarr. Allí la cámara seguía la marcha errática y suicida del personaje, alrededor de un laberinto de arena. Ícono de la nada, de la náusea y de la huida del intérprete de la parábola pesimista.

Otros datos no menores. Los ecos sombríos del Lejano Oeste acompañaron a la estrella de Hollywood en recientes épicas de la crisis y revisión del clasicismo, True Grit e Interstellar, unidas por los espectros de la historia como tragedia.

En la fallida incursión de Christopher Nolan por los dominios del Kubrick de 2001, la estrella de Good Will Hunting personificaba a un villano de opereta vaquera, perdido en una galaxia de traición y egoísmo darwinista.

Doce meses después, The Martian le permite a Matt Damon redimirse en un contexto similar, aunque a años luz del esperpento solemne filmado por el realizador de El caballero oscuro.

Dado por cadáver, tras el embate de una tormenta, el protagonista debe sortear las adversidades climáticas del planeta rojo, durante un largo período de jornadas agotadoras, a la espera del milagro de su rescate.

Las claves del relato tradicional de La Odisea, del retorno a casa, son enunciadas, develadas y anticipan un desenlace previsible, como el de Gravedad. En tal sentido, el guión aporta poca originalidad expresiva. Importante reconocerlo.

El giro distinto, la vuelta curiosa del argumento, radica en la forma de armar y desarmar las convenciones del género, mediante una lectura satírica, humorística, fresca y lúdica, no exenta de pinceladas de drama, acción, aventura, suspenso y poesía.

La ración de comedia del absurdo la sostienen los miembros del reparto, los buenos oficios del autor y los envenenados metamensajes del libreto, cuyas mejores líneas diseccionan el enredo de la burocracia oficial, las contradicciones de la superpotencia galáctica y la necesidad de buscar en China al aliado necesario para consumar con éxito la operación de salvamento del astronauta varado. Todos símbolos y guiños al establecimiento del eje Washington-Pekín-Los Ángeles. Bloque comercial proyectado desde la pantalla de la meca hasta el fuerte mercado bilateral.

Las cotas de lirismo corren por cuenta del director de fotografía, Dariusz Wolski, dotado de una gran capacidad para componer viñetas abstractas y figurativas de aliento crepuscular. Si la disfrutan en 3D, atención con el manejo de los volúmenes, los relieves y la profundidad de campo. La dimensión coreográfica de la puesta en escena despliega un baile, una danza voladora de movimientos sutiles, dignos de un musical de la Metro.

Echadas las cartas de la baraja de la historia, los ases y los comodines se los guarda el maestro de la ceremonia para desarrollar y concluir la función por lo alto, haciéndole justicia al prestigio de su carrera, de capa caída luego del fiasco de Exodus.

The Martian reivindica a Ridley Scott y le brinda la oportunidad de replantear su mirada lúgubre, tenebrista de la ciencia ficción.

En las antípodas de las catedrales góticas de Alien y Blade Runner, el último largometraje del experimentado creador nos reconcilia con las potencialidades de la condición humana en tiempos de fragilidad y accidente, como los de ahora.

Unidos por una causa en común, saldremos del atolladero, al margen de las diferencias raciales, étnicas, políticas y sociales.

Así recuperaremos la confianza.

En suma, la feel-good movie de 2015, como lo fue Guardianes de la Galaxia en 2014. Relacionadas por la cultura retro, sus respectivas listas de canciones merecen escucharse y recordarse por siempre.

El disco music como catarsis, terapia de relajación y cosecha de sonrisas autoconscientes.

Una verdadera gozada, más allá de la propaganda a la NASA  (también a modo de chanza, por cierto).