• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

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Sergio Monsalve

El llamado de la selva

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Llegamos a las 12:30 pm al Centro Lido para ir al cine. La inseguridad no invita a disfrutar de una película en horario nocturno.

El mismo día asesinan a un médico para robarle el celular en Centro Plaza (después atracan Cinex Metrópolis de Barquisimeto).

Pensándolo mejor, a cualquier hora podemos ser víctimas del hampa. Conviene tomar precauciones.

Estacionamos, bajamos del carro y apuramos el paso hacia la sala. Alrededor se respira un aire de intranquilidad y paranoia. La vigilancia es casi nula.
Frente a la marquesina del Multiplex tanteamos dos opciones: Divergente y Río 2, ambas masacradas por la crítica. 

A la primera la tildan de hermana menor y oportunista de Los juegos del hambre. El colega Robert Andrés Gómez la despedazó en su comentario de la semana pasada. Dura 139 minutos como Noé y tantos naufragios de la temporada de verano.

La segunda, al menos, cuenta con el aval de tratarse de una comedia infantil sin pretensiones. Compramos el ticket para evadirnos un poco de la realidad de Caracas.

Pero la caramelería nos devuelve la imagen de un país contrariado. No hay agua embotellada para vender a los consumidores.
Tampoco la encontramos en un kilómetro a la redonda. Así es el estado de escasez. Empobrece la oferta, desalienta a la demanda. Al final, pagamos por un refresco e ingresamos a la proyección. 

Adentro, las familias y los chicos hacen del recinto un parque de diversiones, al calor de cotufas, bebidas carbonatadas y perros calientes.

Los niños son los amos y señores del lugar. Da gusto verlos corretear por los pasillos, jugar con nuevos amigos, desobedecer a los padres.

Al comenzar la faena, los muchachos retornan a sus asientos, miran la cinta con atención, la comentan entre ellos. Son pequeños eruditos del género. Tomamos nota de sus impresiones.

A unos les gustan las secuencias musicales, el contexto de la historia (la selva amazónica), los “dibujitos” de libro de cuentos, la escena del partido de fútbol con los guacamayos de colores, el regreso de los personajes principales de la pieza original, la moraleja ecológica de la historia, los chistes encarnados por los secundarios (la rana “venenosa”, el oso hormiguero y la cacatúa impedida para volar).

A otros les despierta curiosidad la semejanza del villano con la estampa del presidente Maduro. Ambos portan bigote y se benefician de la explotación de los recursos naturales. Interesante coincidencia. Ojalá no vayan a exigir su censura desde los foros de Aporrea y La Iguana, a merced de un arbitrario análisis de contenido subliminal.

El mensaje del filme es claro y carece de mala intención. Los chamos celebran la victoria de los buenos sobre los pillos, el reencuentro del protagonista (Blue) con sus raíces.

Los humanos y los paisajes urbanos quedan en un necesario segundo plano, a objeto de destacar el valor de la naturaleza y la diversidad de la avifauna en peligro de extinción.

Por tanto y salvando las distancias, la pantalla despliega el cuadro de un emocionante recorrido por un museo de ciencias interactivo. Es como una exposición de Walter Arp, curada por Sergio Antillano, en tercera dimensión.

Se condena la tala de árboles, los hombres aprenden a respetar el bioma de los loros, los papagayos, los animales.

El director tiene el mérito de seguirle imponiendo el sabor carioca a su receta de producción. Brasil es una de las fronteras a conquistar por la cultura mainstream.

La secuela justifica la prolongación de la franquicia, aunque debe eludir los atajos manidos y predecibles para la tercera.
 
En cualquier caso, el público nacional la recibe de brazos abiertos, como sucede con la mayoría de las propuestas de animación.

La gente siempre busca un escape ante los problemas de la crisis.
Cuando culmina la cinta y salimos de la matriz audiovisual, la atmósfera se enrarece. Abrimos los ojos de verdad. Percibimos el aroma de la rutina de supervivencia. Ahora acechan los peligros de la jungla de concreto.