• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

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Sergio Monsalve

El proceso

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Como toda obra maestra, El proceso es una composición atemporal. Puede transcurrir en pasado, presente o futuro, de acuerdo con la percepción de usted. Pero Orson Welles la realizó en la posguerra, inspirado en el texto homónimo de Kafka, para estrenarla en el año 1962.

Si la pieza original fue producto de los conflictos y avatares de las primeras décadas del siglo XX, la adaptación es consecuencia del fin de la Segunda Guerra Mundial, el hongo de Hiroshima, el clima de persecución de la era bipolar y la cacería de brujas del macarthismo.

Por algo, una de sus víctimas de Hollywood, Charles Chaplin, la consideró “la cumbre del arte cinematográfico”.

Razones de peso no le faltaban para afirmarlo, a pesar de la opinión desfavorable de la crítica, empeñada en descalificar el largometraje como uno de los trabajos fallidos y malditos del autor.

Naturalmente, el prejuicio contra ella es infundado y responde a la inútil comparación con el precedente de Ciudadano Kane, así como a la idea superficial de tomar las partes descoloridas por el todo.

El necio cazador de pelones tendrá en The Trial un campo abierto para dar rienda suelta a sus bajos instintos de inquisidor.

Hay evidentes saltos de eje, problemas de continuidad, omnipresencia de la banda sonora y ciertos defectos de interpretación por cortesía de Anthony Perkins, el muchacho frágil e inseguro de la época. Perfecto para encarnar el papel principal de Josef K, álter ego de Kafka y de Welles.

Comparto una referencia indispensable. Dos años atrás, Perkins incorporó al disociado asesino de Psicosis al servicio de otro gigante de mármol, Alfred Hitchcock. Aquella también se rodó en blanco y negro, a contrapelo de la moda del color. Aun así, obtuvo de inmediato el calificativo de hito cumbre de la modernidad cinematográfica, dividiendo en dos al género del terror psicológico.

El proceso no contó con la misma recepción ecuménica en su momento, aunque hoy en día sí es valorada como se debe.

De hecho, Fernando Subirats le dedica uno de sus últimos ensayos, Proceso a la civilización, en el que reivindica su discurso político y su poética de la pesadilla existencial.

Revisado en la actualidad, el filme describe una tragedia muy nuestra: la de un mundo distópico dominado por un sistema de justicia corrompido, parcializado a favor de los intereses ciegos de un poder totalitario, cínico y despiadado.

Welles ajusta cuentas con sus cancerberos y acosadores, al sentarlos en el banquillo de los acusados de la historia.

Él mismo, con su don de artista kamikaze, presta el físico para representar al implacable guardián de la ley, al abogado del diablo devenido en perro de presa, figura decadente y verdugo sardónico de sonrisa maquiavélica permanente, quien invita al pobre antihéroe a declararse culpable, antes de siquiera dictar sentencia.

Encuentro en las imágenes góticas y los laberintos deshumanizados de la propuesta audiovisual un resumen gráfico del hundimiento moral de Venezuela a manos de una policía del pensamiento único, cuyos líderes burocráticos disparan primero y averiguan después.

Josef K es despertado en la mañana por los agentes del orden, para notificarle de su condición de acusado. En adelante buscará ayuda con el objetivo de demostrar su inocencia.

Sin embargo, el esfuerzo será en vano. Literalmente, lo obligarán a confesar un delito jamás cometido, a sentirse culpable, a renunciar a su identidad y a aceptar su triste condena a muerte. Un destino parecido al de nuestros disidentes, señalados por delitos o sometidos a un proceso de agotamiento mental a fin de doblegarlos.

Por extensión, Josef K va abriendo y cerrando puertas, como anillos concéntricos del infierno kafkiano. Welles no deja títere con cabeza en su pintura de Goya.

Desnuda a los artistas tarifados encargados de dibujar cuadros estériles del gusto de la dictadura. Proyecta la alienación de los niños, las mujeres y las masas de miserables lobotomizados por el Estado.

Anticipa la censura mediática y electrónica de una estructura informática de inteligencia, reñida con la paz, la convivencia y la cordura.

Esboza el trayecto sombrío de la barbarie de un país feliz, tipo Orwell y Huxley. Un mañana cercano al presente incierto del planeta Tierra.

Solo queda morir con las botas puestas, asegura el desenlace de la película. Es optimista porque invita a resistir como Josef K. Es dramático pues expone la soledad y el calvario de los verdaderos defensores de la justicia.

La dinamita y una nube de polvo ciegan la vida del ángel caído en desgracia.

De sus escombros sigue naciendo la voluntad de reflexión libertaria.

El cine, en su versión centralizada por el aparato, funge de adormidera colectiva.

En El proceso es puro grito de emancipación.

Es urgente recordar su legado.

Hermosos y alucinantes sus decorados, sus planos secuencia, sus planteamientos de vanguardia.

Al protagonista se lo traga una ciudad apocalíptica de corte fascista y un colosal departamento de mecanógrafos de la nada. Es la sociedad del espectáculo.