• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

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El malquerido: un bolero encajonado

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Sala llena, lunes popular. La audiencia concentrada. Aparecen los créditos iniciales en la pantalla. Un plano secuencia, a contraluz, envuelve al protagonista. Fondo negro y el intérprete.

De entrada, El malquerido devela la estrategia de su puesta en escena: narrar con economía de recursos la biografía de Felipe Pirela. Una apuesta minimalista, correspondiente a un manejo ajustado del presupuesto, saldada de manera dispareja.

El realizador Diego Rísquez, un viejo zorro en el arte de sacar mucho de lo poco, logra sostener la estructura de la cinta de principio a fin, a pesar de los baches y deslices conceptuales de la ejecución.

Sin duda, un filme de altibajos al lado de las obras maestras del autor: Bolívar, sinfonía tropikal y Reverón. Ambas películas, por cierto, suponen las respectivas cumbres creativas de los dos períodos del director, el del silencio pictórico y el de la progresiva conversión parlante de sus montajes barrocos.

En tal sentido,  El malquerido es su trabajo menos experimental y arriesgado, desde la concepción plástica. Un ejercicio de depuración, decantación y adaptación a los cánones tradicionales del lenguaje mainstream. Cine qualité de época, apoyado en un desigual rompecabezas multimedia. Procedemos a desarmarlo por partes.

Como ocurrió luego del descubrimiento del sonoro en 1927, el largometraje sufre los mismos problemas de las talkie movies y los musicales primitivos de la depresión.

La cámara se estanca, una canción sucede a la otra y la saturación del texto empobrece el desarrollo de la imagen en movimiento. La radio y el teatro comprimen la dimensión de los encuadres.

Hay diálogos explicativos, informativos y pedagógicos de sobra. Demasiadas conversaciones por teléfono. Discusiones prescindibles (el drama con el cochecito vacío, los altercados culebreros entre la suegra y el marido de la niña de 13 años).  

De paso, el hilo conductor del guion es una forzada entrevista de televisión, siguiendo un derrotero ya explotado por el creador de la pieza en La Libertadora del Libertador (en la que un escritor sometía a Manuela Saenz a un interrogatorio, antes de fallecer).

Por defecto, la frontalidad de la caja chica también constriñe el vuelo de la técnica audiovisual.

Apretujados por el espacio, los figurantes y los escasos extras no alcanzan a dar la talla de la magnitud de los conciertos del Bolerista de América, cuyos toques en vivo parecieran reducirse a un circuito de piano bares, restaurantes y locales de aforo limitado. De ahí el necesario respiro o punto de quiebre, cuando tiene lugar el atractivo segmento de la boda, clausurado por los aires con un dron.

Por último, en el apartado estético, el abuso del croma y de los malos efectos especiales echan a perder el fragmento del despegue del avión y la única alegoría esbozada por el amante de las abstracciones oníricas. Aquí un sueño mojado se diluye por el elemental acabado de las líneas digitales.

¿Qué salva a la nueva embarcación de Diego Rísquez de naufragar por completo? Aunque usted no lo crea, el buen desempeño lírico de Jesús “Chino” Miranda. La gente queda muda ante cada una de sus performances delante del micrófono. A su modo, resucita el espíritu de Felipe Pirela. Lástima porque la gracia y la verosimilitud no lo acompañan en sus demás intervenciones. Fuera de las tarimas, es una cara de póker, de tabla, de estrella engordada por obligación, de lienzo neutro salpicado con lágrimas de cocodrilo. Retrato superkitsch.  

En paralelo, Mariaca Semprún exagera la nota de la villana de la novela, así como preferimos olvidar aquel desfile de cameos gratuitos e improductivos (uno de ellos arruina el notable homenaje a la Lupe).

Del reparto sobresalen presencias seguras y confiables: Sócrates Serrano, Carlos Cruz, Greisy Mena, Daniela Alvarado (siempre divertida), Héctor Manrique (un tiro al piso en el papel de Billo), Iván Tamayo (el crack del ensamble masculino) y Sheila Monterola. Pero la Palma del elenco se lo lleva el fugaz y explosivo secundario de Samantha Castillo.

Lo objetable: la falta de profundidad del libreto en cualquier cantidad de aristas, apenas enunciadas. Termina resultando predecible.

Lo mejor: la posibilidad de acercar al espectador del milenio a un ícono nacional de un género en vías de extinción, paradójicamente arropado y opacado por la hegemonía del reguetón. El aprovechamiento de “exteriores” emblemáticos de la Caracas de ayer (Club Táchira, hotel Humboldt, etc). La fotografía de Cezary Jaworski. La mezcla de sonido y la orquestación instrumental. La edición sutil del experto en la materia, Leonardo Henríquez. El mensaje vigente de la conclusión. Subida vertiginosa, caída abrupta. Desenlace pesimista y melancólico en blanco y negro. Tendencia de las biografías dedicadas a solistas, genios de la balada romántica. El poder de la fama es una droga mortal. Y a su alrededor pululan las aves de carroña.