• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

Al instante

El hot jazz de Whiplash y Birdman

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

El sonido sincronizado nace en el cine a ritmo de jazz. Corría el año 1927 y Alan Crosland estrena el mítico filme protagonizado por Al Johnson, adaptando una obra original de Broadway. Desde entonces, las dos expresiones artísticas se complementan en la gran pantalla. En sus orígenes, ambas fueron consideradas géneros menores de la cultura mainstream. La crítica ortodoxa las rechazaba por sus raíces populares, raciales y sociales.

Al cabo del tiempo, una y otra pudieron deslastrarse de sus estigmas y prejuicios, a base de creatividad y talento. De paso, Hollywood logra superar la crisis del crack de la bolsa de 1929, gracias a ellas, a sus ensamblajes armónicos a través de la tabla de salvación industrial de la comedia musical.  

Posteriormente, vieron luz innumerables obras maestras de tan sana y prolongada comunión: Cabin in the Sky, Shadows, Alrededor de la medianoche, Anatomía de un asesinato, Con faldas y a lo loco, West Side Story, Taxi Driver, La conversación, The Cotton Club, Mo' Better Blues, Stormy Weather, Paris Blues,  Empieza el espectáculo, Kansas City, Bird, Collateral, Sweet and Lowdown, New York New York, Chicago y Calle 54, por citar algunas películas notables.

También es inabarcable la lista de virtuosos y compositores, quienes participaron directa o indirectamente en el diseño de bandas sonoras legendarias. Apenas rememoraré cinco nombres ilustres: Duke Ellington, Louis Armstrong, Miles Davies, Charlie Parker y Henry Mancini. Todavía la repercusión de sus jammings, solos y partituras ejercen influencia sobre las generaciones de relevo del tercer milenio.

No en balde, dos largometrajes nominados al premio de la Academia reviven el legado de los ídolos de la improvisación, el fraseo, el swing, el bebop, el cool, el hot y el dixieland.

Nos referimos a las estupendas Whiplash y Birdman, un par de intensas sesiones de puesta en escena, al compás de las vibrantes ejecuciones de Justin Hurwitz y Antonio Sánchez, los responsables de los demenciales movimientos de baqueta, detrás de las cámaras, las luces y los flashes.

En teoría, la primera es realizada por el joven autor Damien Chazelle, niño prodigio de 30 años apadrinado por el Festival de Sundance, en el que consigue un pasaporte a la cúspide de la meca. Su esmerada película narra el traumático, aleccionador y purificador duelo de egos entre un profesor estricto y un alumno aventajado, en el seno de un prestigioso conservatorio de Nueva York.

J. K. Simmons encarna a una fuerza de la naturaleza, comparada con el demoledor secundario del sargento R. Lee Ermey para Full Metal Jacket de Kubrick. Aterrador, carismático y condenado por acosar a sus pupilos, el personaje lidera una cruzada contra la apatía y la mediocridad del instituto, aplicando un método riguroso y peligroso. Busca al baterista indicado para su banda y encuentra a un posible candidato en la figura del chico Andrew Neiman, estelarizado por un magnífico Miles Teller.

Los tambores, los platillos, los cortes violentos, los desplantes y los gritos van acrecentando la tensión dramática, el conflicto.

La edición impone un compás electrizante al desarrollo de la trama. Al alcanzar varios picos y clímax, la sinfonía de la autodestrucción mutua asegurada llega a su momento de equilibrio, comunicación y tregua en el desenlace. Del choque frenético emerge una extraña forma de catarsis y expiación de los demonios interiores. La sala aplaude y comparte la esencia del subtexto. La constancia, llevada al límite del calvario físico, es un pedestal para tocar la cima de la excelencia, de la perfección.

En efecto, como reza un diálogo del guión, la benevolencia y la complacencia son las peores consejeras de la era contemporánea. Mensaje, de seguro, destinado a levantar el nivel de nuestras esferas académicas y escolares, empeñadas en educar y practicar el conformismo. 

En cuanto a Birdman, los redoblantes, los bombos y las escobillas acompañan el accidentado montaje de una obra de teatro en Broadway, personificada por una estrella madura en horas bajas.

Alejandro González Iñárritu no volaba tan alto desde Amores perros y hace de Michael Keaton su álter ego, su emblema para una deconstrucción fascinante del mundo del espectáculo (de los blockbusters de verano a las tablas de Manhattan).

Respaldado por un casting de consentidos del Oscar, un exsuperhéroe se desdobla frente a la audiencia, mientras intenta recuperar su fama, éxito y notoriedad.

Siempre al borde del abismo y el caos, el actor muestra su lado inseguro y vulnerable, incapaz de dejar atrás su sombra de ícono de la taquilla, de la pornografía apocalíptica.

En plan de sátira y de broma seria, el patriarca lidia con el compromiso de convencer a la crítica, de reconciliarse consigo mismo, de ofrecer una digna función de apertura, de reagrupar a las fichas dispersas de su familia disfuncional.

En general, el libreto cumple con enlazar y resolver todos los dilemas planteados por el argumento, de manera cínica y efectiva.

Le discutimos, si acaso, las líneas abocadas a satanizar y demonizar al supuesto “genocidio cultural” de los grandes estudios.

Válido el cuestionamiento a la hegemonía de la liga de la justicia, de Los vengadores, de los hombres de hierro.

Aunque en su visión maniquea, Birdman omite las excepciones a la regla: Caballero oscuro, Iron Man 3, Guardianes de la galaxia y las propias versiones de Batman de Tim Burton.

Oportunas y felices las contribuciones de Emma Stone, Zack Galifianakis y Edward Norton. Excepcional la fotografía del “Chivo” Lubezki, por medio de su increíble plano secuencia (trucado). Un admirable experimento a la usanza de El arca rusa y La soga. 

La conclusión nos reserva un espacio para la reflexión de la inesperada virtud de la ignorancia o de la vocación suicida de un narciso posmoderno, por redimirse al extremo de perder la cordura, suspenderse en el aire, pegarse un tiro y cobrar conciencia de su delirio esquizofrénico.

El epílogo es una incógnita, una gozada, un misterio, la guinda de la negrura del pastel.

El sacrificio vende, rinde ganancias virales. La masa quiere sangre y el sufrimiento garantiza la conquista de la apuesta. Surgen las preguntas inquietantes: ¿Rigan Thomson ha domando al halcón de su subconsciente? ¿Se le abre un futuro de ensueño o la pesadilla persiste, a lo Sunset Boulevard?

Ante su resurrección, ¿decide lanzarse al vacío o emprender el vuelo de la libertad? ¿Un happy ending falso y agridulce como el de The Player?  

Cada receptor hallará su respuesta.

Eterno retorno de Ícaro.

Tragicomedia coral de ribetes metalingüísticos.

Psicoanálisis del estado actual del séptimo arte.

Líquido y sólido a la vez.

Vivo y muerto.

Reconstruyendo sus alas de ángel caído.