• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

Al instante

El exorcismo del Leviatán

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

El peso pesado Andrei Zvyagintsev estrenó dos películas en Venezuela: El regreso y Elena. Ambas fueron proyectadas con éxito de público y crítica en las salas del circuito alternativo de Caracas. Las dos representan los claroscuros de la historia de la Rusia contemporánea; un país cruzado por miles de paradojas sociales, culturales y políticas.  
El director pertenece a una élite de realizadores de la nación de Pushkin, como el caso de Nikita Mijalkov, Timur Bekmambetov y Aleksandr Sokúrov, cuyas filmografías plasman las secuelas de la desintegración de la URSS, desde diferentes puntos de vista y sin concesiones. Se les considera una generación tributaria del legado de los grandes autores de la vanguardia soviética (Eisenstein, Pudovkin, Vértov y Kuleshov). También los admiran por encabezar una nueva ola y romper con los paradigmas establecidos por sus antepasados. No obstante, le guardan respeto a la tradición de los clásicos y siguen conservando muchos de los planteamientos de la escuela moderna.  
Por ejemplo, la poética de Tarkovski encarna un faro ineludible para todos ellos. Le rinden homenajes póstumos y evocaciones plásticas, a través de guiños, citas y referencias a sus planteamientos conceptuales. Al respecto, Andrei Zvyagintsev despliega una galería de planos abstractos y melancólicos en su reciente trabajo, Leviatán, galardonado en el Festival de Cannes 2014, ganador del Globo de Oro y nominado al premio de la Academia (perdió el Oscar con Ida). Todavía esperamos por su fecha de lanzamiento en la cartelera nacional. Por lo pronto, lo reseñamos para ver si los exhibidores locales se animan a programarlo y distribuirlo, en aras de diversificar la oferta y contribuir a la discusión de la agenda criolla, pues la película desarrolla argumentos polémicos y universales, nada alejados de nuestra realidad kafkiana. 
Entre escombros, ruinas, paisajes desolados, mares de la infelicidad, esqueletos de ballenas encalladas, barcos oxidados y naturalezas muertas, la pieza compone e ilustra un estado general de descomposición, donde reina la fuerza bruta de la burocracia y el poder omnímodo de un gobierno corrompido por la doble moral. 
El plot es simple, duro y diáfano como el diagnóstico certero de una enfermedad terminal, próxima a las tragedias sufridas durante el ascenso y la caída de la quinta república.    
Un envilecido alcalde se encapricha con expropiar un terreno ubicado en una apetecible y pacífica zona costera, para otorgar una concesión a dedo, montar un negocio rentable y garantizar el cobro de su respectiva comisión. Pero un indomable e indoblegable hombre del pueblo se niega a transar con el funcionario deshonesto. Allí el protagonista, Kolia, vive en una casa, al lado de su taller, acompañado por su esposa desesperada y su hijo problemático. Juntos integran una simbólica familia disfuncional, víctima a la postre de las presiones y los manejos mafiosos del entorno putrefacto del intendente del municipio. 
El personaje principal intenta resistir, mientras el tiempo y las condiciones se lo permiten. En una de las mejores secuencias de la trama, juega tiro al blanco con sus amigos delante de una serie de cuadros de los líderes y próceres de la patria. 
Por ahí van los tiros del contenido satírico y subversivo del guión pesimista. Lo demás deben descubrirlo por ustedes mismos. Encontrarán un retrato, un espejo de nuestra sociedad civil asfixiada, reprimida, condenada, herida, torturada y demolida por su clase dirigente. 
Al final, caen las máscaras, se derrumban las ilusiones, los mártires padecen los dictámenes y decretos injustos de los usurpadores de la administración pública (quienes hipócritamente lavan sus cargos de conciencia en oscuros rituales de religión ortodoxa, a la manera de una secta satánica). 
El título, por supuesto, alude a la teoría de Hobbes. Ergo, la democracia sucumbe al control, a la intervención descomunal e insaciable de un monstruo de proporciones apocalípticas y absolutistas. 
El Leviatán del despotismo queda, literal y materialmente, al desnudo. Importante desentrañarlo a fondo para terminar de expurgarlo y exorcizarlo por siempre.