• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

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Sergio Monsalve

El desertor de Venezuela y el desierto de Cuba

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Cuestiones en común. Buscamos relaciones en la cartelera y las encontramos. ¿Casualidades de la vida? ¿Una decisión acertada de los programadores de los estrenos locales? ¿Afinidades surgidas por las condiciones de nuestro contexto?

Cualquiera sea la respuesta, descubrimos una conexión entre dos filmes proyectados en las pantallas nacionales durante el mes de abril. Uno proviene de Cuba y el otro de la región andina. Ambos dialogan, directa o indirectamente, con las realidades y problemas de sus respectivos países.

A su modo, plantean cuestionamientos al orden establecido, de forma discreta, pero no menos consciente. Exponen críticas sutiles y oportunas, aunque propias de un sistema cultural vigilado por comités de censura. Por tanto, sus denuncias son de un alcance limitado. Sin embargo, el espectador agradece la valentía de los dos largometrajes de pasar de contrabando sus ideas políticas. Procedemos, entonces, a comentarlos. 

Hablemos primero de El desertor, dirigida por Rául Chamorro y protagonizada por un reparto de jóvenes talentos, secundados por la excepcional contribución de Leónidas  Urbina en el papel del subteniente Montilla, arquetipo de la mentalidad cerrada, machista, sectaria y arrogante de la esfera marcial.

Él destaca por su experiencia y evidente preparación para interpretar el rol asignado. Según el enfoque del realizador, el personaje guarda alguna correspondencia con el sargento Mayor Hartman del clásico de Stanley Kubrick Full Metal Jacket, salvando las distancias. Cada una de sus intervenciones le suma puntos de credibilidad a la puesta en escena. Fuma, porta lentes oscuros y atormenta psicológicamente al mártir de la historia. Un pobre chico víctima de la recluta en las postrimerías de los años setenta.

Así el guión le planta cara a un tema tabú del cine vernáculo: el abuso de poder de nuestras fuerzas armadas, cuyo expediente de violación de derechos humanos no puede ocultarse con un dedo, desde el siglo XX hasta la actualidad.

El régimen castrense, al parecer del subtexto, acosa a los nobles adolescentes de la sociedad civil. Los somete a viles torturas, encierros y cacerías de brujas.

Por su rodaje en la población de Jajó en Trujillo, más de un estudiante gocho se sentirá identificado con la tragedia desarrollada por la trama, ambientada por la notable música de Álvaro Cordero (el compositor de la partitura de Tiempos de dictadura).

La mezcla de sonido, a cargo de Francisco Toro del estudio Tres Pares, también le aporta profesionalismo al diseño técnico del conjunto. De igual manera ocurre con el limpio registro de la fotografía de Gerard Uzcátegui.

¿Dónde radican sus golpes bajos, sujetos a la discusión? Los colegas del páramo le condenan su mirada ingenua de tarjeta postal, para la exportación y el consumo del turismo en busca de locaciones exóticas. Tampoco le perdonan el cliché argumental del triángulo amoroso, centrado en un ataque de celos masculinos.

La tildan de puritana y pacata, como un permanente coitus interruptus. Además, le detectan un tono naif en las secuencias oníricas con la madre y el desenlace bucólico. No obstante, valoran sus atributos de edición, arte y producción.

Nosotros disfrutamos de su sentido del humor, de su fluidez narrativa y de la oportunidad de aproximarnos a un universo costumbrista poco visibilizado por nuestras propuestas audiovisuales.      

En el mismo sentido, apreciamos el hecho de contemplar el lanzamiento de Conducta, un retrato de las contradicciones del modelo socialista en la isla gobernada por la tiranía de los hermanos Castro.

Sigilosamente y a veces a viva voz, la película ofrece un catálogo de las miserias sufridas por los habitantes de la patria de José Martí, alrededor del espacio alegórico de una escuela, subyugada por los fantasmas de la burocracia inoperante, la injusticia, el comunismo, la pobreza, la doble moral y la crisis endémica.

Observamos la radiografía de una ciudad convertida en una ruina de la modernidad, en una distopía carcomida por la sal y el viento. Olvídense de la promesa del mar de la felicidad.

El paisaje despliega un conjunto de viñetas sombrías: cacharros, trenes oxidados, apartamentos desvencijados, imágenes estancadas en el pasado, antros clandestinos de peleas de perros, familias disfuncionales, niños obligados por la coyuntura a abandonar los salones de clase, para dedicarse a la explotación del mercado negro.

Los púberes deben madurar pronto, con el objetivo de ganarse el pan y ayudar a sus padres en el sustento del hogar. El medio termina por corromperlos y acaba por destruir sus sueños.

Ante semejante cuadro postapocalíptico emerge un puñado de figuras esperanzadoras, negadas a inclinar la cerviz, a dejarse vencer por la adversidad. Aguantan y ejercen la resistencia.

Una nena baila por puro placer y es el orgullo de su abnegado padre (a la postre no tendrán un happy ending).

Un niño terrible lucha por sacar a su madre de la depresión. Lo amenazan con botarlo del colegio y trasladarlo a una suerte de reformatorio. Ahí interviene la heroína de la parábola, una veterana maestra ejemplar.

Por supuesto, el empeño y el afecto de la profesora redimen al muchacho indisciplinado. Es uno de los clichés del plot. Un código desgastado como la muy tradicional estética melodramática de la pieza.

¿Qué salva a Conducta de caer en el foso de la novela estereotipada? Sus licencias poéticas, sus dignos mensajes edificantes, sus focos de insurrección, sus lazos con la escuela disidente del Icaic.

Evocando los mejores momentos de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, Conducta apuesta por un cambio de timón en los destinos de la república antillana, avizora la necesidad de admitir el relevo generacional y anticipa la inminente llegada de un futuro distinto para Cuba.

Ojalá no se trate de un espejismo, de una tormenta de verano.

Extrapolando la metáfora, aguardamos por un viraje similar en Venezuela.