• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

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Sergio Monsalve

El crepúsculo de las leyendas

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Tres biografías, nominadas al premio de la Academia, coinciden en la cartelera. En adelante, las desglosaremos y analizaremos, de menos a más. 

El Oscar vuelve a corroborar su predilección por los melodramas, basados en hechos reales, dedicados a reivindicar leyendas populares o héroes anónimos de la cultura occidental.

Los filmes citados, además, se inspiran en novelas y libros devenidos en best sellers. Una fórmula comprobada para explotar el yacimiento de la taquilla.

Antecedentes inmediatos o remotos fueron títulos como Chaplin, Gandhi, Lincoln, Amadeus, Una mente brillante, El discurso del rey, Mr. Turner, Hugo Cabret, Hitchcock, Saving Mr. Banks y pare usted de contar. En suma, es un género audiovisual con sus puntos bajos y altos, sus luces y sombras, sus obras maestras y sus experimentos fallidos.

Grosso modo, las podemos dividir en dos tendencias: las de glorificación y las de desmontaje. Pocas logran ubicarse en el mero centro del debate. Para no hacer tan larga la introducción, entremos en materia.

El código Enigma se la juega por la ficha segura de la corrección política. Adopta una clásica óptica qualité de miniserie producida por una cablera. Las imágenes son filtradas por un lente preciosista de fotografía retro. El mea culpa define el metamensaje del guión.

La idea es rescatar el legado del pionero de la computación Alan Touring, genio excéntrico y solitario, condenado por la homofobia de la época después de ser una de las figuras clave en la derrota del fascismo al descifrar los códigos de Enigma, la encriptada máquina fabricada por los nazis. 

Gracias a su contribución, los aliados consiguieron ganar el conflicto antes del tiempo estipulado. Negar, relativizar el aporte del protagonista sería una locura. La discusión no pasa por allí. Tampoco por las solventes actuaciones del reparto, el adecuado manejo del suspenso y el estudiado tributo al filón de espías de la primera mitad del siglo XX.

El verdadero inconveniente surge de la incapacidad de deslastrarse del compromiso literario, de la expresión verbal de los contenidos latentes.

Así se pierde parte de la magia y del misterio de El código Enigma, empeñada en repetir lecciones de autoayuda, salpicadas por el polvo azucarado de moralejas edificantes.

La película, en resumen, sirve para limpiar malas conciencias y desarrollar una típica empresa de arrepentimiento colectivo.

Mérito exclusivo de Benedict Cumberbatch el dotar de matices verosímiles a su complejo personaje.

El resto es no solo predecible, sino hasta pacato, demodé y conservador, aunque pretenda lo opuesto. Obvia y plagada de flash backs didácticos, la pieza traiciona su promesa de esbozar un discurso críptico y hermético. Es la versión del caso, apta para toda la familia. 

Compartiendo forma y fondo edulcorados, La teoría del todo supone un ejemplo consumado de “pornografía motivacional”, de relato trillado de superación de la adversidad.

También la secunda un reparto de estrellas emergentes y consagradas, encabezadas por una pareja de chicos lindos, quienes interpretan roles de manual.

Él es arquetipo del impedido consentido por las quinielas de Hollywood. Aplica una vieja técnica del método: el calco, la reproducción mecánica, el arte de la mímesis llevado al plano de un argumento desgastado, de un signo abolido.

De Mi pie izquierdo a Intocable,  Eddie Redmayne incorpora un duplicado aséptico y embellecido de  Stephen Hawking. Un retrato de la discapacidad con colores pasteles y esperanzadores.

Se queda en la superficie del cuento romántico, de las tesis del reconocido autor, de la vida íntima del homenajeado, cuyo calvario es suavizado por la paleta kitsch del realizador. ¿Por qué supera a su precedente inmediato? Rescata la esencia humana y el sentido del humor negro del astrofísico.

El director James Marsh, procedente del universo documental, respeta la dignidad y comicidad del científico británico, al ofrecer varias pinceladas de su fina y curiosa ironía.

Fiel a la escuela del verité, lo mejor  de La teoría del todo radica en sus chispazos de realismo, por medio de diversas texturas.

Al final, la palabra retorna para llenar los agujeros negros del libreto, desconfiando del poder de sugerencia de los planos abstractos. Por fortuna, la película renuncia a la banalidad viral de la campaña del Ice Bucket Challenge, pero sí se trata de una aproximación Disney al tema.

Por último, cerramos con el ápice de la pirámide, a pesar de la opinión de la crítica. Los colegas la desprecian por patriotera, pitiyanqui, propagandística, belicista y violenta. La consideran un caballo de Troya de la asociación nacional del rifle, de las campañas del Pentágono en el Medio Oriente.

Los demócratas la tildan de republicana. Según los mal entendidos, constituye el come back de Clint Eastwood a su época de Harry, el Sucio y Magnum 44. Falso. Puros prejuicios. No en balde, El francotirador dispara en un sentido inverso.

Espectral y melancólica, la mira telescópica del filme apunta al blanco del denominado “western crepuscular”, cuando el Lejano Oeste inició su proceso de desmitificación.

De Sergio Leone a John Ford, el propio Clint Eastwood se embarcó en la misma cruzada al rodar las fantasmagóricas y pesimistas alegorías de El jinete pálido y Unforgiven.

Asumiendo el punto de vista de un frío victimario, El francotirador describe el ascenso, el descenso y la progresiva disolución hacia la nada de un cowboy en territorio comanche.

Erigido en ícono por la maquinaria de destrucción masiva, el SEAL Chris Kyle establece una relación de aprecio y rechazo por su aura de ídolo del tiro de precisión.

Restaurando el enfoque de las esquinadas Targets y El fotógrafo del pánico, el encuadre identifica al espectador con la mirada letal de un alfil del ajedrez del complejo militar industrial.

En cada misión, la burocracia de la muerte va despachando a los peones del tablero, a ambos lados de la conflagración.

La tensión de un duelo incrementa el ambiguo significado de la cinta.

El epílogo aboga por una salida pacífica ante el horror de los caídos en la arena de batalla y la depresión postraumática de los veteranos.

De Hurt Locker a La noche más oscura, Clint Eastwood replica los criterios minimalistas y turbios de Kathryn Bigelow.

Veremos lo censurado y vedado por la mediática oficial. Los aviones cargados de féretros, los mutilados, las hazañas convertidas en epitafios de un cementerio de sueños truncados.

La función concluye con un emblemático dilema de pesadilla. Testamento cabal de Clint Eastwood. Solo lamentar el sesgado perfil colonial y etnocéntrico de la cinta.

Por ser una de vaqueros indirecta, se le extraña el ángulo de Danza con lobos. Al integrar el cuerpo de obra del autor, le faltó imprimirle el sello de Cartas de Iwo Jima.

El único defecto es su ecuación retrógrada. En cristiano, la reducción del mundo musulmán a un cliché de un ejército terrorista. Sea como sea, la civilización y la barbarie caminan juntas, alrededor de la trama.