• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

Al instante

El cine de la izquierda caviar

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De nuevo la política invade la pantalla. Dos filmes de distinto origen someten a revisión a personajes emblemáticos de la izquierda para exponer sus dilemas en tiempo presente, cuando todavía persisten las secuelas de la ideología marxista.

Por ende, películas de plena vigencia y necesaria discusión en Venezuela, deprimida por el fracaso de la implementación de un fallido experimento socialista. Otro más para la lista. 

La primera cinta en estrenarse, Trumbo, desarrolla una sátira biográfica sobre el famoso guionista de Hollywood, víctima de la cacería de brujas por pertenecer a las filas del Partido Comunista. Virtud del largometraje describir los matices del protagonista, sin caer en los dogmatismos y maniqueísmos del cine estalinista.

Por algo al director se le reconoce como especialista del género de la comedia.

El humor negro elude el retrato simplificador o la construcción de una apolínea estatua de bronce, propia de la estética roja del culto a la personalidad.

Vemos a un Dalton demasiado humano, envuelto en una nube de contradicciones y tramas picarescas. Adicto  al tabaco, bebedor empedernido, padre de una típica familia de clase media alta, dueño de propiedades, hábil comerciante, amante de la buena vida. El honesto dibujo de los placeres y pecados de la zurda conducta, del progresismo caviar.

Burgués y bohemio, el personaje acepta con sorna su condición ambivalente. Disfruta de las mieles de la economía de mercado, mientras resulta condenado por la defensa de sus principios. Ahí reside el centro de la moraleja. En consecuencia, Trumbo no es tanto una crítica al sistema capitalista como una denuncia de los desmanes del macartismo.

El mensaje alberga los mismos argumentos esbozados por The Front y Good Night and Good Luck. En último caso, se trata de un alegato a favor del derecho a la libertad de expresión. Ello relativiza la tentación de diseñar una apología de cualquier pensamiento extremista, apegado a los anacronismos de republicanos versus demócratas. Un trabajo digno de una época líquida, en respuesta a los criterios sólidos del pretérito.

Allende en su laberinto aplica una fórmula inversa, pero también ofrece una gama de claroscuros en su estructura narrativa. A la crónica de una muerte anunciada la sostiene la verosímil interpretación de Daniel Muñoz, rodeado por un elenco plano, disparejo y poblado de talento criollo sometido a un tratamiento de doblaje.

La escasez de presupuesto y la imposibilidad de rodar en el Palacio de la Moneda condicionan las opciones formales del autor, Miguel Littín, quien a pesar de las limitaciones logra mantener la tensión narrativa gracias a su experiencia.

Utiliza planos cortos y cerrados para disimular las carencias de la puesta en escena. La estrategia funciona a medias. Incrementa la sensación de pánico, claustrofobia y aislamiento del presidente asediado por la conspiración militar de Pinochet.

En paralelo, reduce el planteo audiovisual a un esquema de seriado televisivo y teatral, predecible como su arco dramático (inferior al de la insuperable La batalla de Chile).

Defectos especiales, balaceras de Archivo Criminal, exceso de consignas trilladas y abuso de texto declamado hunden el esfuerzo creativo de la empresa.

Sobreviven algunas ideas del subtexto. El fracaso de la utopía, el mea culpa del líder ante el ocaso de su proyecto, la traición de la cúpula castrense, la tragedia del espíritu mesiánico de los mártires de la guerrilla latinoamericana.

No obstante, el abordaje del cuestionamiento es superficial. La cinta prefiere remarcar la versión oficial, admitida y avalada por la viuda de Salvador.

Así evita buscarse problemas con sus mecenas y promotores de la revolución bonita.

Dada la fecha de su lanzamiento en el país, Allende en su laberinto cumple con el patrón de un trabajo de encargo, sencillo de instrumentar por el aparato de propaganda del gobierno del PSUV, con el fin de establecer un paralelismo entre el 11 de septiembre de 1973 y el 11 de abril de 2002. Comparación reiteradamente explotada por Nicolás Maduro.

Una aviesa manipulación histórica. Un símil grueso y arbitrario.

Estéril distorsión de la memoria. Inoperante lavado de cerebro. Truco infantil. 

No soporta un análisis.