• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

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Estados carcelarios

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Múltiples razones justifican la ingente producción de películas de confinamiento en el siglo XXI: el nuevo miedo a la otredad, la inseguridad, el despliegue de zonas de control social ante la amenaza del terrorismo, el aislamiento de las celdas del enjambre digital, el ascenso del integrismo, la fragmentación de la aldea global, el exacerbado individualismo posmoderno, la irrupción de comunidades autónomas al margen de la ley, los efectos de la gentrificación, el repliegue extremista de Estados forajidos (ISIS) y las secuelas de la polarización belicista.

El 11 de septiembre puede ser la fecha de nacimiento de la última oleada de cine sometido a las condiciones de un campo de concentración, modo Camino a Guantánamo, híbrido conceptual y síntesis geopolítica de la tendencia.

Los casos en el ámbito documental son una constante. Apenas citar los emblemáticos largometrajes de no ficción Taxi to the Dark Side, Standard Operating Procedure, Into the Abyss y The Wolfpack (sobre la dura realidad de unos jóvenes condenados a vivir enclaustrados en un apartamento).

La alegoría de Flores en el ático parece haberse cumplido como una profecía, como el relato de anticipación de la progresiva pérdida de libertades de la civilización contemporánea.

Para constatarlo, vaya por delante la siguiente lista de títulos de ficción estrenados en el tercer milenio. La aldea, Canino, The Stanford Prison Experiment, The Human Centipede, Dogville, The Giver, Elysium, Timbuktu, Take Shelter, Martha Marcy May Marlene  y la reciente Room

Aparte, las franquicias de la “teen distopia” explotan el mismo sentimiento de opresión (Los juegos del hambre, The Maze Runner, La quinta ola y Divergente). Un mundo infeliz dominado por la vigilancia líquida de pequeños y grandes hermanos.

Peter Weir también lo avizoró en la orwelliana The Truman Show.

Dos cintas, de distinto origen, revisan y proyectan el tema en las pantallas venezolanas, durante 2016. La primera, 10 Cloverfield Lane, resume un proverbial ejercicio de estilo y abstracción, a cargo de un pupilo de J. J. Abrams, quien mueve los hilos de la trama paranoica, desde las sombras.

Después de un accidente de tránsito, una chica es rescatada o secuestrada por un hombre corpulento, que la traslada a un refugio. Según él, la mantiene en cautiverio por su bien, pues afuera los marcianos contaminaron la atmósfera e invadieron el planeta. Identificados con el punto de vista de la joven, solo llegamos a saber al final si la teoría conspirativa del personaje masculino es cierta.

De escaso presupuesto y proporciones mínimas, el filme despunta por su homenaje al pánico austero del maestro del suspenso. Además, brinda una descomunal interpretación de John Goodman, digna de una nominación al Oscar.

El guion salpica los diálogos y las situaciones con destellos de humor negro kafkiano. El desenlace abre la puerta a la secuela y despeja dudas, en un cierre de formato tradicional, a lo War of the Worlds. Nos gusta la formulación y el desarrollo de la incógnita. Reprobamos el trámite de responderla a juro, apelando a una salida convencional, propia del Spielberg menos inspirado.

De igual manera, Mustang despierta apreciaciones encontradas. Oportuna la denuncia del patriarcado musulmán instaurado en países como Turquía, el núcleo de la obra audiovisual comparada con Vírgenes suicidas de Sofía Coppola.

Válida la apología de la temprana indignación feminista de un grupo de adolescentes, obligadas a casarse por compromiso, bajo la férrea supervisión de una familia ultraconservadora y sectaria. El tío ortodoxo las interna en una casa enrejada, para prepararlas y ofrecerlas en matrimonio. Una fábrica de esposas obedientes y sumisas. La metáfora de cierta nación islámica, atada a los rituales caducos del pasado.

Contagia el espíritu de resistencia de la protagonista, mediante su voz en off. El aliento y el ánimo del estallido de la Primavera Árabe.

Encandila la radiante paleta de colores de la fotografía. Deslumbra la emocionante composición de las secuencias de reencuentro con la felicidad y la emancipación (el partido de fútbol, el baño en la playa).

Pero le detectamos fallas en el armado del libreto, a veces rayano en lo simplificador, binario, estereotipado y arbitrario.

Forzadas varias derivas y resoluciones del conflicto, como el atropellado escape de la conclusión.

Aun así, el oficio de la realizadora logra sortear los baches y lagunas de la dramaturgia. Balance favorable para el espectador. De las recomendadas del Festival de Cine Francés, edición número 30.

Innumerables las relaciones con Venezuela. Piensen en la tumba, los toques de queda, la dictadura del hampa y los presos de conciencia.