• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

Al instante

El campo de guerra de la red social

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Abordaje problemático sobre la juventud. Compite en la cartelera de verano por uno de los nichos más apreciados por el mercado internacional. Directo al grano, lo comentamos y analizamos.

El largometraje Unfriended costó apenas 1 millón de dólares. Recaudó 56 solo en Estados Unidos, distribuido por el estudio del toque de Midas del año 2015, Universal, la divisa suprema del pánico dentro Hollywood, desde los monstruos de la depresión de los treinta hasta los derivados expresionistas de la crisis del milenio.

Apadrinada por el señor de las tinieblas rusas Timur Bekmambetov, la película consolida la rentabilidad económica del género, apoyada en el soporte ligero, doméstico y global de las nuevas tecnologías. El caldo de cultivo para el nacimiento de olas emergentes, tendencias subterráneas y generaciones de relevo.

Unfriended se adscribe al filón comercial de la serie “B” y a la vieja escuela del pánico verité, explotada por falsos documentales como los clásicos Caníbal holocaustoProyecto de la bruja de Blair y la franquicia Actividad paranormal.

En tiempo real, la cinta reconstruye, por medio del lenguaje de la no ficción, las secuelas sangrientas de un caso de ciberbullying, a través de la plataforma multimedia de un chat room privado de seis teenagers, quienes se mantienen comunicados vía online.

Por tal motivo, en los foros de la web la rebautizaron con el título de Skype, The Scary Movie.

Bromas e ironías aparte, la pieza logra cumplir un puñado de cometidos: enganchar a la audiencia, asustar al respetable, reforzar su premisa estética de principio a fin, utilizar la pantalla como un campo de experimentación audiovisual y colar varias ideas oscuras, prestas a la discusión.

La aparente armonía del conjunto se desmorona, a raíz del desvelamiento de su participación activa en la campaña de acoso virtual de una compañera.

La chica termina suicidándose en vivo, delante de la cámara de un teléfono inteligente, producto de la publicación de un video escatológico, subido a Youtube, donde ella queda mal parada. 

El fantasma de la víctima se infiltra en el foro de los supuestos amigos para vengarse de ellos, dándoles una cucharada de su propia medicina. Uno a uno, los va desenmascarando y exponiendo al escarnio público, al punto de condenarlos a inmolarse en frente del lente de sus respectivas computadoras portátiles. A contrarreloj, las mentiras del grupo serán reveladas y castigadas con la muerte.

Claro mérito del guión desnudar una cierta hipocresía e impostura anidada y estimulada por el círculo vicioso del exhibicionismo digital de la vida íntima. Es el llamado reality show de las soledades compartidas. El espacio electrónico banaliza la tragedia de los demás y la convierte en espectáculo de consumo instantáneo, al alcance de un click.

El régimen de la transparencia total no parece garantizar la entrada a un paraíso artificial, sino el ingreso a una pesadilla distópica y pornográfica de barbarie, violencia, paranoia, vigilancia, desconfianza, linchamiento colectivo y deshumanización.

Pero en consecuencia, la moraleja también peca de conservadora al satanizar y meter en el mismo saco a emblemas de la autopista de la información como Instagram, Google y Facebook.

Los villanos de moda son los hackers (salvo en contadas excepciones de la escena disidente. Por ejemplo,Citizen Four y The Internet's Own Boy).

Sigue entonces la guerra de la meca contra las redes sociales. Ya lo vimos en el biopic de Mark Zuckerberg , The Fifth Estate y Blackhat. Efecto colateral de la pérdida de taquilla de la industria ante el ascenso de la popularidad de las aplicaciones móviles, de las ofertas del mundo 5.0.

Por tanto, Unfriended acierta al encender algunas alarmas, aunque en paralelo exagera la nota y desarrolla un argumento binario, fácil de rebatir.

Entre la promesa del cielo y la sentencia de quemarse en la quinta paila del infierno, hay un centro, un lugar de equilibrio. Hacia allí debemos apuntar.