• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

Al instante

La bancarrota del cine comunal

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Segundo estreno nacional del año. Otro bochorno indefendible. Nuevo fiasco estalinista, subsidiado con fondos públicos. A la lista de lo peor de 2016. Ni los propios chavistas van pendientes de verlo, de rescatarlo de la debacle financiera.

Asistimos al desangre económico de Juntera, el día de su lanzamiento oficialista en la cartelera, un viernes a las 7:00 de la noche en el Unicentro El Marqués, cerca de Petare. Era la “première” para el público de a pie.  Aun así, el soberano prefiere sacarle el cuerpo al subproducto rojo rojito. La gente sabe.

Las demás cintas reclaman la atención de la audiencia. La película nacional, por el contrario, apenas convoca a tres espectadores confundidos, al director de la pieza secundado por un puñado de camaradas y a un servidor. Saque usted la cuenta. De resto, butacas vacías. A la media hora, los tres espectadores confundidos abandonan la sala. Con toda razón. Si fuese por nosotros, los acompañaríamos de una, pues el bodrio audiovisual se autodestruye desde el arranque.

Sin embargo, toca aguantar el chaparrón para comentarlo con propiedad y ser testigos del hundimiento creativo, de la proyección del pote de humo, del empaquetamiento de una serie de sofismas y de falsedades.

Paradójicamente, al largometraje lo adscriben a la tendencia de la “no ficción”.  Aunque de documental solo porta la etiqueta y un cierto estilo verité de fashion film, pretendidamente autoral, contemplativo y festivalero.  Una de sus tantas contradicciones. Predicar y divulgar las supuestas bondades del modelo socialista con un look hipster e indie de campaña de publicidad turbocapitalista. Cero artesanal y alternativo en su producción. La limpieza digital de las imágenes devela, involuntariamente, la ausencia de una voz propia, la falta de identidad y el despliegue anodino de un conjunto de postales kitsch, al límite del ridículo.

El colmo del anacronismo lo alcanza el registro, a modo de tiempo muerto, de la pintura de un clásico mural de círculo del terror, de colectivo La Piedrita, de cartelera infantil de liceo intervenido por el gobierno, con brocha gorda, en homenaje a los mentados libertadores de la patria, a caballo entre Negro Primero, el Simón decimonónico de perfil, el Bolívar de cromañón 3D y Hugo Chávez, alzando un fusil. Ingenuo y a la vez intimidante en su mensaje de abierta declaración bélica. La consumación plástica de aquella amenaza, tristemente célebre, de la revolución pacífica pero armada.

Tampoco evoluciona el nudo dramático de la acción. Los personajes repiten el mismo cuento chino, hasta el hartazgo: por voluntad del comandante supremo se expropiaron miles de hectáreas a los malucos terratenientes, para formar las comunas, instrumentar el desarrollo endógeno y dejar de depender de las rentas del Estado. Embuste. Mucho ruido de los protagonistas de la trama de propaganda, pocas nueces por mostrar a la hora de la verdad.

Rodado con cámaras de alta definición, el infomercial encubierto y camuflado se regodea, de forma pornográfica, en la iconografía santera de la programación palera de VTV, de los canales del proceso. De ahí la composición del soundtrack con puras canciones pavosas de Alí Primera. La música de La Hojilla.

Cine fascista, de una rancia tradición cubana y alemana, al gusto de Mario Silva, Carvajalino, Pérez Pirela y Diosdado Cabello. Cuatro jinetes del apocalipsis mediático de la gestión madurista. En la pobre Juntera desfilan franelas, banderas, gorras y cualquier cantidad de barajitas con la cara del Galáctico.

Por tanto, hemos de cambiarle el título. Ahora la llamamos “Jaladera” a secas.

¿Quiénes son los villanos, los chivos expiatorios del argumento en blanco y negro? Adivinaron. El imperio, los empresarios, la guerra económica, los sicarios pagados por la derecha, la burguesía, el mercado de extracción, la invasión extranjera.

Los héroes, las víctimas, los salvadores de la quinta república pertenecen a las filas del pueblo uniformado bajo el manto sagrado de la Iglesia, de la corte presidida por el Zar Nicolás. Ellos preparan casabe, aseguran discutir en asambleas, pelan mazorcas, hacen trueque, cosechan las semillas heredadas del “patrimonio” del difunto.

¿En serio someten las doctrinas y decretos a debate? De la boca para afuera. Siguen órdenes, como un ejército paralelo de soldados, como un rebaño de ovejas domesticadas.

“Jaladera” intenta disimular la esterilidad del proyecto, con base en una extensa habladera de pistoladas demagógicas, cuyo respaldo es difuso y escaso. Ojalá se cumpliera el sueño de Uslar Pietri de sembrar el petróleo. De invertir el dinero de Pdvsa en la implantación de una auténtica reforma agraria.

La situación de la miseria venezolana se palpa, por defecto, en la pantalla grande. Al final, la realidad supera y desborda al país del disimulo, al ejercicio inútil de tapar el sol con un dedo.

Las comunas no resuelven el problema del desabastecimiento, incrementan el brutal gasto del erario, refuerzan una absurda maraña burocrática, incentivan la nociva práctica de la sumisión política, tienen el objetivo sectario de aumentar el caudal electoral del PSUV a cuenta del dinero del Fisco.

Encima, usurpan funciones del poder y establecen un sistema atrasado de carácter improductivo. Simples cooperativas de conuco.

Por algo persisten las pesadillas de las colas, los fantasmas de los anaqueles desnudos.

De igual manera, aplica para el caso de “Jaladera”, un penoso síntoma de los planes de la Misión Cultura. Por aquí no pasa el futuro de la industria local. La bancarrota de taquilla lo refrenda. Ejemplo terrible.

Botar la plata, en copias decadentes de la escuela soviética, cuando la necesidad exige a gritos la renuncia de los promotores del despilfarro y del desfalco a la nación.