• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

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Sergio Monsalve

El arte de la guerra

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George Clooney filma su película más blanda en una década. Se titula Operación Monumento y acaba de llegar a la cartelera nacional. Es la antítesis de las demás piezas del director. 

Hace doce años, el actor debuta detrás de cámaras con un guión de Charlie Kaufman, Confesiones de una mente peligrosa, inclemente biografía sobre un oscuro personaje de la televisión que es reclutado por la CIA.

El largometraje era la excusa para develar las relaciones entre la sociedad del espectáculo y la agencia central de inteligencia.

Después vino el turno de Buenas noches y buena suerte, el canto del cisne del autor en defensa del derecho a la libertad de expresión. Fue un digno y sensible retrato de Edward R. Murrow, cuando tuvo el valor de enfrentar y doblegar a Joseph McCarthy. Aquella gesta épica significó el principio del fin de la cacería de brujas. Convendría revisar dicha historia a la luz de la permanencia de la censura en Venezuela. Al poder despótico le cuesta superar etapas.

Luego comenzaría el natural descenso en la carrera del realizador, al estrenar la descompensada Poder y traición (The Ides of March), dedicada a desmontar la imagen demagógica de los candidatos del Partido Demócrata.

A pesar de sus fallas, el trabajo conservaba el sello político de George Clooney, cuyo aura de estrella comprometida lo emparenta con Robert Redford.

De hecho, ambos comparten el gusto por cuestionar a las principales instituciones de Estados Unidos, pero según los clásicos dilemas morales del cine del new deal.

Así derivamos de una situación crítica e inestable para caer en una tierra de esperanza y justicia. Allí todo el orden corrupto debe ser depurado y redimido por un grupo de hombres nobles. Ejemplo de ello es el caso de Operación Monumento, versión ligera de la filosofía antes esbozada en blanco y negro.

El guión parte de una fuente legítima, inspirada en la novela de Robert Edsel. A primera vista, el argumento resulta prometedor.

Hacia finales de la Segunda Guerra Mundial, Hitler amenaza con destruir su botín de arte robado.

En consecuencia, los Aliados forman un pelotón de curadores para garantizar la recuperación y preservación del patrimonio de la humanidad secuestrado por el fascismo.

A objeto de interpretar al conjunto de los museógrafos, la producción cuenta con un reparto envidiable de figuras de la meca: Matt Damon, Bill Murray, John Goodman, Bob Balaban y Jean Dujardin.

Sin embargo, la categoría del elenco no logra dotar de fuerza a un relato plagado de condimentos de disímil fortuna.

La comedia busca la risa en el minimalismo y la abstracción del gag. Algunos chistes se salvan por la veteranía de los miembros del reparto. Otros lucen como la copia del humor negro de Wes Anderson.

El melodrama tampoco termina de cuajar. Cada diálogo y monólogo subraya ideas implícitas en el subtexto. La aventura despliega una serie de mapas y rutas conocidas. Igual sucede con la impronta del género romántico. 

Quizás lo mejor sea aceptarla como el sano divertimento de unos amigos, preñados de buenas intenciones.

Con pinzas, podemos rescatar la burla al estamento burocrático y la reivindicación de la cultura por encima de las plagas de la industria bélica.

La misión se justifica en la preservación de la memoria, para el deleite de las generaciones de relevo. Una forma de meterle el dedo en el ojo a los nazis de ayer y de hoy.

Lo demás es previsible. Alemanes y rusos ocupan la casilla de los villanos. Los héroes son los de siempre en Hollywood, ondeando la bandera del happy ending. Patriotismo demodé.

Es el problema de la estética retro. Descontextualiza y llena de glamour un escenario complejo.

No en balde, el mensaje de Operación Monumento evoca el saqueo de Bagdad, condenado por las Naciones Unidas.