• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

Al instante

El aquelarre

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Viernes, 8:00 de la noche. Ciudad desolada. Varios secuestros se reportan durante el día, como si nada. El Estado distópico nos lleva a normalizar la violencia. 

Así, tentando al diablo del hampa desbordada, fuimos a ver La bruja, obra maestra del terror contemporáneo. Uno de los debuts del tercer milenio. La decantación expresionista de un siglo de oro para el pánico audiovisual.

La gente maleducada enciende el celular y responde llamadas durante la proyección.

Alguien se queja con razón y el abusador, el falta de respeto, lo manda a callar con voz de matón. Silencio sepulcral. Miedo absoluto. Ambiente espectral e intimidante dentro y fuera de la pantalla.

El demonio anda suelto en la película y condensa el espíritu de una sociedad desgarrada por la depresión económica.

La cinta nos devuelve una imagen de la realidad apocalíptica de Venezuela, aislada, hundida en la miseria, dividida, atormentada por delirios, alucinaciones y pesadillas.

Plagada de referentes pictóricos, la pieza contiene, entre otras virtudes, una galería de cuadros tenebristas, inspirados en la serie negra de Goya (El aquelarre), el American Ghotic de Grant Wood, los claroscuros de Rembrandt, las tonalidades sacrílegas de Caravaggio, las ilustraciones dantescas de Gustave Doré y  los microclimas infernales de la escuela flamenca (El jardín de las delicias del Bosco).

La fotografía despliega una exposición de retratos espeluznantes, dedicados a plasmar la alegórica ruina de una familia de Nueva Inglaterra, venida a menos y condenada al ostracismo, alrededor del año 1630. Colonos fanatizados por la religión, olvidados por la historia.

Un padre dominante, una madre castradora, cinco hijos de edades diferentes, víctimas de la escasez, la precariedad, el rígido código de conducta impuesto desde arriba. Casting perfecto de caras pálidas y semblantes de texturas naturalistas.

La presencia de unos gemelos invita a recordar el precedente de las morochitas del largometraje El resplandor. No es el único homenaje a Kubrick.

Alumbrada por velas, la puesta en escena remite al complejo trabajo de iluminación de Barry Lyndon.

Incomoda a los espectadores, comedores de cotufas, el parsimonioso, elíptico y minimalista tratamiento del guion. Ellos demandan efectos epidérmicos, la mecánica del susto fácil de consumir, de tirar y botar a la basura.

El filme traiciona la expectativa de la audiencia, al apelar a unas formas más sugerentes. Por ende, gana en consistencia dramática y estética, minuto a minuto.

La masa uniforme, el rebaño de ovejas domesticadas, pierde la paciencia, mira el reloj, se sienta engañada.

Suspiran, reclaman, ríen nerviosamente a destiempo, entorpecen el acto cívico de compartir una función en público. Deberían abandonar la sala, para no sabotearles el espectáculo a los demás. Lo lógico. Pero no hay manera. Toca aguantar el indeseable derroche de falta de modales de la patanería, avivada y alcahueteada por el poder de facto. Cada quien se cree un pequeño déspota, un tirano, un león desdentado como el granjero alienado de La bruja.

De regreso a ella, un bosque encantado y misterioso la circunda. Caja de resonancia de los fantasmas de los personajes. Los críticos la emparentan con la atmósfera opresiva de La aldea. Aunque aquí se dobla la apuesta por el ejercicio de abstracción. En cualquier caso, son títulos enormes y totémicos por su abierta dimensión metafórica, relacionada con los traumas del crack posmoderno, de la autodestrucción de los sueños de conquista de la civilización.

El proyecto comunal y colectivista de los pioneros de La bruja no funciona.

La represión fundamentalista de los hijos despierta una fuerza sobrenatural de resistencia; un espiral de odio, venganza y muerte.

El libreto despedaza a placer los esquemas trillados del género en su guerra declarada contra la mujer (siempre reducida a la condición de estereotipo y chivo expiatorio). 

El argumento invierte y subvierte el dogma evangélico.

La terquedad del hombre lo lleva por la senda del abismo, lo aniquila, lo despoja de cualquier aura redentora, preso de su falsa e hipócrita moral. Un carnero negro puede invocar fantasías de control y posesión de entidades masculinas diabólicas. Refutamos por completo dicha teoría. Black Phillip, la cabra mefistofélica de la trama, no es equivalente del satanás emancipador de El bebé de Rosemary. En última instancia, encarna una parte del engranaje diseñado por la joven esclavizada del relato para garantizar su liberación. Desnuda, camina en dirección hacia el fuego y emprende vuelo con una sonrisa de satisfacción. Final feliz transgresor de uno de los manifiestos imprescindibles del feminismo radical y auténtico. El blasfemo y políticamente incorrecto. Carente de complejos y coartadas sentimentales.