• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

Al instante

Sergio Monsalve

Zapatillas de cristal remodeladas o quebradas

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

La Cenicienta vuelve a la cartelera en tres versiones diferentes. La primera es la adaptación relativamente fiel del cuento original, a cargo de Kenneth Branagh, director de formación académica y gusto por el revisionismo neoclásico.

Wellesiano y manierista, el autor irlandés goza de prestigio por sus viscerales traslaciones de las obras maestras del teatro isabelino.

Con el tiempo, su talento para la puesta en escena fue cooptado por la meca, donde a pesar de las imposiciones de los productores logra filtrar imágenes y contenidos personales. Tal es el caso, aunque usted no lo crea, de su sardónica traducción del relato de  Charles Perrault, al servicio de Disney.

En apariencia, el filme se salda como un trabajo de trámite y encargo, sin mayor identidad. Sería el paso de la tradicional historia animada, facturada por el Ratón Mickey, al campo de la acción real. Y san se acabó.

Pero el realizador, un zorro viejo, sortea con gracia y elegancia las limitaciones de la empresa, valiéndose de recursos estéticos y conceptuales.

El resultado es una autoparodia, deliberadamente kitsch, respaldada por el diseño artístico de Dante Ferreti, la soberbia interpretación de Cate Blanchett, la contribución shakesperiana de Derek Jacobi, el mordaz papel secundario de Helena Bonham Carter y los colores chillones de un vestuario, cuyo desfile neobarroco desnuda la doble intención del subtexto.

Por un lado, actualizar el corte populista del mensaje monárquico del guión establecido (ya dinamitado por el estudio Dreamworks en Shrek). El Pato Donald nunca perderá la oportunidad de reafirmar su voluntad de poder. La Cenicienta nos dice: seguimos siendo el reino de la felicidad, del sueño americano, entre príncipes azules y virgencitas angelicales en busca de cumplir sus deseos. Cine aspiracional al cien por ciento. Al final del día, regresamos a la moraleja conservadora del folletín romántico. El hombre acaudalado redime a la chica pobre. 

Por el otro, la cinta hace explícito el artificio y el ramillete de la cursilería, para despertar la conciencia crítica del espectador ante el despliegue de medios ofrecido por la pieza. En síntesis, una transición de lo blanco a la negrura del humor subliminal.

Más pretenciosa y menos honesta, 50 sombras de Grey llega a las salas del mercado global, impulsada por la oferta engañosa de su campaña de publicidad.

Políticamente correcto, puritano y autocensurado, el largometraje supone uno de los blufs del año. Apenas le rescatamos la tragicómica secuencia de la negociación, inspirada en el best seller de E. L. James.

Lo demás queda arropado por el manto sagrado de la banalidad, del grado cero del erotismo, a control remoto y a años luz de los hitos del género (Saló, El imperio de los sentidos y El último tango en París). 

Significa un retroceso al período superado del soft porn de los ochenta, de los bodrios melodramáticos de Adrian Lyne (Una propuesta indecente), de los culebrones con look de comercial estirado, corporativo, acartonado.

Tímido cuarto de juegos sadomasoquistas, descafeinado y apto para las viudas de la saga Crepúsculo.

El oportunista cruce de La bella y La bestia con el diseño industrial de una adaptación de La Cenicienta, a golpe de fuetazos inofensivos y chantajes baratos del manual del seductor millonario.

De manera predecible, la pareja irá cediendo en sus respectivos compromisos del contrato, hasta rebasar los límites de cada uno. La joven humilde le abrirá el corazón al cerrado soltero, obsesionado por la fantasía de la sumisión. A su vez, ella aceptará entrar en la boca del lobo y probar un bocado de la manzana del pecado. Ambos se transformarán y redimirán, desde una perspectiva propia de la posmodernidad líquida.

En suma, la instrumentalización del feminismo y la dominación masculina, como artículos de consumo masivo. Ascenso del blockbuster sexualmente reprimido. Estocada para el verdadero espíritu licencioso de los descendientes de Nabokov, Pasolini, Sade y Miller. Un formateo adocenado de la obscenidad, frente al fenómeno del incontrolable caudal de opciones XXX por la red social.

En última instancia, cabe señalar la coincidencia temática de Focus, estelarizada por Will Smith, con los títulos anteriores. La fórmula amorosa se repite en el guión, al cruzar las vidas sentimentales de un timador de altas esferas y una aspirante a estafadora.

La estrella afrodescendiente sube de nivel y categoría a la atractiva embaucadora del argumento, sumergiéndola en el mundo paralelo de los desfalcos de cuello blanco, las apuestas ilegales y los fraudes a los nuevos ricos del jet set. Exceptuando sus innumerables clichés, destacamos su ritmo de edición y su pícaro homenaje a Pickpocket de Bresson, alrededor de una luminosa coreografía de robo de carteras en el French Quarter de Nueva Orleans. De los segmentos de 2015.

Luego, por asuntos de las trampas del “plot” y los intereses de complacer a la demanda latina, viajamos a Buenos Aires. Imposible no evocar alguna conexión con Nueve reinas, aquella joya a lo 100 años de perdón. Claro, la diferencia es del cielo a la tierra. Focus contempla la superficie del conflicto y carece de la profundidad ética del relato salvaje de Fabián Bielinsky, blindado por Ricardo Darín. 

Así las cosas, vemos a ladrones robando y saqueando a compañeros de profesión en el marco de una Argentina de tarjeta postal. 

Refléjense aquí los corruptos, choros, malversadores y bolichicos unidos del norte, sur, este y oeste.  

El desenlace nos retorna a la tesis esgrimida al inicio de la nota.

Las zapatillas de cristal están de moda, por efecto de la reiteración de ideas, la crisis creativa o el mero reciclaje del entretenimiento derivativo, para saldar las cuentas pendientes, garantizar flujo de caja y exorcizar el fantasma de la depresión, mediante la explotación de tiros al piso.

Consuelo, escape, evasión.

A veces hecho con inteligencia y sensibilidad. A veces no.