• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

Al instante

Sergio Monsalve

Viaje de Ida y vuelta de Polonia a Venezuela

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

80 minutos comprimidos de pura abstracción y densidad conceptual. Rodada en blanco y negro. Premiada en festivales de primera categoría. Candidata fuerte para ingresar a la lista del Óscar en la categoría de Mejor Cinta Extranjera. Estrenada durante el ciclo de cine judío. Lleva por título Ida y es, por lejos, uno de los grandes títulos de la temporada.

Cada escena envuelve una lección, una lectura, una forma de comunicar ideas sin la pesada carga de la literatura, del parlamento, del lastre de comentarios explicativos.

La fotografía imprime la huella de la escuela expresionista, de las olas de vanguardia de la modernidad.

El frío, el silencio, la austeridad y la contención interpretativa recuperan la esencia de Bresson, Dreyer, Bergman y Antonioni.

Además, el director establece un diálogo sano con sus antecesores, con sus maestros: Krzysztof Kieślowski, Andrzej Wajda y Andrzej Żuławski. De ellos, el realizador Pawel Pawlikowski hereda una identidad estética, fundamentada en una reflexión ética sobre la historia de un país, marcado por diversas problemáticas sociales, culturales, religiosas y políticas.

De igual modo, la película invoca el espíritu de las tragicomedias nihilistas y claustrofóbicas de Polanski.

Cerrando el círculo de las múltiples referencias metalingüísticas, el filme adopta el tono musical y humorístico de las entrañables “road movies” de los hermanos Kaurismaki.

Al inicio, la pantalla despliega una serie de encuadres minimalistas, dejando un espacio o “aire” considerable por encima de los rostros de las actrices, quienes permanecen en la parte inferior del plano.

Desde entonces, el autor expone el principal conflicto de los personajes, cuyas acciones y movimientos parecen quedar a merced de un rígido y opresivo contexto, cual víctimas de una pesadilla kafkiana.

La protagonista, una novicia medio rebelde, emprende así un viaje iniciático, al salir de su convento para ir a conocer a su tía, Wanda la roja, una despiadada ficha de los tribunales comunistas, donde no le tembló el pulso a la hora enviar a varios “enemigos” del régimen a la horca.

A su manera, las dos figuras femeninas incorporan a los fantasmas y los demonios de una patria, signada por un pasado oscuro.

La mujer madura encarna el cinismo, el hedonismo y la contradicción materialista del socialismo real. Sufre complejo de culpa por su expediente negro de Torquemada al servicio de la inquisición. Se escuda en una máscara de dureza, parquedad y sarcasmo. Pero no es una caricatura. Tiene momentos de compasión, humanidad y lucidez. Sin anestesia, le dice a su sobrina: “Eres una monja judía”. Precisamente, entrar en contacto con la joven Ida le permitirá descubrir el fondo de sus raíces y buscar un camino hacia la expiación.

Por su lado, la naturaleza de la chica también abriga la resolución de un dilema, alrededor de las cuestiones de la fe. Mientras toma la decisión o no de consagrarse, abandona el nido y experimenta la vida en sus diferentes facetas, de la mano de su nueva mentora y guía. Al final, ambas comparten un origen traumático y un destino incierto, bajo la sombra del holocausto y de las utopías incumplidas.

Existencialista y pesimista, la pieza culmina con una cámara nerviosa e intranquila, secundando la marcha de “Ida” hacia un lugar indeterminado, después de recorrer, en poco tiempo, la distancia del cielo al infierno. ¿Hay futuro y redención para ella? El desenlace no ofrece una respuesta complaciente al respecto. Se concluye en el limbo, en el purgatorio de las almas.

Para el recuerdo, los sutiles fragmentos en el bar de jazz, los breves instantes de esperanza, comunicación y distensión. ¿Ilusiones vanas, pequeños placeres efímeros? Sea como fuese, “Ida” trasciende por su condición de exorcismo y catarsis para una generación.

Como a Venezuela, a Polonia le prometieron el paraíso. Lamentablemente, todo terminó como el sueño roto de “Ida”.