• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

Al instante

Transiciones

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El Festival de Cine Español arroja luz sobre la problemática idea de la transición, al estrenar dos títulos mayores de la reciente cosecha hispanoamericana: La Isla Mínima y El Clan, exorcismos de complejos procesos históricos.

Vale la pena echarles un vistazo en Venezuela, para seguir apostando al cambio político, pero sin cometer los mismos errores del pasado, diseccionados por ambos filmes. Lapidarios y crudos, admiten la categoría de autopsias, de casos clínicos.

En efecto, son películas útiles porque pueden llegar a funcionar como antídotos. Así, de repente, logran evitar la propagación de los peores síntomas desarrollados y denunciados por sus respectivos metrajes. Dependerá del contexto, aprender de la lección superada y del mal ejemplo ajeno. Tema crucial para los duros meses por venir.

La Isla Mínima resume el karma del fin de la dictadura franquista y el difícil comienzo de la apertura democrática.

La dirección adopta un enfoque de seriado policial, entre áspero, surreal, costumbrista, retro y descarnado a lo True Detective.

La revisión del género confirma la obsesión del autor de “Grupo 7” por la creación de atmósferas oscuras y enrarecidas, ubicadas en otras épocas y provincias alejadas de las imágenes postales de la madre patria.

De ahí la declaración de principios de incluir negativos quemados y fotos veladas en la estructura audiovisual de su nuevo trabajo (ganador del premio Goya). El cripticismo y la turbiedad estética se corresponden con las rutas intrincadas del guión. Vías alternas plasmadas desde los diálogos abstractos hasta los metafóricos planos cenitales de un mapa laberíntico.

Ahí los espectadores descubren, de la mano de los protagonistas, las naturalezas muertas y los cuerpos mutilados de un presente, el de los años ochenta, en busca de deslastrarse de las siniestras tradiciones heredadas del vano ayer, dominado por la sombra del Caudillo.

El desenlace resuelve el enigma de la trama, aunque no tranquiliza del todo al público. Según el planteamiento del libreto, la justicia se impone a medias, por cuanto debe cargar con el lastre de los recuerdos incómodos y las violaciones a los derechos humanos (perpetradas por los colegas de la vieja guardia). El silencio y la desconfianza ante el conocimiento de una cruel verdad clausuran la función. Olvidando sus delitos y mudando de piel, los antiguos verdugos esperan borrar la huella de sus crímenes. Clásica movida camaleónica de las viudas y victimarios del fascismo. Todavía le quita el sueño a la nación de Cervantes.

El Clan desciende de unos orígenes similares. Corren los últimos otoños de la oprobiosa junta militar Argentina, después del estruendoso fracaso en las Malvinas. Al amparo de los servicios de inteligencia, una familia de clase media ostenta una enfermiza doble moral.

El padre planifica y organiza los secuestros de los amigos ricos de su hijo (joven promesa de la selección nacional de rugby). Tras raptarlos, los mantienen cautivos en el baño de su casa, para luego asesinarlos, una vez cobrado el oneroso botín del rescate. Parece un cuento de terror psicológico, pero en verdad se trata de una crónica roja, de una tragedia, cuya revelación conmocionó a la sociedad porteña. La mafia de cuello blanco de los “Puccio” gozó de la impunidad y de la protección tácita de los gorilas del país sureño, durante el período de su progresiva decadencia.

Con la irrupción de Raúl Alfonsín a la alta magistratura del Estado, los miembros de “El Clan” optan por diversificar su mercado. Amigos y cómplices los invitan a bajar de perfil, mientras los ex usurpadores del gobierno pretenden conservar sus privilegios. Por un considerable lapso, las secuelas de la pesadilla autoritaria pican y se extienden. La tenebrosa fantasía de los “Puccio” culmina en 1985, cuando pierden sus contactos con la regencia de turno y la policía los captura in fraganti.

Pablo Trapero rueda el relato salvaje, apoyándose en un sólido reparto encabezado por Guillermo Francella, quien interpreta el papel principal del líder de la infame agrupación.

La caracterización denota el temple esquizofrénico, paranoico, patológico y fáustico del personaje corrompido.

La cámara secunda los desplazamientos de los actores, a través de sinuosos, ensimismados, paradójicos e intimidantes planos secuencia. Una escena de amenaza edípica mereció una planificación menos exagerada. Es el único fallo detectable de la ficción. Lo demás justifica el galardón obtenido por El Clanen la competencia de Venecia 2015. La crítica considera discutibles los usos y abusos de los recursos del material de archivo y las canciones del soundtrack, por su didactismo y demagógica asimilación de los códigos de la cultura mainstream. Pablo Trapero ahora es una ficha de la industria, un disidente integrado. A pesar de lo accesible de su propuesta contemporánea, lo bancamos y estimamos.

El Clan, como La Isla Mínima, es un blockbuster explosivo, contundente y personal. Una curiosidad dentro de la predecible cartelera vernácula.

Lo dicho.

Nos servirá de faro para encontrarle una salida al túnel criollo de la polarización y la estela de la república fragmentada por la secta castrense del chavismo.