• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

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Secuelas de una guerra civil

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El universo expandido de Marvel estrena película, Capitán América: Civil War, un título deliberadamente engañoso por tres razones. Primero, el protagonismo del álter ego de Steven Rogers se diluye al máximo para cederle terreno a los demás integrantes del reparto coral.

Segundo,  el personaje de Tony Stark cobra una relevancia importante durante el desarrollo de la trama. De hecho, los fanáticos de la compañía la consideran una secuela de Iron Man.

Por último, el filme continúa el hilo discursivo de la franquicia Los vengadores, después de los sucesos acontecidos en la decepcionante La era de Ultrón.

En consecuencia, un curioso largometraje bisagra dentro de la estructura hipermediática e intertextual del estudio, propiedad de la casa Disney. Suerte de revancha de Los vengadores, tras el fiasco de su anterior pieza, y respuesta directa al blockbuster de DC Comics Batman versus Superman

No en balde, ambos tanques abordan problemas similares, pero desde visiones diametralmente opuestas. Los une el conflicto entre héroes de un supuesto mismo bando.

El gobierno quiere ejercer control sobre las misiones de los vigilantes, en vista de los daños colaterales y las muertes desencadenadas por sus acciones de salvamento.

De forma lúdica o expresionista, dependiendo del caso, las cintas aportan una lectura al dilema de la lucha contra el terrorismo. Surgen las interrogantes y las preguntas en el contenido de los guiones. ¿Es necesaria una fuerza superior a la del Estado para combatir a los enemigos de la paz? ¿Los guardianes, en pos de hacer el bien, no terminan causando estragos y violando la ley, como sus propios adversarios? Los límites empiezan a desdibujarse en el choque de las civilizaciones.

Son los derivados audiovisuales de los escándalos suscitados luego de la instauración del escenario global de guerra permanente. Ejercicios alegóricos de mea culpa ante los excesos cometidos por el complejo militar industrial.

Una virtud es la de revisar el tema en la gran pantalla. A la tendencia cabe sumar un par de trabajos: Máxima precisión y Eye in the Sky (la mal llamada Teléfono rojo de nuestra época, pues la sombra de Kubrick la arropa por completo). Un defecto es la resolución moral y melodramática del grave asunto.

A la realidad se le opone una ficción edulcorada y políticamente correcta de golpe de pecho, mala conciencia, debate ético de salón y falso mensaje tranquilizador.

La venta de humo de exculpar al sistema, responsable de la doctrina de la destrucción mutua asegurada, centrando el foco en los sentimientos encontrados de los individuos nobles obligados por las circunstancias a romper códigos para garantizar la preservación y seguridad del planeta.

Batman versus Superman ofrece la salida tópica a la dificultad planteada. Los ídolos rotos firman el armisticio, a objeto de enfrentar al auténtico rival, un villano de caricatura, Doomsday, peor diseñado.

La opción de Civil War no deja de ser discutible. Aunque a la postre invita a la audiencia a buscar una interpretación menos convencional, cerrada y unidimensional. Ahí radica uno de los aciertos del libreto de la obra.

Las grietas y divisiones del escuadrón de élite polarizan y fragmentan el tejido del argumento, brindándole diversos matices y gradaciones a la narrativa de la historia.

Si el cuadro de DC Comics es plano, el de Marvel acentúa las texturas abstractas, polivalentes y ambiguas. A ello contribuye la siguiente gama de atributos: el efectivo empleo de un humor negro autoconsciente, la fluida construcción del discurso metalingüístico, la notable ejecución de las escenas de acción, el ritmo endiablado de los ocurrentes diálogos, el limpio armado de la edición, la apelación al juicio del público, la inclusión de una serie de secundarios impagables, la capacidad de sostener la tensión a lo largo del metraje y el esmero por desplegar las aristas del subtexto.

Brillante y sarcástica la inclusión del nuevo Spider Man, el hombre araña de la generación del milenio. Por su gracia de chico geek, merece el spin off, una saga aparte.

Las secuencias climáticas despiertan la sonrisa cómplice y el deleite cinematográfico de la audiencia. Cumbre el desmesurado choque de titanes. Divertidísimo el regreso de Ant Man, el as bajo la manga. Inquietante la conclusión. Al villano se le humaniza y se le identifica con el trauma de sus aparentes antagonistas, quienes involuntariamente provocan el ascenso de la amenaza terrorista. Dispares los perfiles de los soldados de invierno. Épica la introducción de Pantera Negra y su estela de black power, originaria de África. En promedio, el saldo es positivo. De momento, uno de los fenómenos de masas del año, junto con Deadpool y The Jungle Book.