• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

Al instante

Reconciliaciones

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Miércoles, día de semana, en el Trasnocho Cultural. El lugar, a pesar de la situación país, conserva un decoro y un mantenimiento dignos de elogio.

Los baños están limpios y pulcros, como el resto de las instalaciones. En la galería nos deleitamos con una exposición dedicada a la diseñadora Manena Cottin. De las individuales del año, la muestra nos transporta al primer mundo. Rescata el trabajo de una sensible creadora de Venezuela, abocada a desarrollar el delicado arte de ilustrar libros para niños.

Trazos finos, minimalistas, abstractos y figurativos, acompañados de agudas reflexiones de nobleza humanista. Curaduría de altura.

Posteriormente, ingresamos a una de las salas de Circuito Gran Cine para descubrir el nuevo largometraje de Nanni Moretti, galardonado en el Festival de Cannes.

Los guías nos reciben con respeto y ganas de ofrecer calidad de servicio. Valores en vías de extinción, amparados y abrigados por la asociación sin fines de lucro.

Adentro, nos ubicamos en unas butacas confortables y distinguimos el perfecto estado del recinto. La proyección es diáfana, el sonido envuelve al espectador de manera correcta, no hay olores desagradables en el ambiente. Sigue el viaje a un territorio paralelo y distinto, dentro de Caracas.

Lo dejamos hasta aquí para ir directamente al tema central de esta columna. Vaya, por tanto, nuestro reconocimiento a la labor cumplida por la institución, ubicada en Paseo Las Mercedes.

Sumergidos en el contexto del plácido medio de comunicación, degustamos los encuadres iniciales, los planos secuencia y las situaciones ocurrentes de la reciente obra maestra del realizador italiano, Mia Madre, precisamente una declaración de afecto, de amor por tradiciones, formas y significados avasallados por la barbarie de la incivilidad posmoderna. Cuidado con mal interpretar nuestras palabras.

Al autor no le interesa promover una defensa reaccionaria, decadente y elitesca de un pasado perdido, añorado por aquella nostalgia paralizante, inmovilizadora, dispuesta a impedir el crecimiento y la evolución de la historia.

Simplemente, la película nos enseña una lección de cómo filmar una tregua, una necesaria reconciliación de polos opuestos, los del pretérito y el presente, los de las lenguas aparentemente muertas (el latín) y sus futuros herederos (los descendientes de la abuela convaleciente), los de Hollywood y la política de los autores europeos, los de la escuela del realismo social romano y la adaptación a las tendencias emergentes del milenio, los de las viejas utopías y las ideologías líquidas de las generaciones de relevo.

En vez de invocar el espíritu de una cruzada absurda, de una guerra santa, de una yihad, la cinta busca encontrar puntos de conexión en el mapa de una república tan fragmentada como la nuestra, salvando las distancias. Así queremos entender y valorar la compleja propuesta metalingüística de Mia Madre, una pieza de múltiples capas de lectura, ensambladas en la estructura lúdica de una muñeca rusa.

Por ello, logra despertar sonrisas de humor autoconsciente y, al mismo tiempo, activar lágrimas de auténtica identificación por el dolor de los demás. Mérito del plantel de actores protagónicos y secundarios, del cariño por construir cada personaje, del libreto tragicómico, de la depurada puesta en escena. El resultado de décadas de esfuerzo, brío y osadía detrás y delante de las cámaras.

Nanni Moretti refrenda su condición de genio de lo simple, de lo ácido, de la austeridad hecha virtud, del desmontaje de su andamiaje personal y colectivo. 

Rueda un testamento sobre el fin y el renacimiento del espectro audiovisual, un exorcismo de demonios internos y a la vez un ejercicio de expiación del alma culposa de su época.

Se abstiene de cargar las tintas del melodrama. De modo sutil, equilibra cuatro dimensiones simbólicas: la agonía de una nonna (el vértice articulador de una familia disfuncional), la dirección de una película por parte de una mujer madura en crisis (eje central de la trama), el desfile coral de una galería de freaks entrañables y la revisión de los entramados vanguardistas de Bergman, Allen, Buñuel y Fellini.

A no olvidar una de las sorpresas de la función. El hilarante performance amnésico de John Turturro, coronado por su danza de la liberación, la descompresión y la felicidad.

De los sueños a las pesadillas, de las celebraciones excéntricas a las miradas cáusticas, del pesimismo a la esperanza, de los monólogos a los diálogos platónicos,  Mia Madre resume dos horas de poesía, sátira, picaresca, prosa fluida, gritos, susurros, comentarios a pie de página y generosos hallazgos estéticos.

De los estrenos imprescindibles de 2016, un fresco sosegado y sereno de nuestros dilemas eternos. Mosaico de nuestra diversidad como especie. Para desprenderse del ego, aceptar las diferencias y aprender a ponerse en el lugar del otro.