• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

Al instante

Recolectores posmodernos

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Juguemos al Pokemon Go con algunos estrenos de la temporada de verano. Vayamos recogiéndolos, registrándolos, procesándolos y distinguiéndolos unos de otros.

A la lista de desechables irán a parar las prescindibles La era del hielo 5 y Tsunami, ambas sepultadas de entrada por un par de doblajes lamentables.

El de la cinta animada puede comprenderse, a pesar de sus voces estereotipadas de chicanos, imitando el coro del plantel de Carrusel o El Chavo del 8. Al menos cumple “una función didáctica” de traducir el mensaje de la película a la demanda infantil.

Pero de resto, el último capítulo de la franquicia arrastra el peso de un relato extinguido, desde el tercer episodio, cuando la serie confundió el ingenio con la fragmentación del discurso, cediéndole el protagonismo al clon digital del Coyote, la ardilla Scrat, en busca de la eterna bellota perdida.

A razón de encadenar gags arbitrarios por cada minuto, la saga se atraganta de sus propios chistes estériles, de usar y tirar.

En el medio, una historia repite memes, tramas y giros apocalípticos, queriendo insuflar de vida y gracia a una vieja fábula moral de reconciliación de especies. Los personajes vuelven a salvarse in extremis y una boda de molde cierra la función. Casamentera, romanticona y conservadora, parece una mala telenovela para niños.

La segunda descartable procede de Europa, específicamente de Noruega, y le impusieron una desconcertante banda de locución en inglés, fuera de sincro. Mata pasión al instante de descubrir el despropósito sonoro. Al final da igual, porque el largometraje carece de identidad, plagia descaradamente los códigos manidos del cine de catástrofe y también se hunde en su misma ola de hielo triturado por una máquina de cepillados, de raspados de sabor artificial. El público estalla de la risa ante su happy ending de rescate, de nula verosimilitud. Humorada involuntaria.

En cambio, sí divierten de verdad las logradas comedias de la semana, Cazafantamas y Un hombre irracional. Diferencia del cielo a la tierra, pues hay gente seria delante y detrás de las cámaras.

El remake de Ghostbusters con chicas superpoderosas inunda la pantalla de colores y ritmos eléctricos, en un vistoso y ocurrente trabajo de revisión feminista de un clásico de la cultura pop.

Cuatro actrices magníficas dotan de vigor al archiconocido cuento de espectros y aparecidos. Si en ellas radica el acierto de la apuesta de reinventar el patrón original, el principal lastre del blockbuster lo encarna el villano, el típico geek acomplejado, gordito y psicótico, cuyo plan es un remedo caricaturesco de las purgas terroristas contemporáneas. Un gemelo bastardo del ya trucho Lex Luthor de Batman versus Superman. A excepción del secundario fofo, recolectamos la pieza y la archivamos en un lugar especial de nuestra memoria nostálgica. Contamos con su realizador, Paul Feig, para futuras cosechas.

En cuanto a la entrega anual de Woody Allen, apenas compartiré algunos comentarios. Los años le sientan bien al maestro, radicalizan su negrura existencialista y dejan en ridículo a sus jóvenes homólogos del género.

Él sigue fresco como una lechuga en el espectro audiovisual, mientras las generaciones de relevo despiden olor a naftalina.

Parte del secreto del autor reside en ser fiel a sus obsesiones y fijaciones estéticas, sin preocuparse demasiado por la censura de sus refutadores. Políticamente incorrecto, narra una versión actualizada de su línea de Crimen y castigo, a la manera de Delitos y faltas, mejorando el presente de la sobrevalorada Match Point.

Obviamente, el reciclaje del concepto despierta suspicacias, genera controversia, abre debates y tiende a ofrecer señales de agotamiento.

En descargo de la obra y del director, apreciamos el empeño de indagar, hasta las últimas consecuencias, en una idea sugerente, pesimista y polivalente sobre la condición humana, no desprovista de luminosidad y amor por el oficio.

A la forma de Éric Rhomer y Hong Sangsoo, las muñecas rusas del veterano de Manhattan develan, extrapolando palabras de Luis Miranda, una asombrosa complejidad bajo su engañosa transparencia. Si me permiten la primera persona, una de mis favoritas del año y de su filmografía en el siglo XXI. Desesperada, cáustica y regeneradora, a su modo. La capturamos en nuestro recorrido por el mapa de la cartelera.