• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

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Sergio Monsalve

Un Quijote sin Mancha

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Mario Moreno no fue un santo. Como todo genio, tuvo momentos de gloria, pero también de desgracia. Las biografías sobre él son bastante generosas en detalles, al revelar sus luces y sombras.

Entre muchos puntos débiles de su historia, los críticos jamás le perdonarán dos asuntos. Primero, el hecho de ser consejero del nefasto gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, responsable de la masacre de Tlatelolco (cuyo eco renace en la actualidad, alrededor del caso de la tragedia de Iguala).

Segundo, tampoco le excusan el progresivo adocenamiento de su personaje, quien irrumpe como un ícono del desafío popular ante las formas ortodoxas del poder, para luego devenir en un símbolo del status.

Por ejemplo, es la gran diferencia entre la época deslenguada de Ahí está el detalle y la era conservadora de Patrullero 777. En aquel entonces, la figura del “peladito” había sufrido un cambio drástico, amoldándose a la retórica del sermón y la moraleja políticamente correcta.

Nada de ello trasciende, ni por asomo, en el estreno de Cantiflas, una declarada limpieza de imagen, una hagiografía salpicada por un par de pinceladas polémicas, rematadas a punta de brochazos gordos por un final redentor y de consagración.

Hay escasa imaginación para despedir la función. Los créditos caen antes de una entrega de premios, cuando el protagonista recibe su Globo de Oro. Por alguna extraña coincidencia en la falta de creatividad, así también termina Er Conde suelto en Hollywood.

Por tanto, el filme se empeña en buscarle reconocimientos, padrinos y amigos famosos a un genio del cine mexicano, quien no necesita de tales muletas y guiños para seguir brillando en el Olimpo del séptimo arte.

Cualquier minuto de Ni Sangre, ni Arena barre el piso con el largometraje kistch de Sebastián del Amo, cuya dirección responde a los criterios de un telefilme qualité, de una producción mainstream y prolija.

Al inicio, el chato llega a pedir trabajo en un teatro de burlesque. El arte ofrece la versión más cuidada y aséptica de semejante tipo de ambiente, de local. Un grupo de extras ríen de manera impostada.

El resto de la película, no lo duden por un instante, sigue por el mismo derrotero. Es como ir al pabellón azteca de Epcot Center. Un simulacro Disney de tercer grado. Un parque temático, plagado de copias y postales, para el consumo del turismo internacional. Con o sin motivo, desfilan réplicas y clones (carentes de identidad) de Chaplin, María Félix, el Indio Fernández y Liz Taylor.

Por fortuna, el líder del reparto se salva de caer en el saco de las momias y muñecos del museo de cera. Óscar Jaenada puede darse el gusto de callar y cerrar bocas. Su desempeño, delante de cámara, es convincente y dignifica la puesta en escena. Aunque no lo suban a un pedestal. Imitadores como él se cuentan por decenas. Grosso modo, en dicho casting o apuesta lograron sacarle las patas del barro al proyecto, hasta conseguir la consideración de los integrantes de la academia.

Por su parte, la división del guion en dos tramas paralelas, consigue dotar de ritmo a la edición.

Cero objeciones con el acabado plástico de la fotografía, a pesar del embellecimiento de los planos formateados. Se cruza la vida del hombre y su ascenso meteórico, con el empeño de trasladar a la pantalla La vuelta al mundo en 80 días.

En ambos casos, la música cumple un papel de ilustración ingenua y redundante de las secuencias, volviendo a utilizar la típica rocola de despecho para secundar al melodrama.

Como advertimos, la querella se centra en aspectos superficiales y frívolos del comediante (sus líos de faldas). Aspectos propios de una edición de Chepa Candela, rodados como un capítulo de una “culebra” chicana o mayamera.

La condescendencia del retrato impide descubrir las verdaderas contradicciones del hombre.

Incluso, extrañamos profundidad para entender sus virtudes, como la deconstrucción del lenguaje de la demagogia y del habla común.

La conclusión provee un anticipado happy ending. Desaprovecharon una oportunidad de oro. Cincelaron otra estatua de bronce, a la medida de la regla del “viaje del héroe”. Una de las decepciones de 2014.