• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

Al instante

Pros y contras del cine espectáculo

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Dinastías de salvadores de la patria. Familias disfuncionales de antihéroes. Masters of the Universe. Grupos de ensueño de hombres y mujeres con superpoderes. Tan viejos como la comiquita de la Liga de la Justicia versus la Legión del Mal.

En un momento, los explotaron por separado. Pero sus operaciones comando en solitario llegaron a un tope, a un límite. Entonces la industria procedió a reunirlos, ficharlos y rejuntarlos, a la forma de un dream team, de un equipo galáctico, de un Real Madrid con esteroides.

Prolongando la comparación futbolera, hoy la pantalla despliega sus goles, sus victorias, sus caídas y sus juegos replicantes en tercera dimensión.

A modo de un mundial de clubes, analizamos los partidos de la temporada de verano, con mayor cantidad de estrellas de por medio.

Bienvenidos a la Champions del cine espectáculo.

Advertencia: no recomendamos la lectura de las siguientes líneas a los colegas ortodoxos de la crítica, a los pegados en la nota de la escuela de Frankfurt, a los “haters” de la “pornografía apocalíptica”, a los fanáticos de la cocina de autor.

Si no te gustan las cotufas y los combos audiovisuales de McDonald’s, mejor cambia de canal y sintoniza “Sundance Channel”. Ahí te sentirás cómodo.

Invitamos a los hinchas de las franquicias de moda a sentarse en primera fila y a vacilarse la función de tres en uno. Ligadita, breve, populista y canchera.

Enchulada y aceitada, la maquinaria de Rápidos y furiosos 7 abre la faena a la misma velocidad endemoniada del quinto episodio, considerado el pico de la serie.

El director James Wan le ajustó el motor a la saga y consiguió dotarla de un ritmo contagiante, adrenalínico, hiperbólico.

Las acciones son barrocas, estilizadas, irónicas y concebidas desde la autoconciencia narrativa. Vaya manera la de rodar, con absoluto dominio de la técnica, las principales secuencias del séptimo capítulo.

Para la historia del filón, queda el grato recuerdo del salvaje y delirante fragmento de la fuga en Abu Dabi, atravesando rascacielos, a la usanza de una fantástica tomadura de pelo, gestada por un fiel heredero de los números circenses, absurdos y vertiginosos de Buster Keaton, a las alturas de Harold Lloyd.

La química del trabuco protagónico sigue funcionando a la perfección. Los rebeldes sin causa se gastan bromas a discreción, creando un ambiente de sana camaradería, entre gozoso y políticamente incorrecto.

Videoclipera, reguetonera y hip hopera hasta la médula, solo le faltó incluir un cameo de Daddy Yankee para competir por los premios Grammy en las categorías en las que nominan a Romeo Santos.

Extendida y anchilarga en su duración, la trama sufre, por defecto, del mal de la poca capacidad de síntesis. Algunas escenas pudieron recortarse, guardarse para la versión en Blu-ray.

Le encontramos tres puntos débiles. Primero, el irregular trayecto del arco dramático. Segundo, la redundante moraleja, varias veces declamada por voz de Vin Diesel. Tercero, el plot de alarma conspiranoica en defensa de la seguridad nacional. El típico cliché de la policía global, repetido como verso por las próximas cintas que se van a reseñar. No obstante, el final redime al conjunto por su carga de melancolía, nostalgia y sentimiento crepuscular.

Conmovedora despedida para un amigo. El testamento de Paul Walker.  

En una onda similar de desenfado y servicio secreto con licencia para matar corre pareja Kingsman, ácida respuesta de sus majestades satánicas del Reino Unido a la cruzada de los titanes de Hollywood por el control del mercado de consumo.

Otra demencia mutante, metalingüística, rocambolesca, satírica y sofisticada. Parodia Matrix de James Bond. Revisión lisérgica, refrescante y explosiva del acartonado ámbito de las centrales de inteligencia.

Literalmente, la idea del guión es relatar el origen y la fundación de una agencia paralela de espías clandestinos al servicio de la corona y de las causas nobles de la estabilidad democrática. En apariencia, un cuento mil veces trasladado a la pantalla.

El responsable de imprimirle personalidad e identidad a la fórmula lleva por nombre Matthew Vaughn, londinense de pura cepa y marcado por la estética del cómic. Logró la fama y la fortuna al ejecutar la espléndida Kick Ass, una hiperkinética joya posmoderna.

Kingsman le sube un grado de complejidad a los retos conceptuales del habilidoso artesano británico. Siempre con humor negro, planifica viñetas de un atractivo rigor semiótico, bajo diferentes planos y perspectivas dislocadas (por ejemplo, el transgresor segmento dentro de la iglesia, censurado a diestra y siniestra).

Apoyándose en una tropa de actores oscarizados y jóvenes promesas, la obra cumple su cometido de entretener a propios y extraños, mientras siembra inquietudes y cuestiones de plena vigencia, a través de su discurso latente.

Descubrimos un foco de tensión en el subtexto, cuyo villano procede de Norteamérica, se viste como un rapero y desea acometer un plan de exterminio de la población.

El forajido rompe con el molde del estereotipo gracias a la contribución de Samuel L. Jackson, quien encarna a una suerte de clon afrodescendiente de Steve Jobs, con complejos mesiánicos.

Desea conducir el arca de Noé de unos privilegiados y aristócratas elegidos sobre un mar de devastación, sangre y muerte. Por supuesto, la paz reinará en el desenlace, cuando los chicos íntegros y virtuosos desarmen la estrategia del enemigo de la raza humana. Es el costado ONG, OTAN, Unicef y MI6 del libreto.

Del prólogo al epílogo, la mirada etnocéntrica recibe un discutible acento de intervención justa y necesaria para contener la consabida amenaza terrorista.

A pesar de ello, Kingsman le patea el trasero a cualquier asomo de imponer una conclusión solemne, cerrada y bipolar al uso.

De hecho, culmina al borde de la alucinación, de un estallido de colores, de un chiste cruel, de una revancha de las ovejas negras y descarriadas, de una golpiza de taberna, a cargo del sucesor del trono. La coronación de un rey malandro, white trash. La consagración de una de las caricaturas subversivas de 2015.

A su lado, Los Vengadores: la era de Ultron resulta una de las decepciones del año. Esperábamos más de ella, dada la calidad de su predecesora. Debe tratarse de una de las peores secuelas de la edad dorada de la casa Marvel. Apenas le rescatamos la locución de James Spader, el intervalo pesadillesco y onírico, la huida a la casa de campo de Hawkeye (Jeremy Renner), la imprescindible aparición de Stan Lee, la pelea de Hulk con Iron Man.

Lo demás supone un ejercicio de mero trámite y transición, hinchado por las condiciones del presupuesto y el compromiso corporativo.

En palabras del colega Sergio Ortega, extrañamos el carisma y la oscuridad del perverso Loki ante el cibernético y automatizado performance de Ultron, limitado por su frío diseño de acero.

También lucen manufacturados por robots los gags, los chistes, las salidas, los punch lines, las rutinas, los diálogos y los predecibles derroteros del argumento.

Los Vengadores tocan fondo al remedar un planteamiento, un programa, ya exprimido y desactivado por la compañía, por el sistema. De regreso al esquema colectivo y ochentoso de la prescindibleExpendables 3, sacan las patas del barro a Tony Stark por su error de cálculo.

El cierre ofrece un saldo desfavorable para la cuenta de los Vengadores. Da grima observarlos comportarse como un ridículo ejército de cascos azules, evacuando civiles en un país paria, en un Estado fallido de Europa del Este, asediado por unos Terminators de hojalata, de usar y tirar. El show pirotécnico vuelve a opacar al escaso contenido.

Por fortuna, Thanos clausura el despropósito en la sección de créditos, con la promesa de retomar la esencia del eslabón inicial de la cadena. En suma, la The Amazing Spider Man 2 del ciclo. Dos arriba, una en picada.

¿Por qué arrasan en la taquilla? Respuesta simple. Equilibran la balanza de pagos de la meca. Garantizan evasión por un lapso de dos horas. Neutralizan las angustias de la demanda, afectada por los traumas de la generación posterior al 11 de septiembre.

Por último, se administran como fármacos hipnóticos, como placebos, como píldoras de la felicidad, como antidepresivos. Por tanto, generan dependencia y ciertos efectos adversos. Por ahora, viven una fase, una etapa de bonanza. No sabemos si la burbuja estallará en el futuro.