• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

Al instante

Sergio Monsalve

Pelo a pelo

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

La primera proyección de Pelo malo en el Festival de San Sebastián no fue alentadora. Críticos y especialistas la recibieron con tibieza y sentimientos encontrados.

Tampoco hubo mucha conmoción en la subsiguiente rueda de prensa. Se notaban las ausencias de innumerables colegas. Los apostadores del País Vasco descartaron su entrada al podio de las preseas.

Sin embargo, el día de la entrega de los premios, un rumor comenzó a colarse entre los oídos de los conocedores: la película venezolana ganaría la Concha de Oro. Dos horas antes de la ceremonia de clausura, el veredicto del jurado se filtró.

Mientras tanto, unos celebraban y otros cuestionaban el fallo del presidente Todd Haynes, plenamente identificado con las causas del filme nacional.

Lo demás es historia. La cinta le dio la vuelta al mundo en 80 días, cosechando comentarios positivos a granel. Pero también obtuvo sus opiniones en contra, como es natural.

A continuación, procedemos a resumir el espíritu de ambas posturas.

Los defensores a ultranza de la obra elogian el trabajo de fotografía, la densidad atmosférica de la banda sonora, la dimensión sociológica del relato, la afortunada selección del reparto y el subtexto político del guión, aludiendo al estado de crisis de un país dividido, polarizado.

Según Bernardo Rotundo, el libreto comparte una inquietud en común con Azul y no tan rosa y Papita, maní, tostón, al abogar por la reconciliación de nuestras diferencias más allá de los prejuicios. Es un llamado válido a favor de la tolerancia, impulsado por el nuevo cine nacional.

Otra virtud de la pieza reside en eludir el atajo del lenguaje populista hegemónico, rechazando la salida optimista, apaciguadora.

La realizadora saca la casta de artista plástico y utiliza la cámara como el amplificador de muchas vías alternativas de expresión, por medio de un conjunto de logrados planos de la urbe.

El espectador vuelve a ser confrontado con la imagen de una ciudad ruinosa, decadente, sórdida, violenta, en la que la condición humana sufre la peor parte. Los adultos sobreviven y los niños son víctimas de un decorado maltrecho.

Por debajo, el espectador interpreta el colapso social de un modelo, de una nación, de un proceso, de una república al borde de la quiebra económica y moral.

El protagonista asiste a la crónica de un fracaso anunciado. Sueña con alisarse el cabello. Al final el sistema le rapará sus ilusiones, dejándolo a merced del rebaño. Así la pantalla refleja el problema de la uniformidad, de la diversidad ahogada por la falta de identidad. Alegoría de los tiempos contemporáneos. Metáfora de las terribles consecuencias del pensamiento único. Allí germina la principal bondad del largometraje.

En cuanto a los defectos, cerramos con una lista de asuntos por someter a discusión.

El entramado del argumento se agota pronto. El conflicto gira sobre su propio eje.

Las actuaciones ofrecen pasajes desiguales. A veces convencen y elevan el listón de la puesta en escena. Después pierden un poco de fuelle.

El ritmo es un tema. A Ricardo Azuaga le resulta aburrido. Parece ajustado a las expectativas de los árbitros de la coproducción internacional, quienes prefieren un clima de contemplación de la miseria en la favela. Todo un patrón de América Latina en las competiciones foráneas. Los ejemplos abundan.

Pelo malo refuerza el canon de la escuela vernácula, emplazada en el barrio desde la mirada de un observador seducido por la alteridad. La diferencia estriba en el enfoque posmoderno de Mariana Rondón, a golpe de changa tuki mezclada con "El limonero". Ello le resta y le suma puntos de cara a una corriente establecida. Al lado de Clemente de la Cerda, es un juego de carritos. Aquí hay menos dureza.

En comparación con las películas de su generación, pues se las lleva por los cachos.

Cuestión de la época.