• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

Al instante

Pasado y presente del Holocausto

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Claude Lanzmann se dedicó a reconstruir la historia de las víctimas del Holocausto, desde un estricto código de ética. Según él, la palabra constituía el testimonio clave de su obra documental. 
En los filmes del autor no vemos imágenes de archivo, fotografías o recreaciones con actores profesionales. De tal modo, piensa el realizador, se banaliza el dolor del otro, haciéndolo presa de un espectáculo morboso y pornográfico. 
La misma idea la compartía Susan Sontag, quien consideraba un acto de injusticia explotar visualmente la miseria de los mártires de la máquina de destrucción masiva del partido Nazi. 
Ambos intelectuales marcaron distancia con la tendencia de exhibir pilas de cuerpos mutilados, de una forma promiscua e insensible. Era como seguirle el juego a la propaganda fascista, en un círculo vicioso de obscenidad y necrofilia mediática. Algunos asumieron dicha postura como un credo, un dogma. Sus razones tenían. 
No obstante, el tiempo abrió el abanico de las miradas y lecturas sobre la manera de afrontar el problema del genocidio del pueblo judío en la pantalla grande. 
Entonces llegaron las películas de una camada de directores comprometidos con la libertad de expresión y el derecho de denunciar los estragos de la siniestra solución final, sin censura, para honrar la memoria de los caídos y despertar la conciencia humanista de las generaciones de relevo. 
Ahí se inscriben las reconocidas piezas de Resnais, Von Trotta, Polanski, Spielberg, Verhoeven y Schlöndorff, acuciosos investigadores de los efectos y las secuelas trágicas de la banalidad del mal. 
La posmodernidad relajó el tema y lo condicionó a un revisionismo discutible, cuyos resultados fueron dispares. Roberto Benigni irritó a los ortodoxos con su visión infantil, egocéntrica y frívola de un campo de concentración. 
Tarantino molestó a la crítica académica por distorsionar la realidad y plantear un falso desenlace a un asunto serio, carente de un irónico happy ending. Cuestiones de la cultura iconoclasta, siempre sujetas a la discusión. Del Chaplin de El gran dictador se vienen sometiendo a duras y encarnizadas polémicas. El humor sirve de catarsis y en ocasiones funge de simple válvula de escape. En casos abominables, trivializa, caricaturiza y “disneyfica” acontecimientos espantosos. 
Por ello, es de agradecer el estreno de la inclemente El hijo de Saúl, la terrorífica ópera prima de László Nemes, pupilo del húngaro Béla Tarr, maestro de la claustrofobia, las atmósferas opresivas, el expresionismo abstracto y el recurso de las tomas largas. 
El alumno resemantiza la técnica aprendida en las clases del profesor al aportarle una perspectiva diferente al sello del genio veterano, pasado a retiro. En pocas palabras, le brinda color a los claroscuros planos secuencia del creador de El caballo de Turín y Satantango
Así acompaña el devenir de un pobre hombre de ascendencia hebrea, condenado a trabajar como esclavo en un horno crematorio. La cámara sigue todos sus movimientos en primera persona, de espalda, de frente y de perfil. El ejercicio de estilo no solo es justificado e impecable, sino que involucra al espectador en una experiencia única e inmersiva de una fuerza naturalista devastadora. 
A lo mejor coincide con el enfoque contemporáneo de un videojuego distópico de avanzada, bajo la sombra de las ópticas subjetivas del género. Como sea, identifica a la audiencia con la mirada deprimida, melancólica, resignada y zombificada de un testigo de la peor matanza colectiva del siglo XX, a cargo de los oscuros oficiales al servicio del Tercer Reich. 
El sonido incrementa la tensión del fuera de campo y evidencia el rigor conceptual de la cinta. Escuchamos y observamos el desamparo del protagonista ante la impunidad del abuso de poder, perpetrado por un régimen criminal y oprobioso. El personaje apenas encuentra una posibilidad de redención en el entierro respetuoso de un niño asesinado. 
Pero como El hijo de Saúl no disimula o maquilla la verdad como El renacido, la función clausura con la versión opuesta del trabajo de Alejandro González Iñárritu. 
También se rompe la cuarta pared y surge una aparente postal bucólica delante de los ojos del antihéroe. Aunque la ilusión, pronto, se desvanece en el aire, a merced de una emboscada de uniformados y militares desalmados. 
No se imprime la leyenda, el cuento de hadas. 
Presenciamos y asistimos a una ejecución arbitraria, absurda, ilegal. 
Aquí sí notamos el contraste. El salvaje aniquila al diferente. El civilizado apuesta por la paz y espera por la liberación de sus hermanos. 
Solidaridad. 
Baldazo de agua fría para los intolerantes, negacionistas y teóricos de la conspiración. 
Urgente llamado de atención, cuando el antisemitismo florece en Venezuela, apoyado por los comandos de campaña del PSUV y las redes del desgobierno bolivariano.