• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

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Sergio Monsalve

Pancho vive

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Una rara avis posa sus alas en la cartelera. Vuela muy alto, de principio a fin. Es un trabajo hecho en casa, aunque usted no lo crea. Quiero decir, es un producto cien por ciento nacional. Y posiblemente, sea uno de los diez mejores documentales venezolanos del tercer milenio. 

Asombrados, entusiasmados y desarmados por su potencia audiovisual, lo vimos en una sala de un multiplex caraqueño (a precio de bolívar fuerte devaluado). 

Apenas éramos tres personas en la sala. Todos salimos bañados en lágrimas de la función. Lágrimas de emoción, de celebración, de constatar el éxito de una iniciativa criolla.

Solo lamentamos la indiferencia de la audiencia, la escasa convocatoria. Ejemplo de lo denunciado y sugerido por la propia película. El desdén por nuestros próceres civiles, por nuestros héroes de la cultura, condenados al ostracismo y el olvido por la falta memoria, de identidad. El Estado y la sociedad sufren de alzhéimer, cuando les conviene. 

Afuera, constatamos los peores pronósticos, los presagios y ecos del filme aludido. La masa uniformada soportaba la incomodidad de una cola absurda, para descubrir la nada absoluta, el vacío, la banalidad de 50 sombras de Grey, bodrio en el papel y la pantalla. Su erotismo de Disney, de cuento de la Cenicienta cogida a fuetazos, de sadismo empaquetado por la fábrica de lo mainstream, eclipsaba y opacaba el rendimiento de taquilla de la maravilla recién admirada por nuestros ojos, a menudo escépticos y recelosos ante la industria vernácula. 

Presenciamos otra batalla injusta. Observamos cómo los tiburones clónicos devoran a placer a los peces pequeños (pero con un hondo calado intelectual y artístico).  

Al final de la jornada, poco importa. El estreno de un ovni como Francisco Massiani pasará a la historia, no por sus índices de recaudación, sino por derrotar a los tanques del mes en la arena de la trascendencia, de lo verdaderamente valioso.  Dicho en cristiano, el hermoso largometraje de Pancho le brinda una cátedra de cine, relectura y escritura a la sonsa adaptación de la novela de  E. L. James. 

Acostumbrados al cincelado oficialista de estatuas ecuestres y de gigantes de mármol (con pies de barro), la sentida y deslenguada ópera prima de Manuel Guzmán Kizer le propina una cachetada al regreso contemporáneo de la prosa estalinista, cuya misión radica en elevar un santuario, una mitología de semidioses épicos, al servicio de la propaganda gubernamental y de los mentados defensores de la patria. Puros cuentos chinos y demagógicos. 

Frente a la vuelta de los retratos unidimensionales y de los trajes ajustados a la medida del poder, Francisco Massiani responde con el incontestable alegato de una realidad, de una breve y contundente radiografía de la vida del autor de Señor de la ternura

Poética y políticamente incorrecta, la biografía ofrece una revisión cervantina, deconstructiva y picaresca del personaje.

Un quijote en su ley, aferrado al recuerdo nostálgico de su musa, de su Dulcinea (Belén Huizi). Un pintor ocasional de brochazos abstractos, líricos y figurativos. Un ser noble, acosado por sus fantasmas y demonios. Un hombre digno, coartado por los achaques de la tercera edad y las desventuras del destino.

A pesar de ello, el espíritu de “Corcho” sigue siendo el mismo: indomable, indoblegable, juvenil, travieso, soñador, lúcido, disidente, bohemio y enamorado del paisaje costero. La playa, el océano del litoral.

Salvando las distancias, su fuerza expresiva, su humor negro y su energía, nos evoca la esencia y el ánimo esperanzador de Stephen Hawking, otro ícono discapacitado y limitado por cuestiones físicas.  

A diferencia de La teoría del todo, la silla de ruedas no le impide al protagonista gozar de sus placeres, de sus vicios, de sus noches de desvelo, tabaco, juerga, vino tinto y cerveza.

Durante el rodaje, los directores se preocupan por develar, con total honestidad, la imagen actual, el desarrollo y el devenir de Pancho ante sus molinos de viento, sus adversidades, sus triunfos y fracasos, sus glorias y accidentes, sus abandonos y justas reivindicaciones. 

Al margen de la censura y la pacatería, Francisco Massiani habla de su pasado, de su presente y de su futuro, en compañía de amigos, pupilos, incondicionales, familiares y herederos de su legado.

Cada testimonio aporta un ángulo de interés, una ficha indispensable para armar el rompecabezas del irónico y cáustico Bad Grandpa

De manera inteligente y creativa, los responsables del proyecto se las arreglan para hacer de su obra una iconoclasta y conmovedora road movie, como aquella delicada y preciosa The Straight Story de David Lynch. 

Desgarradora, melancólica y venturosa, la odisea de nuestro Ulises comienza y termina alrededor de un viaje, de un recorrido por sus espacios de origen, crecimiento, dolor, reconciliación y reposo existencial.

En el trayecto disfrutamos de su verbo filoso, al confrontar a un funcionario ignorante a la cabeza del Liceo Andrés Bello. Una escena impagable, hilarante y dura.

El director de la institución no computa, no procesa, no reconoce al caballero de las letras y menos sabe de la publicación de Piedra de mar. Así funciona y opera la administración pública, la burocracia asignada a dedo, carente de méritos y atributos. Las generaciones de relevo, en el epílogo, tampoco se quedan atrás. Culpa de un sistema educativo deficiente y renqueante. 

Sensibles las palabras de la hija de Pancho, las reflexiones de sus panas, las intervenciones de sus allegados e íntimos.

No desentona la participación de los investigadores y del dueño de la batuta, quienes buscan siempre adoptar un papel de humildes secundarios, felices de compartir el nicho afectivo del homenajeado. Lo llevan de copas a un bar de ficheras, lo pasean por la UCV, lo conducen hacia el lugar de su principal arraigo y despecho, Macuto, no por casualidad el oasis de otro genio incomprendido y considerado loco. Me refiero a don Armando Reverón. 

El choque con las ruinas del pretérito, de la modernidad, es manejado con destreza y habilidad por parte del operador de la cámara. La tecnología digital jamás pierde foco o detalle. Ella conmina a explorar rumbos alternativos y facilita la espontaneidad del registro de los imprevisibles acontecimientos.

La edición juega con el material de descarte y apuesta por un montaje elíptico de resonancias vanguardistas.

El lente explora y amplifica las texturas de los restos y los escombros de un conjunto de recuerdos, agrietados, escarapelados y carcomidos por la sal, el viento y la arena. Reflejo de un país y de un contexto, vulnerable al impacto de la oxidación. Nada persiste. Todo se olvida, todo cambia demasiado rápido, todo se pulveriza y desvanece. 

Sabana Grande, Suma y el Callejón de la Puñalada son la sombra de una utopía urbana abolida, evaporada.

El filme, entonces, nos invita a cuidar y a velar por la conservación de nuestras raíces, de nuestros auténticos ídolos, más allá del bien y del mal, de sus virtudes y defectos. 

Necesario llamado de atención. Un antídoto para curar una enfermedad nacional, la del delirio mesiánico, la del borrón y cuenta nueva, la de la amnesia colectiva, la de la arrogancia esnobista.

Pancho vive, pinta y agradece cualquier visita en el “Rancho Dallas”, su morada de hoy en día.

Permanece vigente y todavía hay chance de disfrutar de su arbitraria, picante, alegre, ocurrente y estimulante película. 

La sorpresa de 2015, hasta la fecha. 

Sobre un caraqueño de excepción.

Una especie en extinción.

La resistencia de un clásico.