• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

Al instante

Navidad maldita

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Diciembre abre con dos películas dispares. Una buena y una normal. Es un promedio regular. Peores cosechas hemos padecido. Las comentamos de menor a mayor.

De los mismos creadores de la aclamada 50/50 llega La noche anterior, comedia políticamente incorrecta solo en apariencia. Porrera y estupefaciente, se queda pegada en la nota de las stoner movies fabricadas para el lucimiento del rat pack de Seth Rogen, James Franco y Joseph Gordon Levitt, quienes cobran y gozan un puyero, volviendo a hacer el papel de ellos mismos. Ahora incorporan al afrodescendiente Anthony Mackie, otro estereotipo ambulante.

La cinta va de una tradición navideña mantenida por tres amigos a lo largo de varios años. Pero el tiempo pasa, exige cambios y el cierre del ciclo.

En 2015, según reza el libreto, celebrarán la última rumba de meros machos, porque cada uno debe asumir la responsabilidad de crecer y madurar por separado. Constante del género, mil veces tratada: la incapacidad de una generación de treintañeros por superar el síndrome de Peter Pan. Poco aporta la película al tema en cuestión.

Sí le suman al argumento un conjunto de situaciones absurdas y desmelenadas, dirigidas con ritmo y ánimo de tributo al Scorsese deAfter Hours, resemantizado por la nueva escuela de ¿Qué pasó ayer?

Dominio de la técnica del gag, inclusión de personajes insólitos (el increíble secundario de Michael Shannon), el montaje de una fiesta alucinada (con el cameo autoindulgente de Miley Cyrus incluido en el paquete), el acertado ritmo de los diálogos afilados y un epílogo cínico de versión marihuanera de un cuento de hadas son los puntos fuertes del entramado de la cinta.

En el cálculo matemático, la fórmula pierde minutos y números valiosos a la hora de la chiquita. Le resta un desenlace demasiado condescendiente y ramplón, así como el compromiso corporativo de emplazar productos para amortiguar la inversión. La omnipresencia de Red Bull y compañía le corta las alas a la libertad expresiva de la sátira.

Al revés, Krampus sí cumple, por completo, con la promesa de su subtítulo, invitando a los espíritus burlones y malditos de la pesadilla americana para demoler los sueños, deseos  e imposturas de las forzadas fiestas del fin de año. Guarda parentesco con Nightmare Before Christmas de Henry Selick y Tim Burton. No en balde la dirige Michael Dogherty, el responsable de Trick 'r Treat.

Por tanto, las tinieblas de Halloween recubren la ficticia estabilidad social y política de una clase media acomodada, en la víspera del reparto de los regalos, alrededor del arbolito, la chimenea y la cena de trámite. Desde el principio, el autor del filme deja claro el norte de sus intenciones críticas y mordaces.

El hilarante prólogo resume el descontrol consumista de las compras nerviosas en un supermercado antes de la llegada de Papá Noel. Corren los créditos y vemos de fondo una secuencia negrísima de viñetas grotescas, al modo de una caricatura despiadada de la revistaMAD.

A partir de entonces, la pieza jamás bajará la guardia. Una fauna de seres monstruosos, humanos y fantasmagóricos invadirá la pantalla, por cerca de dos horas de puro entretenimiento contracultural. Las imágenes heterodoxas recuperan la esencia de un par de renegados de la industria.

Por un lado, el aura de antifábula moral nos remite al precedente del Joe Dante de Gremlins.

En segundo término, la familia disfuncional enclaustrada y aislada en un hogar no precisamente dulce,  acechado por demonios y espectros, nos devuelve al cine serie b de la edad dorada de John Carpenter, el de Asalto al precinto 13La cosa y  The Fog. Chistes envenenados sobre las costumbres de republicanos y demócratas proyectan la grieta de un mapa, de una comunidad tan fragmentada y polarizada como la nuestra.

El escepticismo, la incomunicación, el irrespeto, las diferencias irreconciliables, las brechas generacionales, el vacío, la rutina, la violencia, la intolerancia y la pérdida de la inocencia fungen de detonante del conflicto de la trama. Todo ello invoca a un Bad Santa de resonancias expresionistas, cuya misión es quitar en lugar de dar. Lo intentan conjurar a punta de bala, cuchillo y fuego. Pero el plomo alimenta a la bestia y calienta las flamas de su posesión infernal del contexto.

Carente de redención y con un falso happy endingKrampus plantea un juego macabro de difícil digestión.

Despide al espectador sumergiéndolo en una burbuja de cristal, perfilada por la hipocresía de una mascarada kitsch y acosada por sus propios aquelarres.

Una alegoría del germen del estado de pánico, del ascenso del terror.

Del huevo de la serpiente a la semilla del diablo.

A la lista de las imprescindibles de 2015.