• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

Al instante

Mundo gorila

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Rubén Monasterios publica uno de los análisis esenciales sobre el personaje de ficción creado por Edgar Rice Burroughs en 1912. El libro, editado por la UCV, lleva por título Tarzán, los monos y el mito. Supone uno de los picos altos en el estudio semiótico del arquetipo literario (del género folletinesco), adaptado posteriormente por todos los lenguajes y medios de la cultura de masas (cómic, radio, televisión, séptimo arte, Internet).

La contribución teórica del investigador venezolano sigue vigente y permite transitar por las ramas de la inestable estructura arborescente de la recién estrenada La leyenda de Tarzán, enésima versión de la figura apolínea interpretada por el efectista David Yates, responsable de los últimos capítulos de la serie Harry Potter.

El filme, por tanto, no esconde la pretensión de resetear una saga, una franquicia con un héroe mesiánico de largo recorrido y alcance global.

El producto, a primera vista, reunía los requisitos para lograr con éxito su objetivo: el renacimiento de un ícono, la convocatoria de un reparto de estrellas, la inversión de un presupuesto considerable, la suma de talentos reconocidos en la ficha técnica, la relectura contemporánea de la obra original.

Sin embargo, la cinta, preñada de buenas intenciones, engendra una especie de blockbuster engorilado en apariencia, pero inofensivo e intrascendente de plano.

Autocensurado para mayor inri, la edición homofóbica de una supuesta secuencia erótica entre el protagonista y el villano solo denota la inseguridad de los creadores de la pieza.

Por demás, da igual si incluyen el beso o no de ellos. El subtexto gay del relato es bastante obvio, tanto como el desfile LGBT de las reprimidas Batman versus Superman, Avengers y X Men, con sus luchas y coreografías tribales de puros machos anabolizados.

En consecuencia, el acto de cortar revela uno de los innumerables maquillajes y retoques políticamente correctos del melodrama de aventuras. El paroxismo de la distorsión, seudoprogresista de la trama, lleva a los escritores del pastiche a inventarse un guion disparatado, en la onda de las prosaicas manipulaciones históricas de la Villa del Cine o el Bolívar chavista de Beto Arvelo.

Una burda tergiversación marxista de la mala conciencia y el complejo de culpa.

Preferible la nota deliberadamente colonialista y etnocéntrica del tradicional hombre de los simios. Y si querían propinarle un toque de seriedad, al menos hubieran remedado el perfil de la estupenda Greystoke de Hugh Hudson.

De acuerdo con el insólito argumento del libreto, Tarzán regresa al ecuador del África, en un plan de emisario de la corona británica y de redentor de un pueblo oprimido, para liberarlo del yugo del régimen despótico de Leopoldo II.

El Braveheart de la selva enfrenta al peor rostro de Christoph Waltz, el de un caricaturesco y encasillado coronel Hans Landa disfrazado de Fitzcarraldo, al servicio de los intereses de los explotadores y negreros belgas. Cuidado si la transmiten, de manera pirata, un domingo por VTV. Encaja como un guante en el aparato de propaganda de los estalinistas del PSUV.

La cruzada falsa de la jungla recibe el apoyo de un ex combatiente de la guerra civil de Norteamérica (el colmo del trabajo de revisionismo), el respaldo de las fuerzas de la naturaleza, la ayuda de la incondicional Jane y la asistencia de los miles de extras locales.

Juntos recuperan la soberanía, le limpian la imagen a las majestades satánicas de la alianza imperial, le devuelven sus riquezas a la nación intervenida y aniquilan al capitalista salvaje de la partida. El chivo expiatorio, el motor del conflicto demagógico, a favor de la emancipación de los esclavos. Del infierno desembocamos en un paraíso terrenal inexistente en los anales.

La leyenda de Tarzán sueña con un final de paz, colectivismo y reencuentro con la ecología. Una paparruchada, un verso del tamaño elefantiásico de una fábula infantil de Disney.  

Por algún lado el discurso se quiebra y la verdad asoma la trompa. Detrás de la ilustración de un cuento de hadas, continúan anidando los huevos de la serpiente del paternalismo, el proteccionismo y la invocación de los ídolos, de los elegidos, caídos del cielo.

Sedante para adormecer y desviar la atención de los focos de los agudos problemas del presente. En especial los de las incómodas y todavía cruentas relaciones del primer con el tercer mundo; de África con los vampiros de Occidente y los War Lords de la propia cosecha del continente de los diamantes de sangre.

Verbigracia, remember Beast of No Nation.