• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

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Sergio Monsalve

Mad Max conoce a la Venezuela furiosa

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Filme acontecimiento del año, Mad Max: Fury Road tiene su espacio ganado en el top 20 de 2015. Por los momentos, el mejor largometraje comercial estrenado hasta la fecha. Proeza técnica, estética y conceptual. Experiencia sensorial de enorme calado metalingüístico y posmoderno.

Llena de homenajes, citas a pie de página, autorreferencias y guiños. Rinde tributo al Fritz Lang de Metrópolis, al John Ford crepuscular de Monument Valley, al Coppola desmesurado de los setenta, al Kubrick experimental de la ciencia ficción, al Lynch bizarro de Dune, a la serie b de carreteras perdidas, al explotation australiano, a la vanguardia anarco punk del pasado, presente y futuro de la civilización en ruinas.

Ante el horror vacui del desierto contemporáneo, el director George Miller proyecta en la pantalla el plano general del apocalipsis inminente, sin temor a ofrecerle una radical oposición, con el objetivo de brindar un pequeño foco de respiro y esperanza a la humanidad.

Entre la agitación y el éxtasis audiovisual, la película encarna los valores de la máxima expresión política del cine mainstream de los últimos tiempos.

Le planta cara a la dominación masculina del género distópico del siglo XXI, empeñado en identificar a la mujer como una amenaza fantasma del poder tiránico. Véanse, por ejemplo, los casos de Elysium, The Giver e Insurgente, cuyas dictadoras subliman el absurdo prejuicio del manual de estereotipos del tercer milenio.

Así, el auténtico redentor y héroe de la trama no es el protagonista de la franquicia, sino el emblema feminista del personaje de Furiosa, interpretado mágicamente por la guerrillera Charlize Theron.

Max cumple el papel de secundarla en su misión suicida de enfrentar y derrocar al déspota de la obra. Al respecto, más adelante hablaremos de la estrecha relación del subtexto del guión con la situación de Venezuela, gobernada por una camarilla de inquisidores y represores. 

Antes destaquemos los principales atributos de la puesta en escena. El audio y la música componen la banda sonora de una ópera rock a lo The Wall.

Alejandro Jodorowsky tuvo el sueño de hacer una cinta lisérgica y narcótica, capaz de estimular alucinaciones artísticas y poéticas en el inconsciente del espectador. Pero fracasó relativamente en el intento.

George Miller, en cambio, sí logró consumar la proeza de fabricar el primer parque temático de atracciones psicotrópicas.

Viajas en “speed” al fondo de una trepidante montaña rusa, bajo la ácida influencia de los moteros intranquilos de los sesenta, las road movies espectrales de los ochenta y las cargas malditas de Henri-Georges Clouzot a William Friedkin.

La fotografía te vuela la tapa del cerebro. No es normal. La paleta de colores garantiza la oportunidad de apreciar una versión de El jardín de las delicias de El Bosco en LSD.

Al inicio, el marco despliega un cuadro infernal de tintes pop y luces surrealistas de bengala. Después, el tono oscuro y tenebrista domina las gradaciones de un fresco neobarroco, en fase de pintura negra, de purgatorio del terror.

Por último, la cámara registra el milagro de la resurrección a escala de un bucólico y soleado paisaje impresionista.

La edición, los efectos especiales, los decorados, los encuadres, los vestuarios, los maquillajes y los diseños edifican una estructura arquitectónica de avanzada.

Al final, Mad Max: Fury Road deleita al público con su propuesta de espectáculo arrollador, de sinfonía de la destrucción, para buscar una alternativa al caos y la hecatombe del planeta.

Chicas malas, ancianas desdentadas, un lazarillo anabolizado y una líder cansada de sufrir las miserias de la escasez y la violación de derechos toman la sabia decisión de organizar una operación comando, una hiperkinética conspiración, abocada a combatir y deponer a la élite decadente instalada en la cúpula del Estado fallido.

Un motivador ejercicio de disidencia y resistencia, digno de replicar en las patrias controladas por dinastías corruptas, envilecidas por el acaparamiento de los pocos recursos energéticos.

Tarde o temprano, los dinosaurios tienden a desaparecer, a caer por su propio peso de abusos, atropellos y tropelías.

La gente se harta de la manipulación ideológica, del lavado de cerebro, de la cartilla de racionamiento, de la pobreza extrema, del populismo, de la mascarada demagógica, del sacrificio inútil, del evangelio socialista, de la tortura, del sadismo, del hambre, de la doctrina de la rebelión de la granja, donde los animales son iguales por naturaleza, aunque unos son más iguales que otros, al gozar de privilegios y prebendas.

Por ello, Mad Max: Fury Road es considerado un documental sobre el auge y el desplome de la quinta república.

Nos merecemos, entonces, un happy ending como el de la bendita y prodigiosa epopeya de George Miller. Recomendada 100 por ciento.  Para quienes aspiran y desean un necesario cambio de ruta en los destinos del país.

Impagable el desenlace místico, humilde y restaurador de la libertad, a cargo de una cruzada de armas tomar. Épica la despedida de Furiosa y Max. 

 

Virtudes: persecuciones de autos locos, acción incombustible, fluidez narrativa, montaje salvaje, esencia western, galería de freaks, ritmo desquiciado, el ascenso de la psicodelia digital en 3D, un villano de antología. 

Único defecto: el detectado por Javier Porta Fouz. Sus saltos atrás (flash backs) son ortopédicos y prescindibles. Y quizás Tom Hardy también sea un lastre, al lado de la monstruosa actuación de la estrella de la función.