• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

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Contra Juego de Tronos

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Narrativa interrumpida, le llaman algunos. Efecto de fidelidad, le dicen otros. Explotación de un mercado cautivo, urgido de cuentos, de historias, de ramificaciones literarias del legado de Homero. Una tradición de siglos, acoplada al inconsciente colectivo.

Debe existir un gran desconocimiento del pasado, para justificar el excesivo entusiasmo mundial por las “nuevas” series de televisión.

Al respecto, se desperdicia tinta y esfuerzo en hacernos creer una mentira repetida mil veces: el futuro de la imagen en movimiento pasa por el filtro de las mentes maestras de los showrunners. Una falacia del tamaño de un monumento a la pereza intelectual.

El pensamiento adicto y fanático, de nuestros días, impide el desarrollo del disenso ante cualquier fenómeno de masas, legitimado por la crítica complaciente de la globalización líquida.

Así eres excomulgado, de inmediato, si osas desacralizar al becerro de oro de moda en el prime time.

Porque nos gusta llevar la contraria, decidimos ver el capítulo introductorio de la sexta temporada de Juego de Tronos, la quintaesencia de la saga “intocable” de la cultura mainstream. Lo tomamos como un simple objeto de estudio, aislado de su contexto. Una muestra aleatoria para establecer un diagnóstico. Método arbitrario e inconducente, según los expertos en el enlatado de HBO.

Antes revisamos, por encima, ciertos episodios sin terminar de descubrir la magia, el encanto del culebrón basado en los best sellers de George R. R. Martin.

A continuación, las reacciones honestas de nuestro ejercicio de monitoreo, condenado de antemano por los devotos de la religión pagana, fundada en los escombros de la devastación ideológica del tercer milenio.

Desde los tráilers lo anticipábamos. Juego de Tronos confirma el lapidario veredicto de Luis Goytisolo sobre los artilugios de un dispositivo barroco, fabricado con desechos. Le cedemos la palabra al autor y miembro de la Real Academia Española: “El mundo que nos muestran se halla repleto de tétricas ciénagas y cavernas aterradoras, lagos y lluvias de fuego, dragones, peces monstruosos, enanos y gigantes, vegetación amenazadora y súbitos fogonazos. Y el hilo argumental suele consistir en una retahíla de incoherencias, plagadas de combates y prodigios cuyas motivaciones cuesta aceptar tanto más cuanto que se nos ofrece como moneda corriente una sucesión de hechos inexplicados, de frases y reacciones imprevistas que, más que por personas, parecen protagonizadas por muñecos. Un equivalente a las historias de hadas y elfos, brujas y duendes del cuento infantil, pero para adultos”. 

Herencia del decadente romanticismo alemán, posteriormente reciclado por el trazo grueso de la obra de Tolkien, el antecesor directo de la teología caricaturesca y pedestre de los creadores de la iglesia del mártir Jon Snow. El colmo de la estética hipster y geek, la idea de vender como fresco un pescado podrido.

Entre los vestigios del saqueo detectamos los plagios de El señor de los anillos, las obras de Shakeaspeare (for dummies), las películas de Eisenstein, los códigos descifrados de las B movies, las mitologías grecolatinas, las ridículas imposturas del folletín decimonónico, las manoseadas claves del blandiporno gore y los acartonados efectos especiales del género fantástico.

Le sumamos al paquete la cosificación de la figura femenina, el ritmo monocorde de un melodrama teatral, la saturación de texto redundante, la solemnidad de cada sentencia declamada con tono grave, la enfermedad de importancia (propia de un guion “choronga”), la banalidad encubierta de mensaje de trascendencia política.

Tremenda noticia, muchachos, el planeta es un mapa fragmentado por reinos oscuros y distópicos. Todos luchan por la corona, de manera salvaje y cruel. Guerras por doquier. Choque de civilizaciones. Puros refritos, como de Wikileaks. Se “parece igualito” a la polarización de Venezuela. Son unos genios.

Agreguemos una retahíla de nombres risibles, la intromisión de una música conductista (para subrayar obviedades), tramas paralelas resueltas a trancazos, una calculadísima ambigüedad moral, escenografías de plástico, vestuarios demasiado pulidos, dialectos de comiquita medieval retrofuturista (a lo Star Wars), más desnudos gratuitos y muertes dizque inesperadas.

Un fresco pseudoexpresionista, posmo y kitsch, poblado por secundarios prescindibles, violadores, truhanes, antihéroes, mercenarios, malotes, estrellitas de generación de relevo, el clásico desfile de intérpretes anglo de carácter, personajes planos, protagonistas encasillados.

La gran patraña queda develada. Juego de Tronos no es una serie antiestablishment de avanzada. Representa lo opuesto. Despierta el morbo de un público puritano, acostumbrado al régimen de la censura. Sorprende a incautos.

Produce sus réplicas truchas en forma de rebeliones programadas, de conspiraciones especulativas, de intrigas palaciegas de diseño qualité, modo El cazador y la reina de hielo, uno de los esperpentos audiovisuales del año.

¿A favor o en contra de la monarquía? La combinación exacta, gestada en laboratorio, para seducir a los lectores de las revistas del corazón, a los haters de los conflictos dinásticos, a los amantes de la chismografía disfuncional.

Incesto, promiscuidad, líricas explícitas, erotismo chic, vocabulario patotero, esoterismo, embelecos múltiples, patologías de manual, diversidad étnica, rutinas de aventura por ordenador, etnocentrismo, populismo, tarjetería postal, iconografía publicitaria, antropología inocente, exotismo de péplum, sexo a la carta prepagado por cuotas.

El éxito de una campaña demagógica, de una vulgar cadena de montaje.

Síntoma de la construcción de una hegemonía comunicacional.

Una de las tiranías mediáticas del siglo XXI. Sostenida por la servidumbre voluntaria de un rebaño domesticado. Obediencia cool de una rueda de hámster. Un fraude épico.