• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

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Sergio Monsalve

Mentiras que matan

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Domingo a las 2:30. Por los recortes y la crisis, las colas inundan la taquilla del cine y de la caramelería, donde apenas atiende un pobre muchacho.

A la espera de adquirir sus chucherías, los últimos de la fila comparten anécdotas, quejas y comentarios. “Hoy veré la mitad de la película y el principio me lo contará mi esposa”. “Yo estoy acostumbrado. Siempre entro tarde, el resto me lo imagino o lo complemento cuando sale la versión quemadita en Blue Ray”.

Los combos de cotufas, perros y refrescos se expenden a paso de tortuga. Cero comida rápida. Así comienza la primera relación entre Venezuela y la función del día: la tercera entrega de Los Juegos del Hambre. No será la última de las coincidencias.

Llegamos justo a tiempo. La pantalla despliega el logo de Lionsgate, cuyas acciones descendieron en la bolsa, después de la ligera caída en la recaudación de Hunger Games 3, con respecto al desempeño financiero de los anteriores capítulos. Igual acumuló un montón de plata en su primer fin de semana: 123 millones de dólares.

En paralelo, la crítica la recibe con menos entusiasmo. Fanáticos y entendidos lamentan la división del final en dos partes, siguiendo la estela de Harry Potter y The Hobbit. Por tanto, le cuestionan la innecesaria longitud y duración del metraje, un poco redundante.

En la sala, un espectador compara el puritanismo romántico de la pieza con las fotos filtradas de la protagonista, una de las víctimas del famoso hackeo de celebridades de la meca.

En efecto, una vez cancelado el “Battle Royale” o el reality show de la muerte, la franquicia derrocha sus minutos más prescindibles en volver a exponer el melodrama de un triángulo amoroso, ya explotado y manoseado. Concesión y gancho para jalar al target de Crepúsculo. Allí no encontraremos el principal atractivo de la obra.

Definitivamente, el aporte de la cinta reside en su vocación de manifiesto político, bajo la evidente influencia de relatos de anticipación y joyas de la literatura como 1984, Un mundo feliz, Los miserables y El pájaro pintado, alrededor de una iconografía apocalíptica y distópica.

Por consiguiente, el filme describe el inicio y el desarrollo de una guerra civil, próxima a los escenarios bipolares surgidos con el levantamiento del muro de Berlín y desplazados hacia otras latitudes, a raíz de su desplome.

El Gran Hermano, interpretado por un increíble Donald Sutherland, adopta la máscara de un demagogo conservador, a favor de la paz. Delante de la cámara, pretende vampirizar y seducir a la masa. Lanza potes de humo para desviar la atención y ocultar la realidad del arrase de los distritos emancipados. Para conseguir sus fines maquiavélicos, instrumentaliza al joven Peeta Mellark, quien funge de títere de una hipócrita campaña de responsabilidad social en defensa de los valores del Estado (despótico).

La manipulación propagandística es difundida, en cadena, por los medios oficiales, a base de chantajes emocionales y amenazas terroristas (ejecuciones en vivo y directo).

Por su lado, los disidentes responden a los mensajes de la tiranía, desde sus redes alternativas. Y aunque representan a la causa justa del argumento, también son astutos y pragmáticos a la hora de concebir sus discursos audiovisuales.

A tal efecto, se valen de la figura carismática de Katniss Everdeen para terminar de encender la llama de la insurrección general. En el búnker de los rebeldes, le diseñan una estrategia publicitaria de guerrilla. El humor y la ironía secundan el proceso de “mercadeo” de la sedición, incluyendo la confección de un vestuario apropiado, la composición de un himno, la creación de una simbología. El enorme y desaparecido Phillip Seymour Hoffman, junto con la siempre oportuna Julianne Moore, dirigen los hilos de la revolución comunicacional.

Jennifer Lawrence brinda una actuación convincente, salvo por un par de escenitas, como el emblema de la sublevación, justificada por la represión, el ataque desproporcionado y el restablecimiento de las banderas de la democracia.

Redefiniendo el concepto de la estupenda Wag The Dog, el tercer episodio logra redimirse por la actualidad de su sombría moraleja. Nos despide una conclusión demoledora. Frente al espejo, la pareja ideal de The Hunger Games sufre los estragos y los golpes de una batalla virtual. En ambos costados del espectro, el simulacro y la mentira se confunden con la verdad. El colectivo uniformado celebra una arenga, escrita por un asesor. En suma, el filme deconstruye las variantes del lenguaje populista.

Tema para una futura discusión, el claro empaquetamiento de la contracultura, a objeto de vender el producto a un público ávido de esperanzas de cambio. Funciona en el box office.

En 1928 Serguéi Eisenstein estrena Octubre. He aquí una versión contemporánea, manufacturada por la industria. Rebelarse vende, a la izquierda, el centro y la derecha.