• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

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Sergio Monsalve

Indignación y rebelión

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La burbuja del cine venezolano ha estallado. Es el momento de apretarse los cinturones y repensarnos como industria. Sin duda, en el año 2013 alcanzamos un pico, una cima creativa refrendada por los triunfos internacionales de Pelo malo, Azul y no tan rosa y La distancia más larga. Aparte, la taquilla nacional rompió una barrera psicológica, un récord de décadas, gracias al éxito comercial de Papita, maní, tostón.

Entonces, el público le daba respaldo al fenómeno. Los jurados extranjeros comenzaban a reconocer el avance y la evolución de las obras vernáculas de autor.  Todo hacía augurar un futuro promisorio, utópico.

Pero la realidad es otra. Los tiempos de bonanza son historia. Por supuesto, todavía no podemos medir y sentir el impacto de la crisis, a largo plazo, porque seguimos administrando los recursos de una buena cosecha sembrada en el pasado reciente.

No obstante, cuando se acaben las reservas de cintas por estrenar, volveremos a pisar la tierra. Por lo pronto, el Estado finge demencia, montado en una nube de color esperanza. Así, un gobierno socialista sueña con la consagración en el Oscar.

Difícilmente Libertador obtendrá la nominación al premio de la academia. Se manda a un blockbuster épico para competir con piezas modestas de corte independiente. Ya por ahí vamos en desventaja. Siempre favorecen a los candidatos pequeños y sensibles. Casi nunca a los elefantes, a los cascarones vacíos.

En adelante, debemos asumir un compromiso ético y estético, a la altura de las circunstancias de la depresión.

Hoy resulta una aventura temeraria, un derroche innecesario, financiar una obra de 50 millones de dólares.  Es imperioso cambiar de mentalidad. Pensar primero en el país y después en el arte. O mejor dicho: en el séptimo arte adaptado a las urgentes condiciones del país. Hablando claro, irse olvidando de los grandes presupuestos, de las empresas megalómanas, de los gatos por liebre de los bolichos, de los delirios aristocráticos de la izquierda divina.

Si somos conscientes y honestos, nos llegó la hora de reivindicar modelos de austeridad como el neorrealismo,  el cinema novo, la escuela del Super 8, el Dogma 95, la guerrilla o el mismo cine átomo.

En cualquier caso, el sistema establecido es económicamente inviable.

Hemos creado un monstruo de mil cabezas, un parásito enorme, una burocracia con visos y vicios de sindicato, alrededor de la producción de películas.

La industria fue creciendo, por la inyección de dinero inorgánico, hasta quedar aplastada por su propia sombra. A menudo, una élite, una rosca dulce termina por concentrar las diferentes ramas del negocio. Revisen las fichas técnicas. Nombres y apellidos se repiten de título en título.

Como afirma el colega Carlos Caridad, la alternativa es regresar a la calle con los equipos mínimos e indispensables. Dos actores, un guión redondo, una carretera y un director. Emular el ejemplo del teatro en La Caja de Fósforos. Recuperar los rodajes de cámara de los sesenta, setenta y ochenta. Invocar los espíritus de Cassavetes y De la Cerda.  

Por lo visto, la generación de relevo entiende del asunto. Los chicos de ahora no se andan con complejos. Filman con prisa y entre panas, a la forma de Roger Corman. Solo les falta mayor contenido y arrojo. Una mezcla de indignación con rebelión. Ser menos condescendientes, apolíticos y superficiales. Salir de su zona de confort.

Ojalá encontremos el equilibrio perfecto.