• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

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Sergio Monsalve

El Hollywood liberal

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Las películas “perdedoras” del Oscar, que recibieron premios de consuelo o fueron sencillamente ignoradas por los miembros de la Academia a la hora de repartir las principales estatuillas, se han estrenado de forma sigilosa en la cartelera nacional.

En conjunto y a pesar de ello nos ofrecen un panorama diverso y plural del cine independiente, aupado por la industria. Sin ánimos de establecer una jerarquía arbitraria, las comentaremos de acuerdo con su orden de llegada a las salas del país.

Puro vicio, basada en la novela de Thomas Pynchon, representa la nueva incursión de Paul Thomas Anderson por los predios de la estética retro y la tragicomedia coral.

La cinta fue duramente cuestionada por la crítica y considerada un trabajo fallido por los colegas de medio mundo. Le discuten su dispersión narrativa, su críptico sentido del humor, su excesiva duración. En descargo de la obra, la adaptación ensambla las piezas de un rompecabezas deliberadamente desenfadado y dislocado. Similar a una hija bastarda de The Big Lebowski, el filme tiende a resumir dos vertientes de su autor: la explorada por la incorrección política de Boogie Nights y la dinamitada por la obra maestra del romance posmo, Punch Drunk Love.

Entre ambas escuelas, Puro vicio merece una reivindicación al delinear los trazos finos y gruesos de un fresco distópico de la contracultura hippie.

Protagonizada por el mismo actor de The Master, Joaquín Phoenix encarna una transición generacional, pasando de interpretar las rígidas tesis del origen de la cienciología a simbolizar el ocaso de una era conservadora, relevada por otra fase más licenciosa, pero no menos extraviada y perdida en el laberinto.

La óptica del realizador, por fortuna, nunca peca de condescendiente. Ahí estriba el discreto encanto del teatro del absurdo de Puro vicio. Claro síntoma del clima de apertura en Hollywood con el tema de la legalización de la marihuana. Un subgénero en alza. La definitiva integración y comercialización de la “stoner movie”, enrolada por la pareja de fumetas Cheech y Chong. Hoy el porro es la moda de la meca. Lo enciende y lo consume la fábrica de lo mainstream.

De igual modo, la alternativa liberal se expresa en Boyhood, el socorrido experimento del outsider Richard Linklater, rodado durante 39 días a lo largo de 12 años.

Entrañable, conmovedora, humilde y austera, la propuesta es un canto a la poesía de las pequeñas cosas, de los azares e imprevistos de una familia disfuncional, unida por lazos de afecto y espíritu.

El tiempo, personaje medular de la trama, altera y modifica el núcleo físico y existencial del reparto, consumando el milagro de ser testigos del crecimiento y la madurez de un chico, secundado por su hermana y sus padres. Cada uno sufre una transformación exterior e interior, plasmada delante de una cámara reposada y contemplativa, casi a la manera de un proyecto documental, de un ejercicio de no ficción.

Llena de instantes sutiles y neorrealistas, Boyhood gana en interés y profundidad cuando se desprende de algunas situaciones demasiado obvias, estereotipadas y planificadas.

La repetición del cliché del padre borracho, por partida doble, le resta densidad a la hazaña de producción y la acerca peligrosamente a la senda del culebrón.

Tampoco compramos la venta de humo de la secuencia del almuerzo, en la que el latino le agradece a la madre por su consejo de dedicarse al estudio. Aun así, el saldo es favorable para el espectador.  

A fin de cuentas, Boyhood recompensa al público con un mensaje edificante, plenamente consciente de sus deslices y atajos populistas (por ejemplo, el segmento abocado a respaldar la campaña de Obama). Lograda en su imperfección e inesperado devenir, como el álbum negro de los Beatles.

Voluntaria o involuntariamente, par de títulos permeados por la agenda del Partido Demócrata.

Continuará la próxima semana con Selma, En el bosque y Foxcatcher