• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

Al instante

El Hollywood liberal (segunda y última parte)

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Proseguimos con el repaso de las películas ninguneadas por el Oscar. Nos quedan tres, de las estrenadas en Caracas. Todas rescatables. Pero por efecto de la resaca de la temporada de premios, entraron y salieron rápido de la cartelera.

¿Llegaron muy tarde al circuito oficial de exhibición y distribución? ¿Su audiencia meta, su target, ya las había visto por los caminos verdes?

¿No despertaron suficiente entusiasmo entre los espectadores venezolanos? ¿El cine maduro pierde terreno en el mercado local ante las ofertas de entretenimiento puro y duro? Son cuestiones dignas de análisis, de estudio. Mueven a la preocupación. A lo mejor corresponden al propio contexto internacional. Las recaudaciones tampoco favorecieron a las nominadas a los galardones de la Academia en la taquilla anglosajona.

En cualquier caso, cumplimos con el deber de comentarlas.

Selma toca un nervio sensible de la historia contemporánea. Viajando al pasado, a modo de biografía de Martin Luther King, el filme establece un astuto diálogo con la agenda política del tiempo presente, signada por el eco de la tensión racial y la lucha por los derechos civiles de las minorías.

La pieza reivindica la filosofía de la protesta pacífica, encabezada por el pastor de la Iglesia Bautista, ganador del premio Nobel en 1964.

El guión aboga por sus argumentos y razones, de cara a tres polos opuestos: la ambivalente gestión del tibio presidente Lyndon B. Johnson, la obtusa condición sectaria de los estados del sur y la postura violenta asumida por el poder negro liderado por Malcolm X.

Las aristas del libreto confluyen en el epicentro de Alabama, cuando acontece el tristemente célebre “domingo sangriento”, a raíz de una marcha organizada para defender el derecho del voto de los ciudadanos afroestadounidenses.

La directora de la obra evidencia una notable pericia al momento de exponer el desarrollo del conflicto, así como de sus secuelas, apelando a la mecánica del suspenso.

La cámara lenta describe el sufrimiento y el calvario de las víctimas de la represión, a manos de los cuerpos de seguridad y de los siniestros tentáculos del Ku Klux Klan.

Los diálogos e interpretaciones humanizan y logran imprimirles matices a los diferentes personajes de la ficción.

Indirectamente, Selma le brinda respaldo y justifica el ascenso de la figura de Obama.

En paralelo, cuestiona la vigencia de la brutalidad policial contra la comunidad aludida. Dos mensajes enviados a la Casa Blanca. Oportunos, por demás, para refrescarlos en Venezuela, donde el gobierno impone su ley anticuada de disparen primero y  averigüen después, con el fin de ahogar el menor foco de disidencia.

No en balde, jóvenes estudiantes sufren las peores consecuencias del arbitrario decreto del Ejecutivo. Prohibido olvidar las muertes de menores inocentes, por el simple hecho de manifestar su descontento en la calle.

¿Único defecto de Selma? Cuenta con antecedentes de mayor peso dentro de su mismo género. Los entendidos empiezan a vislumbrar la omnipresencia de una fórmula en vías de agotamiento, a la zaga del mea culpa de 12 años de esclavitud.  

En un sentido inverso, Foxcatcher se remonta al origen de un sueño convertido en pesadilla. La crónica de una muerte anunciada. Trabajo exento de compromisos y concesiones con la platea. Obtuvo un reconocimiento en el Festival de Cannes por su sólida, expresionista e impecable ejecución, a cargo del tenebrista Bennett Miller, el director de la adaptación de A sangre fría con el título de Capote, aquella estremecedora radiografía del escritor de Desayuno con diamantes. Aparte, al creador se le recuerda por acometer la dinámica y vibrante Moneyball.  

En consecuencia, Foxcatcher combina y conjuga dos de las principales obsesiones temáticas del autor: la trastienda del espectáculo deportivo y el ocaso de los ídolos contemporáneos. Basada en hechos reales, la tragedia relata el auge y el desplome del proyecto olímpico del multimillonario John Du Pont, personificado por un soberbio Steve Carell, escoltado por un magnífico Mark Ruffalo y un convincente Channing Tatum. Los tres revelan las oscuras facetas de un experimento fallido en el entorno del llamado “rearme moral” de los años ochenta.

Cargada de fetiches y metáforas, la arquitectura audiovisual despliega un mapa de colores deprimentes, soledades infinitas, complejos, castraciones, deseos constreñidos y marcadas diferencias sociales.

La matriarca de la dinastía no acepta el emprendimiento de su hijo y lo considera un capricho plebeyo.

La lucha libre simboliza la fantasía homoerótica del protagonista y a su vez compendia el juego peligroso de la trama.

El desenlace entona un réquiem por el fracaso de una promesa incumplida. No hay escape, no hay atajo populista. El telón cierra con un saldo devastador. Asesinan a un alma noble. El potentado termina en la cárcel. Su esperanza blanca cae en la prisión voluntaria de los sangrientos coliseos del circo de la telebasura.

En el bosque finaliza el recorrido iniciado la semana pasada, con un aparente toque musical de evasión y anestesia colectiva, por cortesía de Disney. Empero, el Ratón Mickey saca las garras, muestra los colmillos afilados y asume una agradecida pose de autoparodia de sus cuentos de hadas, fundiéndolos en un revoltillo de canciones y coreografías delirantes, embriagantes, suspicaces.

En suma, una rareza iconoclasta, decidida a revisitar a Broadway, desde el ingenio, la chispa, la comicidad, el guiño transgresor.

De la Caperucita roja al lobo feroz, cruzando las ramas de La Cenicienta y Rapunzel, En el bosque vuela por las copas de los árboles del filón y los derriba con una gracia posmoderna, feliz, emocionante, a pesar de la melancolía de su discurso, de su apertura, de su clausura. Alegoría de los apetitos insaciables,  del círculo vicioso de los anhelos inagotables.

Nada nos satisface. Siempre queremos más. 

Érase una vez el hechizo, el embrujo y el desencanto de las apreciables joyas ocultas de la ceremonia del Oscar 2015.