• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

Al instante

Guerreras de mil batallas

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Mujeres fuertes, independientes, profesionales, liberadas. Con mayor frecuencia llegan por oleadas a la cartelera, al punto de constituirse en un nicho del mercado de consumo. Encarnan diferentes problemas, tópicos, géneros, edades y estratos. Dos películas de la temporada las adoptan como protagonistas. Las destacamos por sus parentescos y diferencias de enfoque.

Mil veces, buenas noches cuenta con el liderazgo de Juliette Binoche en el reparto. Ella interpreta a una famosa reportera de guerra, debatida entre el compromiso con su oficio y la difícil relación con su familia. Tras sufrir un accidente en Kabul, decide volver  a casa y reconsiderar el futuro de su carrera, bajo la presión de su esposo y de sus hijas. Ahí radica el principal conflicto de la trama.

El director aborda el dilema del guión desde las diversas perspectivas de los integrantes del elenco. Cada uno confronta la visión de la corresponsal extranjera, quien como el desactivador de bombas de Hurt Locker no termina de encontrarse cómoda en la zona de confort de la vida conyugal.

A la menor excusa, la fotógrafa regresa a cumplir su misión en el tercer mundo, para denunciar calamidades internacionales y despertar las conciencias de la vieja Europa ante las penurias de los países “subdesarrollados”. A la obra le calza, como un guante, la categoría de cine de mea culpa, con estética de campaña de Unicef. El eslabón débil de la cadena de argumentos del libreto.

Otro asunto delicado. La óptica publicitaria vuelve glamorosa la miseria de los demás, a la manera de un reportaje sensacionalista de la revista Colors de Benetton. Imágenes experimentales, a cámara lenta, aproximan el acabado plástico al de un refinado ejercicio de videoarte. De lo mejor de la cinta. Minutos importantes se desperdician en parlamentos retóricos y secuencias predecibles. Interesante el rollo de fondo. Desigual el resultado por la discutible posición paternalista, melodramática y etnocéntrica de la historia, cuyo final vende humo. Sin embargo, preferible y superior al promedio de la oferta del mes.

Las complejidades de la maternidad contemporánea también reciben una lectura audiovisual en Ricki and the Flash, una tragicomedia ejecutada por el francotirador, Jonathan Demme, responsable de títulos indelebles como El silencio de los inocentes, Filadelfia y el documental Stop Making Sense, dedicado a la popular banda Talking Heads.

Tres antecedentes y referentes para entender el significado último de la pieza, estelarizada por la siempre magnífica Meryl Streep en el papel de una veterana vocalista y guitarrista de una modesta formación de rock. Junto con su grupo toca en un bar de segunda categoría, mientras trabaja como cajera de un supermercado para poder redondear el pago de sus gastos. De entrada, un irónico filme sobre la crisis de la tercera edad, la actual depresión económica y la determinación de una antiheroína por seguir cumpliendo el sueño de su vocación artística, a pesar de las adversidades y vicisitudes del contexto.

Satírica, punzante y políticamente incorrecta, Ricki and the Flash resume los ecos de un tradicional y clásico musical redencionista, en la onda de la reciente Danny Collins, salvando las distancias.

Aunque el desarrollo y el desenlace suenan a baladas conocidas, el largometraje se disfruta con una sonrisa de satisfacción por el logrado ensamble de su puesta en escena y gracias a los dardos envenenados lanzados durante el transcurso de la trama. Los blancos de la diana son targets habituales del autor: las diferencias de clase, el desencuentro de esferas culturales paralelas, la progresiva fragmentación del tejido social, la incomunicación y la búsqueda del eterno misterio de la felicidad.

A base de diálogos afilados, humor negro y un rodaje deliberadamente teatral, Ricki and the Flash culmina como una digna reconciliación de polos opuestos, a golpe de covers y ritmos capaces de contagiar al público de buena vibra. No promete falsas esperanzas. Solo apuesta por una válida nota de esperanza, a lo Whiplash, en medio de un presente complicado y un destino incierto.

Los personajes bailan, cantan y rompen con los corsés de un reinado de las apariencias, a la luz de la celebración de una boda. Matrimonio del mainstream con el espíritu de lo indie, a través de una contagiante flama de insurrección y emancipación general. Conclusión. Las luchadoras de mil batallas predican con el ejemplo e intentan unir a su prole.