• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

Al instante

Fuck tha Police

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Las películas suelen ser muy críticas con las fuerzas del orden. Así lo exige la realidad de unas instituciones acusadas de violar derechos humanos, abusar de la autoridad, venderse al mejor postor, disparar primero y averiguar después.

Mala fama tienen los agentes uniformados en el cine, cualquiera sea el país o el contexto. ¿Necesitamos ejemplos? Los hay por montones a lo largo de la historia.

Solo citaremos algunos de nuestros favoritos: Sérpico (denuncia de la corrupción), Fruitvale Station (ganadora del Festival Sundance por su mensaje contra el racismo de los oficiales de Oakland), Straight Outta Compton (notable manifiesto rapero sobre la brutalidad de los “cops” en los guetos de Los Ángeles bajo la estela de la canción de protesta “Fuck tha Police”), El Ratty Horror Show (documental argentino dedicado a desentrañar la manipulación de evidencias por parte de la gendarmería porteña) , La Haine (el despiadado retrato de una espiral del odio, a cargo de Mathieu Kassovitz) y Bad Lieutenant (la metafísica inmersión de Abel Ferrara en la mente de un teniente desolado).

Sin ir demasiado lejos, podemos recordar tres títulos venezolanos, iguales de comprometidos e implacables con el tema de fondo: la esencial Macu, la censurada Ledezma, el Caso Mamera y la denostada por el chavismo, Secuestro Express, satanizada por el propio Mario Silva en La Hojilla.

Al respecto, los títulos criollos son legión y configuran un subgénero audiovisual, digno de estudio.

Por ello desconcierta el estreno de Muerte Suspendida, fallido intento por reivindicar al cuerpo podrido del Cicpc, a costillas de los fondos públicos destinados al incentivo de la golpeada industria local. El largometraje es un burdo infomercial, una pésima cuña institucional de hora y media, un filme de propaganda rojo rojito, al gusto de los funcionarios y burócratas del proceso.

Además, película harto sospechosa porque llega a tiempo a las salas, a fin de secundar la campaña del PSUV para las venideras elecciones parlamentarias del 6 de diciembre. Su bombardeo proselitista, a favor de la gestión “socialista”, carece de mesura y de un mínimo sentido de delicadeza. Es tal cual como la escenografía barroca, afrentosa y kitsch de Con el Mazo Dando. No exageramos.

Desfilan bustos del Comandante eterno y afiches del inaudito Bolívar 3D en las oficinas de los inspectores del BAE (Brigada de Acciones Especiales), encargados de resolver el caso del secuestro de un empresario a manos de una mafia de criminales colombianos. Sigue la búsqueda de un chivo expiatorio foráneo, para desviar la atención de los problemas creados por la revolución, como la inseguridad.

La decadente manipulación ideológica salta a la vista en blanco y negro. El guión impone un discurso cerrado, dogmático y binario.

Huérfanos de matices, los personajes interpretan una serie de estereotipos abolidos. El padre insigne, la esposa abnegada y desesperada, el comisario impoluto al servicio de la patria, las bombas sexys, los modelitos en ropa interior, los ladrones de medio pelo, los villanos unidimensionales de telenovela narco.

A la mujer se le cosifica como un objeto de explotación morbosa. Las actuaciones provocan entre pena ajena y sonrisas involuntarias. Lo mismo cabe para los efectos especiales, los desnudos gratuitos, las frases hechas, los diálogos imposibles, los argumentos ingenuos, los pretendidos despliegues de medios técnicos, más propios de una sucesión de copias amateurs de secuencias espectaculares de blockbusters de Hollywood, a la manera chaborra de un video clip de reguetón low budget.

Por donde se le mire, la pieza no soporta el análisis. Un pobre niño recita de memoria un parlamento soso y luego juega con el papá delante de un plano estático, frontal.

El proyector se parte en dos cuando lanzan a un perro de un helicóptero. Sufren las retinas de la audiencia.

Al protagonista le restriegan un plato de avena en la cara y un sonido extraño dilapida la escasa credibilidad de la escena. De la apología se pasa al invento, la mentira, la truchada y la alcahuetería.

El engaño roza el límite de la comedia inconsciente en los momentos cumbres de la trama. A carcajada limpia, la gente responde ante el montaje de una supuesta pantalla digital a lo Minority Report.

De forma atropellada, el libreto concluye la función con una moraleja obvia, encima recalcada por la locución del hombre rescatado de la guarida de los forajidos de caricatura. Agradece a Dios y al Cicpc, elevándolos en un pedestal compartido.

El rosario de una cursilería pornográfica, amarillista, oportunista y tramposa. Una involución de décadas para la oferta vernácula. El síndrome de un retroceso estético y cultural.

Fuera de la sala, el cuento chino de Muerte Suspendida se cae a pedazos. Las cifras de la morgue lo corroboran. La OLP en 24 cuadros por segundo.

La legitimación de la chapucería a las órdenes de las directrices del estado de sitio. Una imitación barata de una operación del comando SWAT. Espanta el hecho de pensar en futuras réplicas del esquema.

Ojalá no sea la tendencia de un mañana cercano, incierto y distópico.