• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

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Sergio Monsalve

Frente al espejo

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Llevamos tiempo quejándonos de los vicios de la industria nacional, de su factura televisiva, de su diseño publicitario, de su identidad difusa y confusa, mitad radio, mitad literatura.

Pero empeñados en encontrarle un idioma original, retador o distinto al cine criollo, nos hemos olvidado de reconocerle sus logros y méritos de los últimos años. 

Sea en documental o ficción,  las películas consiguieron ganarse, a pulso, la estima, el apoyo, el reclamo, el respeto y la consideración del gran público.

Sin los complejos de antaño, la gente compra el producto vernáculo por el mero placer de descubrir en la pantalla una proyección de sus ideales, esperanzas, gustos, aspiraciones e inquietudes, a través de un lenguaje directo, diáfano y dinámico.

De repente, es cuestión de aceptarlo y darlo por hecho. Nuestras cintas son así, con sus altos y bajos.

En dos platos, quieren comunicarse por medio de códigos accesibles, supeditando el experimentalismo a un segundo plano, a efecto de recuperar la inversión y no sacar al espectador de su zona estética de confort.

Hemos creado, entonces, un híbrido con diversas raíces, troncos y ramas. Un árbol o un bonsái, dependiendo de la opinión de cada cual, cuya semilla se obtiene de la fusión del mainstream, del indie, del artie, de la guerrilla, del teatro, de las viejas escuelas y de las nuevas tecnologías.

Una virtud: rinde frutos en taquilla, cosecha críticas divididas y abona el terreno para la expansión internacional. Un defecto: no cambiará, por ahora, los estándares y criterios del discurso global (menos los de la vanguardia).  

Visto lo visto durante 2014, el año cierra con un ejemplo de lo antes dicho, el estreno de Espejos, la ópera prima de César Manzano, quien además figura como actor en el reparto de su pieza coral.

Lo acompañan, entre otros, Luis Fernández, Claudia La Gatta, Carlos Camacho, Paola Rey, Clarissa Sánchez e Isabella Santodomingo. Salvo un par de excepciones, todos correctos y convincentes en sus papeles.

Juntos componen un ambicioso rompecabezas de seis historias paralelas, vinculadas por un signo distintivo de la época, por una problemática universal. En pocas palabras, la progresiva fractura y desmembramiento del sujeto moderno, expuesto a las múltiples tentaciones y apetitos autodestructivos de la sociedad del caos, del apocalipsis. Un pequeño infierno enclavado en alguna ciudad de América Latina.

Por tanto, los personajes encarnan la doble moral de un estilo de vida, corrompido por los pecados capitales, por fuerzas internas y externas, como el poder, la competencia, el dinero, la prostitución de los cuerpos, la traición, la violencia, el juego, la inseguridad, la política y la venganza.

La edición, la cámara y el arte nos sumergen en ambientes oscuros, opresivos, sórdidos.

Algunas líneas del diálogo sobran, al redundar en lo sugerido por la imagen. Otras revelan la naturaleza ambivalente de los protagonistas, afectados por la culpa.  

A la manera de Relatos salvajes, Espejos refleja las grietas, las paradojas humanas de un país.

Levantamos pulgares por su montaje de choque, su banda sonora, su fotografía, su puesta en escena, su visceralidad, su libertad para tocar asuntos espinosos, incómodos.

A la usanza de Crash, el final apuesta por una redención colectiva, para someter al debate. Se siente un tanto impuesta por el libreto (empezando por el rescate del “enemigo” y terminando por la invitación a guardar silencio).

Mejor quedarse con el recuerdo del epílogo, a modo de conclusión abierta e irónica, anticipando la inevitable repetición del ciclo del engaño, del falso semblante, del reinado de las máscaras.

Es como despedir el año en son de paz, con la hipocresía de la feliz Navidad, aunque siendo conscientes de las pesadillas superadas y por venir.