• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

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El Final de Hunger Games

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Sala llena. Esperamos la proyección de Sinsajo: Parte 2. El medio es caliente, como diría McLuhan. Pantalla inmersiva, barra brava de fanáticos, un ambiente de celebración 2.0. Selfies y flashes por doquier.

Hasta ahora, la franquicia mantiene un buen nivel, a pesar de ciertos altibajos en el trayecto.

Hunger Games no tiene competencia dentro del subgénero de la “teen dystopia”.

Basadas en las novelas de Suzanne Collins, las dos primeras sintetizaron y revisitaron un legado histórico de referencias duras de la épica del desencanto, de la contracultura de masas: 1984, Un Mundo Feliz, Batalla Real, THX 1138, The Running Man, Rollerball, El Señor de las Moscas y Octubre.

En un futuro postapocalíptico, cercano al presente de la aldea global, un Big Brother ejerce un dominio absoluto y omnímodo sobre el Estado, a través de un férreo control del espacio social, político y mediático.

Cual emperador romano, lograba consolidar su poder corrupto en el montaje de un circo mortífero de jóvenes gladiadores, al estilo de un reality show.

La saga funcionaba así como una forma de catarsis, de válvula de escape, para canalizar el descontento colectivo de las generaciones de relevo ante la crisis del modelo republicano, la decadencia de la dirigencia mundial y la barbarie de la civilización del espectáculo pornográfico.

Por supuesto, existían incongruencias de origen en el seno de la serie, pues condenaba la explotación de las víctimas de la purga selectiva, mientras sacaba provecho del “shock value” de su carnicería en tres dimensiones.

Otro asunto difícil de asimilar era el forzado tríangulo amoroso, definido desde el best seller original, para complacer a la armada adolescente de Crepúsculo.

Pero después de todo, las cintas se redimían por su notable grado de autoconsciencia, por su brutal humor negro, por su ritmo endiablado, por su impecable factura técnica y por su mensaje de “viva la resistance”.

Al anunciarse la división del capítulo final en dos bloques, las sospechas de propios y extraños comenzaron a despertar sentimientos encontrados.

Pronto, con el estreno de Mockingjay 1, se confirmarían algunos pronósticos desalentadores de la crítica.

La exigencia oportunista de fragmentar la conclusión parecía destinada a desequilibrar las sólidas bases del conjunto, llevándolo por defecto a remedar los mismos errores de las funciones dobles de las clausuras de fenómenos paralelos como Harry Potter y Twilight. Es decir, estirar al máximo el conflicto dramático del desenlace, al precio de someter el guión a una terapia de choque de redundancias y pruebas superadas por el argumento. Un video loop de diálogos y situaciones ya experimentadas, con un cierto aire de deja vú. A la inversa de lo prometido, se iba de más a menos.

No obstante, la tercera seguía conservando el vigor de sus predecesoras en sus mejores pasajes, cuando se planteaba el dilema de derrocar al déspota, infiltrándose en las redes de la hegemonía comunicacional, utilizando métodos de propaganda similares a los del enemigo, aunque dándoles una vuelta contemporánea de subversión y conspiración de guerrilla hacker.

También quedaba una interesante cuota de suspenso y misterio en las luchas intestinas de los disidentes versus los integrados. Cada bando albergaba en su seno un huevo de la serpiente, una semilla de la discordia en común.

¿Al dictador Snow lo acabaría por defenestrar y relevar del mando una rebelde tan cínica, despiadada y calculadora como él? El cuarto episodio devela la incógnita en 137 minutos. Duración exagerada, considerando el resultado del filme, abrazado por las flamas de las acciones de rutina y de los fuegos fatuos de un romanticismo acartonado.

Las pocas intervenciones de Donald Sutherland, Woody Harrelson, Philip Seymour Hoffman, Stanley Tucci, Julianne Moore y Elizabeth Banks vuelven a recuperar la esencia del producto.

Los actores veteranos dotan de credibilidad al aura trágica y melancólica de la trama, resentida por el plano y predecible desarrollo del conflicto, casi exento del sarcasmo y de la ironía de las entregas anteriores.

La solemnidad impostada menoscaba la soltura y la picardía de los personajes, obligándolos a ofrecer un trillado recital de caras de póker, dientes apretados y ceños fruncidos.

Acechados por trampas letales, los protagonistas se limitan a correr, defenderse y eliminar a los mutantes del ejército enemigo, copiando el ABC de un videojuego de PlayStation.

Para conmover al respetable, caen secundarios en la lucha por la toma del Capitolio, cuya conquista sucede de manera atropellada y confusa. Acontece la escena cumbre con Katniss y su par de blancos de ataque. La Juana de Arco apunta y liquida a dos pájaros de mal agüero de un solo tiro.

El epílogo continúa estirándose, jalado por la inercia de una guaya patentada años atrás.

Decepcionante como el cierre de la trilogía Matrix. Fueron felices para siempre en un jardín de colores rosa. Happy ending conformista de tarjeta postal. Emblemático de los sueños trasnochados de la industria.

Un futuro con olor a pasado de pintura bucólica de Norman Rockwell. La paradoja de los tributos del hambre.

Derribar al régimen de los disfraces para suplantarlo por una mascarada demagógica y kitsch.