• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

Al instante

Fábrica de sonrisas mecánicas

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Saltas de una película a otra, sin solución de continuidad. Es parte del oficio. Intentas establecer conexiones. A veces las encuentras. Por lo general, pasan inadvertidas ante el enorme caudal de la oferta.

Entre julio y agosto, la cartelera no para. Imposible seguirle el ritmo. A pesar de la saturación del mercado, la demanda sí parece tener bastante clara su prioridad en la temporada de vacaciones: garantizarse dos horas de entretenimiento rápido y furioso. Evadirse de la dura realidad. Opción comprensible y válida. Históricamente arraigada desde los tiempos de la depresión de los treinta, cuando los musicales y las fantasías sonoras compensaban la falta de pan con el espectáculo del nuevo circo audiovisual.

Ahí radica el éxito de Minions, spin-off de la franquicia Mi villano favorito. Película sintomática de crisis y depresiones. Reducida a una espiral de bloopers de baja definición narrativa. Epítome de la comedia animada del futuro: diseñar un gag cada 25 segundos, durante un metraje de 90 minutos, alrededor de una historia mil veces contada. El high concept movie de los ochenta en su fase superior de consumo turbo y 3D.

Los seres amarillos se venden solos, ya no necesitan de coartada argumental y encadenan sus chistes como un video loop de pildoritas digitales. Así el ritmo de la red social Vine conquistó Hollywood. Única forma de mantener atada en la butaca a una audiencia con déficit de atención. Al menos, los productores del blockbuster son viejos zorros y gozan de lo lindo, sembrando una semilla de discordia, anarquía y conducta insurreccional en la mentecita de los niños terribles.

Si Disney defiende a la monarquía a capa y espada, el estudio de Minions deja a la reina de Inglaterra al desnudo y en harapos. Por defecto, su majestad puede dormir tranquila, pues la broma resulta inofensiva al lado de una canción de protesta de los Sex Pistols. Incluso, el punk fue deglutido, esterilizado y atomizado por la industria.

Verbigracia, Terminator: Génesis vuelve a clonar la apuesta de la contracultura como negocio. Los antihéroes y rebeldes salvan a la tierra del día del juicio final, orquestado por una conspiración de máquinas y prometeos posmodernos.

Enésima versión líquida del cliché apocalíptico de la inteligencia artificial, replicado de la literatura de Mary Shelley (Frankenstein). A sabiendas de sus fallas de origen, la cinta se limita a remedar los clásicos de la serie, concebidos por James Cameron.

Reconocemos el mérito técnico de actualizar y depurar los efectos especiales de las dos primeras entregas de la saga.

Fuera de ello, el aporte del contenido es nulo, salvo por el refrescamiento de las fobias y paranoias del pasado, frente a los miedos del presente conservador. El republicanismo del protagonista aflora, como de costumbre. Los platos rotos los pagan los programadores informáticos de última generación, encarnados en la figura de un curioso álter ego de Mark Zuckerberg de raza afrodescendiente.

La cinta ajusta cuentas por partida doble. Naturalmente, Obama y los chicos de Silicon Valley deben darse por aludidos. Arny los sataniza de manera indirecta, evocando los terrores y prejuicios contemporáneos de un sector ortodoxo de la meca.  

Entre muñecos del mismo color y robots de pensamiento binario, hemos ingresado al engranaje de una fábrica distópica de imágenes y sensaciones generadas por ordenador.

Depara un incierto porvenir para la creatividad libre de las ataduras del cálculo cibernético. Confirma los peores presagios de la ciencia ficción pura y dura.

El mundo feliz nos alcanzó, dispensando sus pastillas de soma en clave de acciones mecánicas, dosis controladas de incorrección política e irónicas muecas de cinismo, por cortesía de Schwarzenegger, gobernador mediocre con aspiraciones presidenciales. Lo preferimos como actor de su propia farsa obsoleta. Todavía se interpreta como el redentor del universo. Para reír o llorar, según sea el caso.