• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

Al instante

Explotación minera

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Paquete chileno de factura anacrónica, Los 33 nos devuelve un esquema caduco y superado, el de la producción extranjera rodada en dos idiomas, para buscar ganancias en el mercado anglo y el latino.

Hablada en inglés y con un reparto de estrellas internacionales, la película ofrece un recital de situaciones bochornosas, difíciles de digerir. Desde los primeros minutos, las acciones forzadas reescriben el concepto de “camp”, definido por Susan Sontag.

Al final, ya no sabes si reír o llorar delante de la pantalla de despropósitos sonrojantes.

De pura comicidad involuntaria es la intervención de Juliette Binoche, vendiendo empanadas en la calle. No se la cree nadie.

En el mismo tenor, Antonio Banderas queda para desplegar un esperpéntico caudal de tics y movimientos populistas. A su lado, Lou Diamond Phillips, Gabriel Byrne y Rodrigo Santoro dictan una cátedra de sobriedad y contención, muy a pesar de los endebles cimientos de la estructura del largometraje.

Juan Pablo Raba y Kate del Castillo fungen de abreboca al desarrollo telefílmico, rematado con la participación de Don Francisco en su rol de costumbre. Al menos, al conductor de Sábado Gigante le permiten comunicarse en español. Poco faltó para incluir un cameo de La Cuatro.

Lastrada por fallas de origen, la cinta consigue el milagro de enderezar el rumbo, hacia el segundo acto, cuando asumimos el barranco de los subtítulos y los rigores de la supervivencia despiertan la solidaridad automática por el destino de los personajes.

Abandonados a su mala suerte en el refugio de una mina, los protagonistas van esbozando e interpretando los argumentos del guión: las condiciones infrahumanas del trabajo de los obreros, la desidia de los patrones del negocio, las tensiones étnicas latentes, los conflictos entre las diversas cabezas del grupo, las justas voces de protesta de los familiares indignados ante la respuesta tardía de los responsables del rescate, la progresiva unión de las víctimas del desastre y la delicada resolución del problema, a base de una peligrosa técnica de ensayo y error.

El tramo intermedio puede sacarle las castañas del fuego a la directora del filme, por sortear los escollos de la narración cronológica, imprimirle mayor densidad a la operación de trámite comercial y dejar sembradas algunas notas de discordia, salpicadas de humor negro.

Asoma la nariz una soterrada crítica al oportunismo de la clase política y de los demás poderes involucrados en la jugada. Por supuesto, dista de ser una demolición del circo de la miseria ajena, como la aportada por Billy Wilder en El gran carnaval (por no hablar de la locura de Chaplin, La quimera del oro).

Tampoco alcanza las cotas de lirismo y de drama de altura, infundidas por la tragedia de Alive de Frank Marshall (Javier Porta Fouz dixit).

En último caso, le cabe la comparación con la también desigual y reciente, Everest, otra crónica de una desventura anunciada, tapiada por la avalancha de sus deslices.

Ambas exponen las grietas de distopías paralelas, pero las dos se limitan a tocar la punta de sus respectivos icebergs.

De hecho, en un giro convencional, Los 33 culmina en el esperado desenlace conciliador y tranquilizador de una gesta heroica, “bigger than life”.

Hasta le sirve a Sebastián Piñera para limpiar su imagen y proyectar su futura candidatura de regreso al Palacio de La Moneda. Así de correcta es Los 33.  

Curioso porque, después del verso y del golpe de pecho, cae en la trampa de lo cuestionado por su libreto. Explotar el dolor y las penurias de los mártires de la historia oficial, a la luz de una estética mainstream. Lo peor radica en la fotografía turística de sus postales costumbristas (cual pabellón de parque temático).

Por ello vemos con sentimientos encontrados el mejor fragmento de la obra. El emocionante epílogo, a blanco y negro, con los auténticos inspiradores de la trama, al borde del mar. Abrazados y hermanados. Mirando a la cámara. Con reacciones espontáneas y reales. Sin poses. Un merecido homenaje documental, capaz de redimir las irregularidades del tratamiento de la ficción.