• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

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Explotación de burbujas e hipotecas basura

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La crisis financiera de 2008 cambió el rumbo de la historia, así como del cine. Indirecta o directamente, las películas sublimaron el desplome de la bolsa de valores. Los documentales denunciaron el estallido de la burbuja inmobiliaria. Condenaron la impunidad avalada por el Estado y la aprobación del insólito plan de salvamento de la banca, a costa de los bolsillos de los contribuyentes.  

En un giro absurdo, las víctimas de la debacle pagaron el rescate de sus victimarios, de los secuestradores de sus propiedades.

La incoherencia de un neoliberalismo supuestamente incólume y arrogante, urgido del socorro de la Reserva Federal. La empresa privada socializó sus pérdidas. Vaya vuelta del destino. La misma del gobierno bolivariano, responsable de la quiebra del país, ahora exigiendo la aprobación de un paquete de medidas de emergencia para dizque resolver el problema del desabastecimiento, entre otros males provocados por su gestión.

A la izquierda, el centro y la derecha, el poder debe declararse en bancarrota. Pero su soberbia es tan grande como su avaricia. Por tanto, la clase dirigente jamás reconocerá su fracaso y el de sus promesas incumplidas.

Ante el derrumbe de las utopías, el séptimo arte responde y exige derecho a réplica. Ya ocurrió con el crack de 1929 y el subsiguiente filón de largometrajes del New Deal, inspirados en las ideas de John Maynard Kaynes. También ocurrió después del colapso de 1987, cuando llegaron a la pantalla filmes como Wall Street.

Venezuela atravesó por una coyuntura similar a mediados de los noventa, cuya traducción audiovisual fue el lanzamiento de 100 años de perdón, la obra maestra de Alejandro Saderman. Mutatis mutandis, la Argentina del corralito desembocó en dos trabajos superlativos: Nueve reinas y Memorias del saqueo.

Hoy, la implosión del materialismo histérico mueve y sacude las placas tectónicas de la industria, al producir y estrenar diversas cintas sobre el tema. Paradójico asunto porque llenan un vacío de la demanda cautiva y enriquecen las arcas del mercado de consumo.

De cualquier modo, las aceptamos y compramos, a pesar de sus contradicciones. Las corrosivas Le Capital y Lobo de Wall Street son dos piedras angulares de la tendencia. A ellas se les suman el año pasado 99 Homes y The Big Short, consideradas en distintos renglones durante la reciente temporada de premios. Recomendamos la primera, por su ritmo inquietante, aunque un pelo adormecido por un final convencional de mea culpa. Como sea, una pieza durísima.

La segunda irrumpió en la cartelera nacional la semana pasada. Es una de las consentidas de la Academia, por sus atributos de dirección, interpretación, edición y contenido. La crítica la cuestiona por su doble moral. Varios colegas no se creen el look “normcore”, al descuido programado, de los miembros del reparto. Tampoco les hace la menor gracia la cantidad de estrellas, cotizadas en millones de dólares, incluidas dentro del elenco. Detalles para someter a la discusión. Al respecto, el foro queda abierto y ustedes sacarán sus propias conclusiones.

Por nuestro lado, la disfrutamos en la sala a mandíbula batiente. Somos fanáticos de su realizador, Adam Mckay, especialista en el género de la comedia. Según ponderamos, The Big Short es su cumbre estética, hasta la fecha. Maneja un humor negro, bien serio, como el de las caricaturas de Pedro León Zapata. Despierta un legítimo sentimiento de indignación, a través de los recursos de la sátira políticamente incorrecta. Una rara avis incubada en el seno de la meca. Preferible a la cartilla mensual de evasiones prefabricadas. Cumple con desnudar a los responsables de la ruina y exponer a los dilemáticos perros de carroña del desfalco.

Cínica, didáctica y despiadada, nos interpela e invita a tomar medidas. ¿Lavado de imagen, golpe de efecto, exorcismo de la mala conciencia o llamado a impartir justicia?  Una mezcla de todo, servida en un cóctel incendiario y polémico.

Cerramos con las preguntas de costumbre. ¿Rebelarse vende? ¿Los bohemios yuppies apuestan a la moneda de proyectar la derrota del sistema e igual salen ganando? Abajo hay espacio de sobra para responder. Apreciamos, de antemano, su participación.