• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

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Sergio Monsalve

Elefantes blancos

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Las ruinas de la modernidad y del relato clásico se albergan en hoteles abandonados o decadentes. Muerte en Venecia, Psycho, El resplandor y Somewhere dan cuenta de ello. Sus personajes, consumidos por la alienación, son testigos fieles del fin de una época y del principio de otra.

Se plantea así el choque de lo viejo con lo nuevo en el interior de una estructura kafkiana, próxima a los límites de El castillo.

Hasta ahora, el melodrama, la tragedia y el horror fueron los huéspedes favoritos del género. Debe ser porque el miedo al vacío se presta para el diseño de arquitecturas distópicas, a la usanza de cualquiera de nuestros elefantes blancos (el Humboldt, por ejemplo).

Siguiendo la misma línea conceptual, pero cambiando de enfoque, se estrena El gran hotel Budapest, delicado ejercicio de abstracción sobre el ocaso de un no lugar de ensueño, cuyo decorado evoca la fachada de una casa de muñecas. Por tanto, hablamos de una de las grandes piezas de la temporada.

Con ella, Wes Anderson vuelve a su terreno predilecto, el de la farsa coral inspirada en las técnicas y contenidos de las escuelas de vanguardia, dominadas por los maestros del distanciamiento.

De tal modo, pueden convivir las alusiones al expresionismo alemán (la interpretación vampírica de Willem Defoe), las consabidas burlas a la estética del fascismo nazi, los ecos literarios a la obra de Thomas Mann (La montaña mágica), las similitudes con las parodias intelectuales de Woody Allen dedicadas a la cultura europea (La última noche de Boris Grushenko) y las señas de identidad del autor, quien reconoce la influencia de Stefan Zweig.

En cuanto a la forma, el realizador decide adoptar tres de sus convenciones, desde un punto de vista irónico y satírico: el uso del zoom brusco a la manera de Robert Altman, el empleo de la perspectiva central con el rigor de Stanley Kubrick y el rescate del paneo como elemento de articulación de los encuadres.

Grosso modo, el creador aboga, con un humor y seriedad, por la preservación de un lenguaje artesanal y retro, amenazado por el efectismo de los tanques de verano. Es decir, todo lo contrario a la propuesta de Michael Bay en Transformers. No en balde, Wes Anderson rindió tributo a los precursores del stop motion al filmar la joya animada, Fantástico Mr. Fox, cuadro a cuadro.

A su vez, el guión también activa una mirada nostálgica y melancólica hacia el pasado. Las capas de la historia se van desarrollando y sumando como cajas chinas.
Los protagonistas se disputan una herencia a muerte, en el contexto del período de entreguerras.

Un grupo de villanos codiciosos enfrentan a una pandilla de almas nobles, encabezadas por el conserje de El gran hotel Budapest, junto con su empleado de confianza, el joven Zero Moustafa. Ambos encarnan la típica comedia de enredo, propia del creador de MoonriseKingdom y Life Aquatic.

Por consiguiente, el absurdo y la excentricidad asumen el control de la puesta en escena. La nuez del libreto no ofrece mayores alteraciones dentro del programa habitual del director. Lo interesante radica en el engranaje de las tramas paralelas del argumento, según la óptica de diferentes planos narrativos.

En efecto, después de sus años de gloria, El gran hotel Budapest queda como el recuerdo de unos afectos, amores y aventuras extraviadas en el tiempo. A su lado, el presente es gris. De generación en generación, la memoria tiende a extinguirse.

El cierre es, entonces, una declaración de principios de Wes Anderson a favor del cine condenado al olvido.
Los críticos se quejarán por la persistencia de su dispositivo, aparentemente hueco, escapista y ensimismado.

Por lo pronto, nos resulta válido y estimulante (aunque necesita de un cambio drástico, de ahora en adelante).

Ojalá, como dice John Manuel Silva, Wes Anderson no termine consumido por su propio sistema, al igual que Tim Burton.