• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

Al instante

Disney o Darwin

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Actor, guionista y realizador, Jon Favreu toma el testigo de los veteranos y artesanos de la industria, al borde del retiro. Adoptando los criterios de la escuela francesa, podemos considerarlo un autor de Hollywood, influido por las corrientes clásicas y posmodernas de los géneros establecidos.

Fanático de la gastronomía fusión, gusta combinar ingredientes de la comedia de situación con las recetas de la aventura, la ciencia ficción, el melodrama, la épica colosal y el espíritu independiente.

Al calor de los fogones ejecuta su mejor platillo hasta la fecha, El chef, una exquisita road movie, protagonizada por él, sobre las pesadillas y sueños de un cocinero en busca de reconstruir su vida después de recibir la crítica lapidaria de un temido bloguero.

Filme modélico de la generación 2.0, secundado por un reparto de grandes actores y servido para reconciliar a los polos extremos de la contemporaneidad: los de la familia, los de la economía de mercado, los de cualquier gremio fragmentado, los de la raza, los de la cultura. Entre risas y comentarios picantes, el largometraje invita a la audiencia a disfrutar de las mieles de la diversidad, de los sabores híbridos y mixtos.

De lo popular a lo alternativo, la obra del creador alcanza cotas de perfección en tanques blindados, pero también de insignificancia e intrascendencia, cuando la presión de los estudios opaca su personalidad. De ahí los marcados altibajos de Elf, Zathura, Iron Man y Cowboys & Aliens, dispares en sus concepciones y resultados. Les damos la derecha por el armado de los guiones, el diseño de producción, el abrumador despliegue de medios técnicos. Les objetamos las concesiones demagógicas, los sellos prefabricados, los estereotipos, los mensajes conservadores de rearme moral.

En tal sentido, el estreno de El libro de la selva resume los pros y contras de la carrera de Jon Favreu. Remake de la joyita animada de Disney, la nueva adaptación de la novela de Rudyard Kipling  asume el reto de trasladar la ficción al campo de la acción real, hilvanada por ilustraciones y viñetas de tres dimensiones.

Apegada a la tendencia de Jurasicc Park, la pieza ostenta una factura impecable, al conjugar a un joven actor de carne y hueso con una jungla expresionista de imágenes digitales, generadas por ordenador.

Sí chirrea un poco el croma en un par de escenas, aunque es un detalle irrelevante al lado del compacto diseño gráfico de los efectos especiales. Los famosos personajes antropomórficos cobran una identidad verosímil y original, a través del adecuado empleo del formato CGI.

El clima musical se diluye al mínimo para imprimirle un enfoque distinto a la versión de 2016. Las canciones llegan en momentos oportunos y descomprimen el clima de tensión. Pequeños animales destacan al fondo y a los costados de los planos, elevando el agradecido tono humorístico de la propuesta. Aplicación lúdica y sofisticada de la “democracia del gag”.

El niño emprende el viaje iniciático del héroe, acompañado por fieles escuderos y mentores, quienes lo protegen del acecho del villano. Afortunadas las intervenciones de la pantera, la serpiente, la manada de lobos. Mención aparte para las secuencias climáticas, interpretadas por el tigre, el oso y el enorme rey de los monos (suerte de homenaje a la aldea de Apocalipsis Now gobernada por el monstruonómico Coronel Kurtz, inmortalizado por Marlon Brando).

De narrativa solvente, dinámica y fluida, El libro de la selva sale bien librada de su arriesgada apuesta de revisión after pop, a pesar de lo predecible del guion y del mensaje instrumentado por la casa del ratón Mickey. El viejo cuento de la comunión de las especies, la cruzada ecológica, la preservación de la fauna y la denuncia del poder destructor del hombre. La ilusión de un planeta verde, integrado y unido en paz por una causa común.

Idea discordante con la realidad y la visión desencantada de un Werner Herzog en Burden of Dreams y Grizzly Man. Para el Pato Donald, el darwinismo es un mito, una verdad incómoda, preferible de ocultar y maquillar.

Como sea, Jon Favreu cumple con creces la misión asignada y aprueba el difícil examen. No es su culpa el tema del doblaje, cuya proyección en las pantallas locales degrada la calidad del digno espectáculo. Merecemos varias copias en subtítulos para la próxima.