• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

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Disensos efímeros del cine venezolano

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Cine nacional en el año 2015. Un caso de estudio. Las películas entran y salen de la cartelera, después de cumplir con los requisitos de la ley. Dos semanas en salas, una tras otra, y hasta luego. No alcanzan el mínimo porcentaje para permanecer en la pantalla..

De inmediato, caen como fichas de dominó. Las van limpiando. ¿Es una política acertada? Bajo ningún respecto. Sufren los creadores del producto, los exhibidores, los distribuidores, los espectadores, los fondos públicos y privados.

El modelo debe replantearse, someterse a revisión. De lo contrario, seguirá la escabechina, la trituradora de filmes venezolanos.

¿No hay suficiente dinero para costear buenas campañas de publicidad? ¿Consecuencia del estado de crisis de la economía local? ¿El público prefiere apostar por lo seguro de la cinta importada, antes de asumir el riesgo o el barranco de comprar el ticket por un largometraje nacional de un acabado incierto, inesperado, irregular? ¿Después del récord comercial de 2014, la burbuja estalló en el año presente? ¿La sobreoferta saturó a la demanda? Son preguntas necesarias de formular en voz alta y de responderlas a tiempo. Por aquí las exponemos y las dejamos abiertas a la discusión.

Al respecto, comentamos dos de los últimos estrenos vernáculos. Trabajos imperfectos, desiguales, pero con aspectos rescatables. Además, coinciden en detalles de forma y fondo. Procedemos a reseñarlos.

De suspenso o terror psicológico, El infierno de Gaspar Mendoza vuelve a confirmar el pánico de la Villa a enfrentar los dilemas sociales y políticos de la era contemporánea.

Regresamos a un siglo XIX de paseos a caballo, efectos especiales de dudoso origen, fantasmas conocidos, profecías y niños poseídos de andar por casa. Un pánico inocente, demodé, telefílmico, de presupuesto austero y sonido estridente. A la retaguardia del género.

Sin embargo, a pesar de lo chirriante de sus imágenes de espanto y brinco, la ópera prima de Julián Balán constituye un fenómeno paranormal, dentro de la restringida y autocensurada programación del estudio digitado por el Minci.

Para decirlo claro y raspado, continúa la línea trazada por Taita Boves, al dejar sumido en las tinieblas el idealizado marco histórico y épico de las obras consentidas por los funcionarios culturales del proceso: Libertador, Bolívar, el hombre de las dificultades, Miranda y Diario de Bucaramanga. Verbigracia, pasa de contrabando un mensaje satánico en las antípodas de la propuesta kitsch de Zamora.

La Guerra Federal no provoca el surgimiento del espíritu de "hombres y tierras libres", sino invoca la implosión de demonios internos y externos, de almas en pena, de complejos de culpa, de venganzas ancestrales.

Al protagonista lo asolan los espectros de sus víctimas, de sus adversarios asesinados por él en el campo de batalla. Entonces, la violencia es partera de una memoria, de una mala conciencia, salpicada por la sangre, las vísceras y los recuerdos traumáticos.

Así pues, parte del discurso oficial, sustentado en la polarización y la lucha de clases, queda desdibujado y refutado. Mensaje de plena vigencia, cuando se impone la ley del ojo por ojo.

Los muertos y los cuerpos encerrados en tumbas, vienen a reclamar su justicia poética en el desenlace de El infierno de Gaspar Mendoza. Un averno cercano por el círculo vicioso de su estética de la crueldad. Obra dedicada al karma de quienes no logran descansar en paz. Digna despedida para el actor Luis Abreu. Convincentes Alberto Alifa y el secundario de Pedro Laya. Sugerente la atmósfera de la primera hora. Lástima, porque después se desploma, a merced de una narrativa ortopédica, burocrática e instrumental.

También supone una curiosidad el lanzamiento de Dauna, lo que lleva el río, dirigida por Mario Crespo. Llevada por la música enigmática y de tintes étnicos de Alonso Toro, la cámara nos introduce por los cauces del delta del Orinoco.

La fotografía de Gerard Uzcátegui registra el esplendor del paisaje selvático, filtrado por la limpieza de un lente clásico. A veces la prolijidad del enfoque puede arrastrar la propuesta por la cañada del look publicitario, preciosista e higiénico.

Aun así, las postales empiezan a difuminarse y a decantarse por vertientes más experimentales, al ritmo de la evolución minimalista del argumento.

El guión despliega el viaje iniciático de una niña de ascendencia warao, debatida entre los rígidos códigos de su cultura milenaria y los llamados a adaptarse a los patrones de conducta de la civilización occidental, encarnada por la figura de un misionero humanista, generoso.

Lo mejor de la pieza radica precisamente en su capacidad para descubrir las luces y las sombras de ambos mundos paralelos, sin caer en dilemas maniqueos. Un acierto. El filme dista de subirse al Metrobús rojo rojito de la celebración del día de la "resistencia indígena".

En efecto, el guión reivindica la determinación de Dauna, la protagonista, de construir una identidad feminista y mestiza, como escritora de fábulas de tradición nativa en lengua castellana. Para ella la convivencia es necesaria y posible.

Por tanto, será condenada por los tirios y troyanos del conflicto. Echando mano de la técnica de la animación, sus ficciones se plasman en la pantalla. Naturalmente, las variaciones del empaque audiovisual traducen la condición mutante del subtexto.

Mario Crespo cuestiona la inquisición de lado y lado, abogando por la idea de la tolerancia y la reconciliación de bandos opuestos.

Solo por ello merece ocupar un puesto en la lista de las sorpresas de la temporada.

De igual modo, el reparto de intérpretes no profesionales le brinda mayor consistencia y credibilidad a la película, apenas lastrada por algunos giros forzados del libreto (el prólogo impostado en el Palacio de las Academias). De resto, cautiva por su misticismo y su realismo mágico. De repente, los críticos le achacarán la explotación de un ángulo exótico para la exportación (diseñado al gusto de los curadores de festivales). Da para pensar.

Con todo, le compramos su concepto y apreciamos su voluntad de romper con los viejos clichés de la teoría izquierdista, negada a reconocerle virtudes a la herencia de la Colonia.

No vale la pena derribar una estatua de Colón, a objeto de implantarle una del cacique Guaicaipuro por encima. En Venezuela sobra espacio para mantenerlas a las dos en pie.

Por consiguiente, Dauna y Gaspar Mendoza permiten vislumbrar un foco de diferencia y disidencia en el esquema propulsado por la industria del Estado.

Aunque todavía es discreto y sutil, parece condensar un agradecido viraje, un cambio de timón.

Ojalá no sea una tormenta de verano.

Por desgracia, las condiciones descritas al principio del artículo no favorecen su desarrollo y expansión.

Cuestión de corregir las pautas de su difusión.

Evitar la práctica de pisarse la cola, de apretujar, de encajar las fichas diversas y dispersas, casi en las mismas fechas del calendario.