• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

Al instante

¿Destrucción mutua asegurada?

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Esperábamos con ansias el estreno de Planeta de los simios: confrontación. Por detrás, habían muchos aditamentos para despertar el interés del espectador: la segunda parte del reinicio de una serie exitosa, la presencia de un director ascendente en la industria (Matt Reeves), la nueva participación virtual de la estrella del sistema de captura de movimientos (Andy Serkis) y el respaldo mayoritario de la crítica internacional.

De hecho, consideran a la película una de las mejores de la saga, por debajo de la primera, aquella obra maestra conducida por Charlton Heston y Franklin J. Schaffner, basada en la novela homónima de Pierre Boulle.

Sin embargo, es un poco exagerada la opinión de los entendidos con respecto al acabado de la secuela del año 2014. Al filme le sobran unos treinta minutos de redundancias, conflictos y situaciones previsibles.

Además, el final puede resultar decepcionante, después de un preámbulo tan largo. Es el mismo caso de la adaptación de El hobbit, a cargo de Peter Jackson. Por razones de mera especulación, van estirando los minutos de la duración a efecto de abonar el terreno para seguir explotando el filón en un próximo capítulo. Así, cada producto de estudio aspira a convertirse en una franquicia, en una trilogía. 

No obstante, debemos rescatar a Planeta de los simios: confrontación por varios aspectos y detalles. La historia plantea un dilema de plena vigencia. Es decir, la lucha entre la racionalidad y el salvajismo, la civilización y la barbarie en un mundo condenado a la devastación.

El filme entonces vuelve a ser un ambiguo y curioso juego de espejos, cuyos reflejos acaban por enlazar las identidades de los primates y los humanos. Naturalmente, son las ideas clásicas y distópicas, manejadas por los creadores de la pieza original. En cualquier caso, los responsables de la nueva adaptación hacen el trabajo de regenerar y repotenciar el contenido desarrollado por su predecesores.

A tal efecto, focalizan la atención en dos personajes: César y Koba. Ambos nombres despiertan suspicacias, de entrada. El primero es la encarnación de un liderazgo político centrado en el diálogo, la paz y la reconciliación con el otro, el diferente. El segundo representa la visión opuesta, definida por la violencia, el resentimiento y la sed de venganza. Salvando las distancias, el subtexto habla de nosotros, de nuestras diferencias irreconciliables, de nuestras grietas y polarizaciones, a la sombra de un contexto de precariedad, miedo, intolerancia y escasez.   

De una forma pesimista y apocalíptica, el argumento del libreto despliega sus capas y líneas de acción, para ir dejando al público a merced de una conclusión desoladora e inevitable. Nada parece salvar a los protagonistas de un escenario de guerra y de destrucción mutua asegurada.

El desenlace siembra algunas expectativas y preguntas en el inconsciente. ¿Los gorilas impondrán su dictadura? ¿Los sobrevivientes del planeta lograrán ofrecer resistencia? ¿Triunfará la cordura, el armisticio o la simple imposición de un criterio binario, de un pensamiento único, amparado en la fuerza de las armas? Buscaremos las respuestas en la próxima y futura entrega.

Por último, hay que destacar el valor estético de los efectos especiales. Es tiempo de olvidarse de la época de los disfraces y los maquillajes de “mono”. La tecnología dota de realismo y credibilidad a la variopinta fauna de la película. Hemos superado la etapa de la versión fallida de Tim Burton sobre El planeta de los simios. Ahora disfrutamos una experiencia sensible, cargada de texturas y matices, no exenta de conciencia e inteligencia.