• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

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Sergio Monsalve

La Cueva del Guácharo

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Sábado a las 2:00 de la tarde. Compramos el boleto para ver Un conde suelto en Hollywood. Durante el fin de semana, las preferidas del público son Guardianes de la galaxia, Bajo la misma estrella, Libertador y Cómo entrenar a tu dragón 2.

Si la taquilla es una bolsa de valores, las acciones de Benjamín Rausseo tienden a la baja. De la primera a la tercera entrega, el respaldo del público a su cine ya no es el de antes.

La gente se cansa del chiste repetido y busca otras formas de evadirse.

Aun así, el hijo de Albertina todavía cuenta con el apoyo de una importante red de incondicionales. A ellos, y no a los críticos, va dirigido el nuevo episodio de su serie, antes explotada por la caja chica, ahora proyectada en pantalla grande, sin demasiadas groserías e incorrecciones políticas.  
El productor quiere garantizar el entretenimiento apto para toda la familia.

Por supuesto, la versión del personaje en vivo es más picante, espontánea, divertida y desafiante con el poder. Aunque los quemaditos del hombre orquesta, rematados en la carretera como panelitas de San Joaquín, comienzan a sufrir el mismo problema de sus películas: arrancan arriba, con cierta gracia, y luego se desinflan, cuando la creatividad le cede el espacio a la rutina.

No hemos tenido suerte en la construcción de unas franquicias sólidas y consistentes, desde el campo de los géneros criollos.  
Un conde suelto en Hollywood no es la excepción, sino la regla.

Entramos a la sala a la hora indicada y advertimos la presencia de quince espectadores.

Por un lapso interminable de treinta minutos, juntos somos sometidos a la ingrata experiencia de visualizar una cadena de comerciales fallidos.  

Al respecto, la cuota de publicidad oficial se lleva la parte del león. Un derroche de dinero público para justificar una gestión impopular.

La anaconda de la crisis se muerde la cola, pagándose y dándose los vueltos. Cosas de la propaganda roja rojita. ¿Implantaron un sistema biométrico ocular? En cualquier caso, es el preámbulo burocrático de la función.

Al menos, haciendo la salvedad, reconocemos un mérito en la empresa del protagonista de la cinta. Él la sostiene con su propio bolsillo, asumiendo los riesgos de la inversión. Notable diferencia con los gremios subsidiados.  

Ahora bien, otro asunto es la calidad de la propuesta. Allí sí detectamos el aroma de una bancarrota estética.

Un conde suelto en Hollywood incumple la principal premisa o expectativa de una comedia. Básicamente, le cuesta despertar la sonrisa, activar la carcajada de la audiencia.

La mayor disposición de medios técnicos y económicos no parece corregir los graves defectos formales de la saga. Es decir, su falta de ritmo, de vistosidad expresiva y de originalidad argumental.  

El rodaje puede ser análogo al de una viñeta de la era primitiva, de los padres fundadores del lenguaje. Dos o tres cámaras frontales, grabando delante de un decorado inmóvil.

De manera involuntaria, el estilo del Conde nos retrocede a la época de Asalto y robo al tren. Su fuerte no es el gag, como en los años dorados del humor silente. Por el contrario, el acabado del realizador alude al formato del sketch para televisión, en el que el parlamento y la actuación determinan el curso de las imágenes.

En consecuencia, las malas interpretaciones y los diálogos manidos van subyugando al contenido del largometraje hasta despojarlo de frescura. La secuencia del atraco al banco desnuda las irregularidades de la puesta en escena.

La demagogia y el provincianismo definen el enfoque estereotipado de los hilos del libreto, centrado en el viaje del antihéroe a Estados Unidos para trabajar como policía. Predecibles sus tomas en el Paseo de las Estrellas.

Lo demás es el intento de recrear Los Ángeles en Caracas, según la óptica paródica, regionalista y narcisista de Benjamín Rausseo, quien vuelve a erigirse una réplica autoindulgente de su Reino de Musipán. Una suerte de harén, lleno de clichés y estereotipos de consumo masivo.

Desfile de chicas con escote y extras con aspiraciones de galán. Efectos especiales de “serie z” y tramas jaladas por los cabellos. Final feliz incluido, con victoria del Conde sobre los villanos uniformados del “imperio”.

La ingenua esperanza en el éxito de la astucia vernácula para resolver cualquier conflicto internacional. Escapismo y populismo. No era necesario emprender el vuelo para retratar la impunidad y la corrupción de las instituciones.

De seguro, rinde dividendos como negocio.

A lo mejor funciona como respuesta y desmontaje esperpéntico de un tipo de cine.

¿Es una obra deliberadamente cutre y chaborra a la usanza de Capulina, Torrente y Sharknado?

En última instancia, nos mantiene atados a un círculo vicioso.

Seguimos apostando por una salida diferente.