• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

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Sergio Monsalve

Comida rápida a la francesa

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Tres días para matar lleva impreso el sello de la película multicultural. En dos platos, es el cine mainstream hecho por los franceses para conquistar el mercado mundial, dominado por la estética de Hollywood. Una manera de empaquetar la esencia del sabor galo como una receta de comida rápida.

A tal efecto, Luc Besson ejerce la función de productor y guionista, siguiendo la estela globalizada de sus recientes películas y franquicias: Malavita, El transportador y Taxi.

Por ello, la figura principal del reparto procede del sistema de estrellas. Así, un Kevin Costner, en horas bajas, interpreta al protagonista de la función, haciendo el papel de un clásico ex agente de la CIA aquejado por una enfermedad terminal (cáncer).

A cambio de una oferta imposible de rechazar (una suerte de antídoto), el personaje deberá embarcarse en su última misión, para dar caza a dos terroristas de viejo cuño (un Albino y un Lobo, ambos con acento de europeos del este).  

Como ven, los tiros del libreto fusilan a mansalva el esquema caricaturesco de la serie Bond, proporcionando una dosis de comedia de enredo al desarrollo paralelo del argumento.  

Mientras tanto, el antihéroe buscará reconciliarse con su esposa y redimirse como padre de familia. Otra inyección de clichés por la calle del medio.

La madre viene a ejemplificar el patrón de la señora desesperada. La hija ocupa la casilla de la Lolita problemática. De las dos, preferimos a la segunda por la contribución de la joven actriz, Hailee Steinfeld.

El reparto femenino lo complementa la presencia de una mujer fatal, encarnada por Amber Heard, quien parece controlar todos los hilos de la operación desde las sombras.

Los escritores proyectan en ellas sus fantasías, delirios y prejuicios, según un enfoque claramente machista.

Por algo, la trama se resuelve de manera conservadora, entre el rescate del hogar fracturado y la salvación de un país amenazado por incómodas fuerzas extranjeras.

Al respecto, el dibujo del subtexto es obvio. Los norteamericanos son los buenos socios de la Francia contemporánea. A los forajidos, con pinta de serbios, se les reserva el derecho de admisión. Para equilibrar las cargas raciales, Kevin Costner establece una relación condescendiente y políticamente correcta con un grupo de inmigrantes africanos, quienes invadieron su apartamento.

En el medio, una ráfaga de tiroteos y secuencias de acción de rutina fungen el rol de articular el relato. No faltan persecuciones en camioneta, duelos de matones y explosiones a cielo abierto.

Por delante de la cámara, París luce como una imagen estereotipada. Detrás del objetivo, el director McG pudo filmarla tranquilamente en piloto automático y ante una sucesión de postales animadas sobre una pantalla verde, sin necesidad de trasladarse hasta la ciudad luz.

En cualquier caso, la locación dota de cierta vistosidad a un thriller de escaso vuelo creativo, cuya mezcla de elementos disímiles no termina de cuajar.

A veces, al cocinero se le pasa la mano con los ingredientes pirotécnicos. Hacia el desenlace excede la ración de azúcar refinada.

Lo mejor sería su autoconsciente desfachatez para volver a plantear una historia conocida. Lo peor es su incapacidad de trascender en la memoria del espectador curtido en el género.

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